sábado, 9 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Cucañas y Charlotadas.
De las fiestas de San Juan Mártir y Santa María La Real, el día más hermoso fue siempre el último, el 18 de Septiembre, porque nos permitía, además de divertirnos como locos, recaudar dinero para acudir a las “Grandiosas Charlotadas” que por la tarde protagonizaban “Morgón y su gente” en la vieja Plaza de Toros El Ruedo. Nada más tomarnos el colacao en nuestras casas, todos los amigos que vivíamos en el casco antiguo arribábamos a la margen derecha del río Najerilla, para enterarnos con antelación en qué iban a consistir las pruebas de las cucañas, y distribuirnos por equipos para participar en todas ellas, con el propósito de sacar el dinero suficiente para poder comprarnos las entradas. Una vez formados los equipos, estudiábamos sobre el terreno en qué prueba podíamos tirar más labor cada uno de nosotros, para intentar ganar en todas. Y así, llegada la hora anunciada públicamente en los carteles, unos comían chocolate con los ojos tapados en el viejo quiosco -lo de comer es pura metáfora, pues terminaba casi todo en la camisa y en el pantalón, en las piernas y en los brazos-; otros trepaban -o lo intentaban- por el madero embadurnado de jabón; otros corrían carreras de sacos; otros participaban en la subida al castillo, y, finalmente, otros llenábamos bidones de 200 litros, transportando calderos de agua desde el río Najerilla hasta el espigón del Paseo, que es donde estaban colocados. En una ocasión -andaríamos mal de gente, seguro- Manolo por poco se nos muere a escasos metros de la meta, en la prueba de la subida al castillo, por haber participado con anterioridad en la chocolatada del quiosco -encima se pondría las botas ese día-, al sufrir una especie de corte de digestión que lo dejó tirado como un trapo en el suelo. Por si las huchas de barro escondían algunas monedas dentro, los más pequeños de nuestra banda participaban en este tradicional juego que, aunque te reportaba alguna alegría, te ponía como un cristo de agua y harina. Las pruebas de natación las dejábamos para otros, ya que siempre las ganaban o mi primo Ramón o Manzanares, y además el agua estaba helada. ¡Cualquiera! Al final, terminadas todas las pruebas, contábamos ansiosos las ganancias, hacíamos números para ver si todos nosotros podríamos ir a la “Charlotada”, y, exhaustos y más negros que un carbonero, nos dirigíamos felices al fielato a por las ansiadas entradas. Por la tarde, más contentos que unas pascuas, asistíamos a algún juicio, o alguna operación a vida o muerte, o a algún encarcelamiento, o a algún viaje a la luna, o a alguna boda que se celebraba esa tarde en El Ruedo, donde “Morgón y su gente” -el Jovito, Francisquillo, Fari, los Marchenas, el Rojo…- hacían las delicias de todos nosotros desafiando a las bravas vaquillas que les soltaban cuando menos lo esperabas. En una ocasión, cuando Morgón tuvo que operar a vida o muerte a Ricardo el Jovito por haberle cogido la vaquilla, y le sacó las tripas sin cortarse un pelo, algunos espectadores se pusieron malos, ignorando que lo que en realidad le sacaba al infortunado compañero era una asadurilla de cordero que previamente le habían colocado estratégicamente, y tuvieron que ser atendidos por el médico. ¡Qué puñetero eras, Benedicto! El contenido de las “Charlotadas” nunca era anunciado con antelación, por lo que acudías sin tener ni puñetera idea de lo que ibas a ver. De hecho, en alguna ocasión, tras sonar el clarín y abrirse la puerta de toriles, en lugar de salir una vaquilla o un novillito, aparecían Francisquillo montado en un coche de juguete, y Morgón empujándole, arrancando del público sonoras y prolongadas carcajadas. Después, lo dicho, igual se casaban, que se juzgaban, que se operaban, que se encarcelaban, que se iban a la luna… ¡Todo podía suceder! Terminada la “Charlotada”, los corredores de vaquillas nos ponían a todos los pelos de punta, con aquellos recortes tan magistrales que protagonizaban, y después, para terminar el festejo, casi todos corríamos delante de algún novillito pequeño, más que nada, por salir por la puerta grande con los maestros, recibiendo estentóreos aplausos y vítores del numeroso público que abarrotaba la Plaza de Toros. Desde El Ruedo hasta la Plaza de España, todos cantábamos y bailábamos al son que nos marcaban las Peñas “Los Secantes” y Los Inconquistables”, que solía ser aquello de: “La Maricarmen no sabe coser/ ni con aguja ni con alfiler/ pobrecita Maricarmen/ quién te ha visto y quién te ve/ que antes te quería mucho/ y ahora no te puedo ver”. / Cuando llegaba la fatídica hora de irse a casa, la certidumbre de que al año siguiente íbamos a tener la oportunidad de vivir otra vez un día tan hermoso como éste, nos impedía ponernos tristes, y todos dormíamos a pierna suelta después de haber vivido tantas emociones.

viernes, 8 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Los desencajonamientos.
Cuando las novilladas se celebraban en la vieja plaza de toros “El Ruedo”, existía una afición increíble por asistir todas las tardes a ver in situ los desencajonamientos de los novillos, y su posterior entrada en el corral , contemplando en toda su dimensión su trapío o flaqueza, para ir luego por ahí ensalzando o defenestrando a las ganaderías, según fuera la impresión causada por los mismos. Creo recordar que incluso se sacaba entrada para verlos, cosa que por otra parte me extraña sobremanera, porque yo asistía a todos ellos y andaba siempre de dinero de puñetera pena. La canción aquella de “Me están pasando unas cosas/ cosas que son del diablo/ tengo los bolsillo rotos y no se me caen los cuartos…”, podían perfectamente haberla compuesto para mí. Bromas aparte, lo cierto es que causaba verdadera impresión ver cómo, encontrándose todos los novillos juntos dentro del ruedo, se embestían y herían unos a otros con sus temibles y afilados cuernos, y hacerlo además tan de cerca. En una ocasión, trajeron los novillos por la mañana y no recuerdo muy bien porqué, en lugar de estar dentro de la plaza viendo el desencajonamiento, me encontraba afuera, en el camión que los había traído, en el espacio que quedaba entre éste y el corral -quizá fuera por eso, porque se toreaban ese mismo día por la tarde e iban directamente al corral, en lugar de a la plaza-, perfectamente parapetado detrás de uno de los tablones que habían colocado a ambos lados para tapar el hueco. Con anterioridad, habían puesto otro inclinado para que los novillos bajaran por él, recostado sobre unos fardos de paja colocados en el suelo. Al ir a entrar en el corral uno de ellos, no sé si fue porque se hundieron los fardos de paja o porqué, la cuestión es que, tras mandar a hacer puñetas los tablones con sus temibles cuernos, se escapó por el lado opuesto al que yo me encontraba, saliendo a toda leche hacia el Paseo. En décimas de segundo, como por arte de magia -nunca he sabido cómo pude hacerlo-, me encontraba encima de la cabina del camión, desde donde presencié un trágico suceso: un anciano muy querido en Nájera, el “Aragonés”, íntimo amigo de mi abuelo Morgón, que se encontraba allí mismo -de haber vivido mi abuelo les habría sucedido a los dos-, tras refugiarse en un chopo, con la lógica intención de asustarlo para que se fuera, amenazó con su bastón al novillo, y éste, en lugar de reaccionar como el buen anciano esperaba, lo embistió, lanzándolo por los aires de una cornada, dándole varias más antes de caer, rematándolo -si es que aún vivía- finalmente en el suelo, sin que ninguno de nosotros hiciera nada por impedírselo. Al final, después de unos interminables minutos que me parecieron siglos, llegó un novillero de los que iban a torear por la tarde, y consiguió quitárselo. Después de encontrarse el novillo dentro de la plaza, y de haberse pasado todo, estando aún conmocionado por lo que había presenciado, recuerdo que rompí a llorar desconsoladamente, pensando que mis hermanos, totalmente ajenos al suceso, estaban tranquilamente viendo cómo “Colorín” le pegaba estacazos a la bruja, y podían haber muerto de haber bajado el novillo por el Paseo. Recuerdo también, como si fuera ahora mismo -parece que lo estoy viendo- que Gregorio “el soriano”, a pesar de su edad,  trepó a lo más alto de un chopo cuando se escapó el novillo, en apenas unos segundos. ¡Es increíble lo que puede hacer el miedo! El hecho de que ese trágico día habría actuación en el Paseo, me hizo pensar en un principio, por aquello de las “cucañas”, que era el último día de fiestas -en realidad debió ser el primero-, lo que me recordó, que un 18 de septiembre de 1964, murió en nuestra plaza de toros el novillero Manuel Alpañé, tras recibir una cogida que, según supimos después, no le había producido herida de asta. Recuerdo que entre la chiquillería se decía que había muerto de miedo. En otros sectores se afirmaba que había sido de enfermedad. Y algunos entendidos en la materia sentenciaban que quien lo había corneado de muerte había sido la vida. Lo cierto es que aquel pobre hombre murió en nuestra ciudad aquella trágica tarde, y fue conducido a una de las dependencias de la Falange, donde fue velado por las gentes del mundo del toreo, ante las perplejas e inocentes miradas de una muchedumbre concentrada en la Plaza de España. Allí mismo supimos que iba a venir a nuestra ciudad, para llevárselo a su pueblo a darle cristiana sepultura -creo que era Camas-, el matador de toros Paco Camino, lo que creó muchísima más expectación que la creada por la inesperada y sorpresiva llegada de “El Cordobés” a Nájera, cuando en una ocasión, haciendo un alto en el camino, aparcó en la parada de taxis su 1.500 marrón y cenó en el Restaurante Las Pericas.

jueves, 7 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

La caseta de la Leo
Aunque durante años hubo en nuestra ciudad hasta tres casetas de chochos: La de la señora Manuela, que más tarde atendería la señora Eufemia; la de la Gerarda, donde se vendían unas gigantescas y sabrosísimas bombas -ésta fue muy efímera-, y la de la Leo, fue esta última la que más aguantó en el implacable y desigual combate de la vida, manejando a toda la chiquillería najerina  con mano firme y corazón tierno. Leonor Gredilla Azofra, que así es como se llamaba  mi querida y siempre recordada Leo, bajaba de su casa muy de mañanita, agarrada del amoroso brazo de su madre Elvira -era impedida-, quien a su vez portaba en el otro brazo la sillita de anea en la que su quería hija estaría sentada todo el día, a abrir la caseta en la que, a pesar de sus reducidas dimensiones -sería poco más que un confesionario-, tenía todas las chucherías que pudiera demandar la ruidosa y agobiante chiquillería. La señora Elvira, tras dejar convenientemente apoyada a la Leo en una de las columnas del soportal donde estuvieron ubicadas las casetas, abría la puerta trasera de la suya, levantaba la mitad del tablero frontal que hacía de  tejadillo, colocaba la sillita en el centro, y ayudaba a sentarse en ella a su hija. Una vez sentadita, la Leo, comenzaba a colocar meticulosamente sobre el tablero que hacía de mesa -una mitad se subía y otra se bajaba-, en cajitas de plástico y de madera, las chocolatinas Hueso, las lágrimas de naranja, limón y menta; los regalices rojos y negros -en ocasiones los tenía de raíces-; los caramelos; las pilongas; los chicles Dunkin, Douglas, Adams y Cosmos, además de las rueditas estriadas de Bazoka; los chupachups -o como se ponga-; las aspirinas; el pica, pica; los pepinillos y las cebolletas, y todo lo que imaginarse pueda. En los costados de la caseta, a izquierda y derecha, colocaba las gafas de sol; los bolsitos y carteras; las caretas; las cámaras de fotos; las pistolas de agua y de pistones; los álbumes de cromos, y los tebeos colgados de unas cuerdas. Cuando lo tenía todo listo, pensando que nadie la veía, sacaba el espejito, el pinta labios, el pinta uñas, el colorete y el peine del neceser que siempre llevaba con ella, y comenzaba a pintarse los labios y las uñas, a darse coloretes y a repasarse el peinado, mirándose de hito en hito, en su espejito -era muy coqueta- para ver si estaba guapa y comenzar así, como Dios manda, el día. Luego, encendía elegantemente un cigarrillo rubio, y, metidita en su humilde caseta, mientras esperaba la llegada de la chiquillería, entre calada y calada, iba fumándose la vida. Cuando los niños salíamos del colegio y teníamos en los bolsillos algo de dinero, íbamos en desbandada a su caseta exigiendo como auténticas fieras que nos sirviera a todos a la vez, creando con ello un verdadero caos, que los artistas de turno aprovechaban para mangarle algo que comer. Entonces la Leo, frunciendo el ceño, sacaba su genio a relucir, y metiéndonos cuatro chillos bien metidos, nos dejaba a todos convertidos en inocentes e inofensivos bebés. Ésta táctica, empero, muy a su pesar, de poco o de nada le servía los domingos y festivos, cuando toda la chiquillería del pueblo acudíamos allí en tropel. Pero a los que tuvimos la fortuna de conocerla mejor; de charlar pausadamente con ella; de intercambiar confidencias -y algún cigarrito que otro cuando fuimos más mozos-; de compartir sus penas y alegrías; de saber de sus sueños rotos, su fingido genio nunca nos engañó, porque enseguida supimos de la grandeza de su noble corazón. Y nunca necesitamos mangarle nada, porque cuando andábamos de dinero a dos velas -que era casi siempre-, nos dejaba comprar al debo; y cuando nos faltaba un cromo para acabar la colección con la que conseguir un balón, ella misma nos ayudaba a obtenerlo; y cuando teníamos algún problema gordo, se convertía en nuestro benévolo confesor. Desde su humilde caseta nos lo dio todo, sin más aval que nuestra palabra de niños, y sin esperar por ello favor. Seguro estoy, querida y recordada Leo, de que ahora mismo, en algún lugar del cielo, desde el interior de una hermosa caseta de límpidas nubes, estás repartiendo generosamente tu infinito amor. Yo, por mi parte, siempre os llevaré en mi agradecido corazón.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Cazar goloritos.
Cazar goloritos en nuestra infancia, significaba muchísimo más que realizar un simple negocio, entretenimiento, divertimento o juego. Llevar a cabo aquel ritual era para nosotros como despertar a la vida en plena naturaleza, embriagados de los divinos aromas del tomillo, la liga, la tierra mojada y los pinos. Era madrugar y ver amanecer, en lugar de perder, vagueando tumbados en la cama, las mañanas de los domingos y festivos, disfrutando en libertad de nuestro enigmático monte, tomando luengas bocanadas de aire puro. Era, en fin, sentirnos plena y maravillosamente vivos. La caza del golorito comenzaba a finales de Septiembre y se prolongaba todo el otoño. Y la llevábamos a cabo los domingos y festivos en el Castillo, después de haber ido el día anterior  a una de las muchísimas choperas que en nuestra ciudad había, a cortar con las tijeras las “baretas” -juncos pequeños y delgados- donde posteriormente pondríamos la liga para colocarlas en los pinchos. Casi sin haber pegado ojo por la ansiedad que ésta práctica nos producía, aparecíamos en tropel de noche ciegas en el Castillo, llevando como podíamos las baretas, la liga, la botella de agua para que no se te pegara en las manos, el bocadillo, el anorak, la jaula del reclamo y un jaulón vacío para meter los goloritos que cogiéramos -qué ilusos-, disputándonos a porfía los mejores sitios. Aunque he de confesarles a ustedes, que por más que madrugaras, siempre había algún cabronazo que había “pillado” los más estratégicos. Pasado el enfado que los abusones te habían causado, te colocabas en la primera o en la segunda era, en los depósitos, en el barranco, en el hoyo, en la piedra, en el ribazo de la huerta de Pedro el caracolero o en el mismísimo camino -donde te hubieran dejado un sitio-, y, tras depositar estratégicamente la jaula del reclamo en el suelo, comenzabas a hacerte la picha un lío con la liga sintética -aún desconocíamos que la buena era la de acebo-, intentando embaretar -colocarla en las baretas-, para ir llenando los pinchos que sin tener ni puñetera idea habías elegido. Normalmente, entre dos o tres bajos, siempre cogías uno alto para que se pararan con más facilidad los goloritos al ser reclamados por el tuyo. He de decir inmediatamente, para que nadie diga que a la verdad falto, que algunos -sobre todo los más mayores- cazaban con red en vez de hacerlo con liga, y que para estos el proceso era distinto: abrían en dos mitades la red, las colocaban como si fuera un muelle en el suelo, y tras atarlas con unas cuerdas largas a unos palos laterales, ponían pequeños pinchos entre ellas. Finalmente, clavaban por la parte de afuera el cimbel -artilugio de madera en el que se ataba a un golorito, normalmente hembra, para que al tirar de la cuerda saltara y extendiera las alas llamando la atención de los que surcaban tranquilamente los cielos-, y se alejaban del lugar, llevándose los rollos de cuerda que previamente habían atado a la red y al cimbel con ellos. En una ocasión -se ve que se había abierto la veda de caza-, recuerdo que Felipe tenía una bandada de goloritos dentro de la red, y, antes de que tirara de la cuerda para cerrarla, sonaron unos tiros que los hicieron salir a todos en desbandada. Puedo jurarles a ustedes por mi familia, que es lo que más quiero, que no cabrían en diez folios los juramentos que este pobre hombre echó aquel día. A pesar de que tuviéramos buenos reclamos y de que los cazadores de red bailaran bien el cimbel, cada dos por tres teníamos que ir muchos de nosotros de un lado para otro “dándoles” a los goloritos que se habían posado lejos, para conducirlos a la red o a los pinchos donde estaba la liga, acabando totalmente descojonados. Los goloritos que cogíamos -siempre caía alguno, aunque fuera de churro- los vendíamos a cinco duros, que, aunque a ustedes pueda parecerles ahora mismo una mierda, era una auténtica fortuna, y sólo vendíamos los machos, aunque en estas lides -faltaría más-, también había “chamas”, cuyos nombres recuerdo perfectamente pero no les pienso decir, que, sin ningún rubor, les pintaban con un rotulador negro el alón a las hembras, que es como se distinguían -las hembras las tenían pardas y los machos negras-, y se las vendían por machos a cualquier incauta -normalmente eran las amas de casa quienes nos los compraban- que, seguro estoy, las echaría a volar a los cuatro días, por no cantar ni debajo del agua. También el color rojo de la cabeza servía como guía: si le bajaba más abajo del ojo era macho, y hembra si no lo hacía. Huelga decir que en esta práctica había verdaderos artistas que, además de usar liga de acebo, que era la buena, sabían colocar magistralmente los pinchos para que los goloritos que volaran sobre ellos, fueran, sin ningún esfuerzo del reclamo, derechitos a la liga. Y para no extendernos en demasía -este apasionante tema daría para estar escribiendo días y días-, les diré telegráficamente que los goloritos son conocidos en otros lares como jilgueros, colorines o pintos. Que mi amigo Ramón Arenzana y yo, además de ir los domingos y festivos íbamos muchas tardes al salir de la escuela, dejándonos el alma en el camino, por intentar llegar antes de que anocheciera. Que además de cazar en el Castillo, se hacía también en la Tejera, donde el fenómeno de Bernal, por cada uno que cogíamos nosotros, cogía él treinta. Que además de cazarlos en los pinchos -que son su comida- de los montes y de las fincas llecas, se hacía en los bebederos existentes en huertas y choperas. Que había cazadores como Felipe o “Costan”, que causaban admiración por la infinita ternura que mostraban al quitarles con tierra a los goloritos de las plumas la liga. Que además de venderlos en casi todas las casas de nuestra ciudad, los vendíamos también a pajarerías de fuera. Que había cazadores mayores que nosotros: “Roge”, “Guti”, “Uge”,  Marino, “Satur”, “Isi”, Pedro o los ya nombrados, Bernal, Felipe y “Costan”, que eran unos auténticos fieras. Y, finalmente, que por increíble que pueda parecernos a ustedes y a mí ahora, a pesar de cazar goloritos casi todos los niños y jóvenes de Nájera, en aquella maravillosa época, había miles y miles de ellos por nuestros montes, nuestras viñas, nuestros jardines, nuestras calles y nuestras huertas. 

martes, 5 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

El juego de las canicas.
Aunque se practicara en casi todos los lugares de Nájera, el escenario por excelencia de este apasionante y popularísimo juego de las canicas era la Plaza de la Cruz, sobre todo domingos y festivos, cuando nos reuníamos allí toda la chiquillería a “cagarle” nuestras canicas a Vicente, en su célebre bache de la entrada de la Parroquia, donde todas las canicas saltaban por encima de la suya sin rozarla siquiera. Era increíble verle allí sentado al lado del bache con las piernas abiertas cogiendo a manos llenas las canicas que siete u ocho de nosotros le íbamos “cagando” mientras gritaba ufano:  “peseta…  peseta”. El juego consistía en darle a su canica con las nuestras para ganarle la cacareada peseta. Pero no era la peseta de Vicente la única que centraba nuestra atención, por más que ésta fuera la reina indiscutible del lugar. Allí jugábamos a muchas cosas más, cada una de ellas en un escenario distinto. Así, por ejemplo, en el empedrado de acceso a las escalerillas del Círculo Católico, jugábamos al “taco”, que consistía en golpear tu canica en el primer escalón para que ésta fuera por el empedrado a tocar a una cualquiera de las muchas que se juntaban en tan irregular suelo. No obstante, como ocurría en todo, siempre había algún “tima” que sabía cómo darle a su canica para que, en zigzag o en línea recta, le diera a las nuestras dejándonos boquiabiertos. En el puente de hormigón que había donde estuvo la tienda de Garvi, para que discurriera el agua que recogía la gigantesca alcantarilla del Cine Doga, apoyada en el marco de madera de la entrada a la cuadra, solían poner una peseta a la que había que darle con tu canica tirando desde el final del mismo, cosa que hacíamos con facilidad, ya que no mediría más de dos metros de largo, razón por la que los que habíamos nacido por allí, nunca poníamos; solo tirábamos. En el triangulito de la Parroquia -hoy ya no existe- que daba acceso a la puerta de la calle Los Mártires, solíamos poner “montacaña”, que no era otra cosa que tres canicas juntas, haciendo de base en el suelo, y otra encima de ellas. En este juego se ganaban muy pocas. Solo te llevabas esas cuatro y la tuya. Conviene aclarar aquí que en casi todos los juegos de las canicas te daban las de la apuesta más la tuya. Ejemplo: “Montacaña con la tuya”; “cinco con la tuya”; “diez con la tuya”… Mi buen Amigo y vecino Ricardo “Cañitas”, llegó a poner hasta “veinte con la tuya” en la hendidura que hacía el hormigón que sujetaba las patillas de la ya mentada alcantarilla del Cine Doga, y había que tirar desde el Palacio de los Rodezno, donde estaba “Almacenes Hidalgo”, casi al principio de la calle Garrán, por lo que muy poquitas veces les dábamos. Para recoger las canicas que se nos caían a las alcantarillas, teníamos una especie de cazos elaborados con un trozo de alambre de medio metro aproximadamente, con un circulito invertido al final, con los que las sacábamos a pulso con muchísima habilidad. ¡Éramos unos linces! Además de estos juegos, existían otros como “el ojo poma”, que consistía en ponerte la canica en el ojo, totalmente erguido, y dejándola caer a plomo, darle a la que estaba en el suelo. “El bote”, modalidad que dominaban a la perfección “Getali” y García, y que consistía en poner una peseta en el suelo, a la que tenías que darle desde unos dos metros, sin que la canica tocara el suelo. Y finalmente, el más tradicional y practicado: el “dale”, que consistía en tirar una canica el que empezaba el juego, y, posteriormente, los demás ir tirando las suyas hasta que uno de nosotros le diera. En este juego te servías de los charcos, del barro, de las hojas… Por eso existía el “pido limpien”, que no era otra cosa que el retirar de la canica que te ibas a ganar todos los obstáculos que tuviera. Existía, igualmente, el “monta”, que era montar con el pie la canica que te ibas a ganar. Las canicas las vendíamos a “diez a la peseta”, y cuando algunos las retenían guardaditas en los tarros de sus casas, por más que intentábamos fabricárnoslas nosotros mismos con arcilla de La Tejera, siempre acabábamos donde “La Elvira”, comprándolas nuevas a “cuatro a la peseta”.

lunes, 4 de mayo de 2020

Un 1 de Mayo histórico.


El pasado 1 de Mayo os decía que los miembros de “la caravana de la alegría”, con la ayuda de un najerino que estuvo al acecho, habían logrado un documento verdaderamente histórico, a través de un vídeo único. Hoy quiero colgaros este mosaico que, aunque no es único, es, igualmente histórico, para agradecerles profundamente lo que durante estos casi dos meses de confinamiento han hecho por nosotros desfilando diariamente bajo nuestras ventanas y balcones. Porque ellos han sido el fanal que ha iluminado nuestro tenebroso camino; el bálsamo que ha aquietado nuestros atribulados corazones; la música que ha alimentado nuestros espíritus, y la esperanza que nos ha ayudado a sobrellevar esta especie de encarcelamiento. Jamás pensé que algo, en apariencia tan nimio, iba a significar tanto para nosotros. Pero así ha sido. Y lo ha sido en tal medida, que los vamos a echar muchísimo de menos. ¡Dios los bendiga a todos!
Texto leído el 1 de Mayo:
“Como todos los años, el 1 de Mayo nos convoca en este lugar para dar cumplimiento a una celebración que se inscribe en lo más genuino de las tradiciones najerinas: la proclamación de Fernando III El Santo como rey, en esta ciudad de Nájera. Este año, dadas las circunstancias extraordinarias, el pueblo en general no puede acudir a este acto, por lo cual, acudimos nosotros, en representación de todos los ciudadanos. Y en su nombre, y en el nuestro propio, gritamos: ¡Viva Nájera!”

Recuerdos de infancia.

Los jueves de mercado.
Aunque nosotros éramos ajenos a él por razones más que obvias, en aquellos maravillosos años en los que estamos centrados, había un acontecimiento que nos llamaba poderosamente la atención por las cantidades ingentes de forasteros que acudían a nuestra ciudad a pasar el día, negociando, comiendo y jugando. Era el archifamoso “jueves de mercado”. Recuerdo que cada jueves del año, muy de mañanita, aparecían por las callejuelas de nuestra ciudad unos coches  que a nosotros nos parecían de lo más extraño, conducidos por granjeros, labradores o ganaderos -no los distinguíamos-, que paulatinamente iban llegando a la Plaza del Mercado -quizá le pusieron así por desarrollarse allí este acto- y, una vez colocados de culo en los soportales, les levantaban una gran puerta que en la parte de atrás tenían -quizá eran tres en lugar de una: una muy grande, en la parte de arriba, y dos pequeñitas, en la parte de abajo- e iban sacando de ellos grandes cajas de madera atestadas de tetones -crías de marranos-, para vendérselos a buen precio a cualquiera de los muchísimos parroquianos que poco a poco allí se iban agolpando. Posiblemente se vendieran muchísimas cosas allí, como pimientos secos, azafrán o ajos, pero lo cierto es que el recuerdo que yo conservo es el de que los lechones eran los reyes indiscutibles del mercado. Después de haber estado toda la mañana negociando y cerrando tratos, unos y otros se dirigían en cuadrillas a las tascas, bares y restaurantes de la ciudad a tomarse unos vinos, departiendo ruidosamente, mientras los dueños de los establecimientos les preparaban el famoso cordero asado. Cuando se habían puesto de carne como “el Quico”, montaban ruidosas partidas de cartas y dominó, principalmente, consumiendo cafés, copas y puros a tutiplén, hasta dejar el aire completamente irrespirable, por las inmensas nubes de humo que se habían acumulado. Una vez terminadas estas disputadísimas partidas, y pagados todos los gastos, se dirigían al “trinquete de la Juana”, a participar -apostando, jugando o disfrutando- de los grandes desafíos de pelota que durante toda la tarde se iban montando. Al anochecer, más contentos que ”Chupín” -me imagino que unos más que otros-, iban yéndose cada cual a su pueblo, paladeando el buen sabor de boca que el “jueves de mercado” les había dejado. Esta tradición estaba tan arraigada en las gentes de los pueblos vecinos, que aun habiéndose extinguido el mercado, cantidad de cuadrillas seguían viniendo cada jueves a nuestra ciudad, a pasar la mañana y a comerse el cordero asado. Después de un larguísimo período de tiempo sin mercado, se comenzó a celebrar lo que hoy conocemos como “el jueves de mercadillo”, pero, con todos mis respetos, he de decirles a ustedes, que en este caso al menos, “sí fue mejor cualquiera tiempo pasado”.

domingo, 3 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Pobladores de nuestras calles.
En aquellos tiempos, era frecuentísimo encontrarte por la calle a lecheras, panaderos, repartidores de bebidas y paquetería, vendedores de cisco, al azafranero… Los más madrugadores eran los panaderos, que portando cantidad de barras de pan en un carro pequeño con un gran cajón de madera, iban repartiéndolo bien de mañanita por casas, bares y comercios. Y aunque había varios, yo recuerdo especialmente a Juan Cruz Ojeda, “Carriola”, del que llegué a ser buen amigo, que todos los años por carnaval, no sé por qué razón, me obsequiaba con un bollito de pan con chorizo dentro. Después eran Bernal y Rufino, “el campiñarri”, los que iban repartiendo por los bares de la ciudad, el primero con una rudimentaria carretilla de madera con una rueda de hierro, las barras de hielo que hacían en la fábrica de gaseosas del señor Eusebio, y el segundo, las cajas de cervezas y refrescos que su jefe, Ignacio, le cargaba en un carro pequeño. A cualquier hora de la mañana o de la tarde, podías tropezarte con los señores Alfonso y Valentín, repartiendo en pequeños carros, también, la paquetería que los autobuses de Angulo y Guinea, principalmente, habían dejado amontonados en la balaustrada del puente de piedra, que era donde tenían la parada, por tiendas y comercios. Las lecheras solían repartir por la tarde, portando la leche en un pequeño carrito de ruedas de goma, en el que llevaban, además de las candajas -cuatro creo que eran-, toda clase de medidas, con aquellos cazos tan curiosos. Iban de portal en portal, avisando a viva voz a sus clientas, y, por lo común, apuntaban en una libreta la cantidad que le habían depositado en el cueceleches a cada una de ellas, porque compraban al debo. En otoño, eran los vendedores de cisco los que transitaban nuestras calles, llevando del ramal a una mula cargada con cuatro sacos de cisco, que intentaban venderles a buen precio a nuestras madres, para calentar el brasero en invierno. Estos personajes nos llamaban muchísimo la atención, porque iban siempre totalmente negros. También en otoño caminaban por nuestras calles, sobre todo donde había bodegas o envases, los vinateros, con aquellos pellejos de vino, que a nosotros se nos antojaban cerdos, apoyados en una hombrera de cuero, superpuesta en una camisa azul, que, al parecer, era el uniforme de los de ese gremio. Y en cualquier época del año, podía aparecer el azafranero, un hombre alto y fuerte, con un traje de pana marrón, que portaba en sus grandes manos una cajita pequeña de hojalata, atada con una tira de cuero que le servía de asa, donde llevaba los hilitos de azafrán y una minúscula báscula con sus diminutas pesas, para pesar, si es que vendía, el azafrán, un producto prohibitivo para todos nosotros, porque era más caro que el mismísimo oro. Y no quiero terminar sin añadir también, que además del ajero, aquel señor que portaba en sus hombros las ristras de ajos, el difunto Pedro Nájera y su hijo Santos, recorrían nuestras calles vendiendo ¿refrescos o pan?, en una curiosa bicicleta de tres ruedas, que portaba en la parte delantera un gran cajón con una barra de hierro que hacía de manillar. Y que igualmente, la panadería Ochoa hacía lo propio, repartiendo el pan con un motocarro pequeño.

sábado, 2 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

El punto.
El punto era uno de los juegos más queridos y concurridos por nosotros, y, aunque cualquier pared era buena para practicarlo, los frontones que utilizábamos eran: la fachada lateral de la Parroquia de Santa Cruz -aquí pasamos media vida-, la pared donde guardaba Pedrito “el alpargatero” los artículos de cestería y alpargatería, en la calle Garrán, el refectorio de Santa María La Real y el “Trinquete de la Juana”. Este juego no tenía época determinada, por lo que casi todos los días del año -jamás jugamos a él domingos y festivos- los frontones citados eran un auténtico hervidero de chiquillería gritando y jurando en arameo cuando hacían mala, culpando de ello a algún compañero: “que si me has estorbado”; “que si no me has dejado verla”; “que si era tuya y no le has dado”… Todo menos reconocer que habías hecho mala por torpe, inexperto o porque quienes jugaban contigo lo hacían mejor que tú. ¡Jamás lo reconocimos ninguno! El juego consistía en jugar a la pelota e ir eliminando de uno en uno -a veces lo hacían de dos en dos-a todos los que jugaban contigo hasta no quedar ninguno, y entonces te hacías un punto. Si en el siguiente juego repetías la hazaña, te hacías otro punto, y así sucesivamente. Si por el contrario hacías mala teniendo puntos, ibas restándote comas hasta quedarte sin ninguno. O sea, punto y coma, punto, coma y… ¡a hacer puñetas, abusón! Se jugaba con pelotas de forro. Algunas veces lo hacíamos con aquellas de goma verde que venían en las cajas de zapatos “Gorila”, que comprábamos donde Pedrito “el alpargatero”, y, para que nos durasen más, las embadurnábamos con sebo de la carnicería del señor “Paco el Negro”. El rey de este juego en las tres primeras canchas era Daniel el “pelotari”, que no nos dejaba hacernos un punto ni harto de “sanitex”. En el “Trinquete de la Juana”, a pesar de jugar con nosotros chicos de mucha más edad, Daniel seguía siendo el rey, y protagonizó los desafíos más inverosímiles que existir hayan podido. Jugó partidos de pelota atado a otro compañero; a la pata coja; debajo pata; con un brazo atado a una pierna; con la derecha en el lado izquierdo; con la izquierda en el lado derecho: contra tres o cuatro de nosotros a la vez…. Y de todas las formas nos ganaba. ¡Era un gitanazo! Partido que montaba, partido que tenía ganado de antemano. En ese bendito lugar nos divertimos muchísimo jugando, además de al punto y partidos de pelota a doce, dieciséis y veintidós tantos, a hacer malabarismos subiéndonos por el escalón de las fachadas lateral y frontal, en busca de las pelotas caladas en el alambre de gallinero que tenían en lo alto. A adivinar a qué se parecían los eternos desconchados del revoque del frontis -parecía el mapamundi-. A charquear cuando llovía -se inundaba todo el frontón-. A maquinar cómo jugar partidos de pelota sin pagarle a la señora Juana “las cuerdas”. A disputarnos a la madre tirolesa, al padre bantú o al hijo esquimal… ¡Jugamos a tantas cosas! Puesto que se han citado partidos de pelota, “cuerdas” y demás, es necesario aclarar antes de terminar, que “El Trinquete de la Juana” fue durante muchos años el único frontón donde se jugaban todos los partidos de pelota, tanto los de profesionales como los de aficionados, y la señor Juana la responsable de su cuidado. De ahí lo del “Trinquete de la Juana”. Esta buena mujer, que Dios tenga en la gloria, vigilaba el frontón sentadita en una pequeña silla de anea, que colocaba al final de la pared del Gran Casino, tocada de una toquilla gris y un delantal negro con grandes bolsillos, donde cuidadosamente guardaba las pelotas que, tras pagarle “las cuerdas” -nunca supimos qué coño era eso de “las cuerdas”-, nos dejaba para jugar los partidos, sin que ninguno de nosotros, por muy hábil que fuera -¡y cuidado que lo éramos!-, la pudiera engañar nunca.

viernes, 1 de mayo de 2020

Un vídeo para la Historia.

Desconozco si ellos mismos son conscientes del alcance de este pequeño acto. Me consta que no. Pero lo cierto es que estos miembros de “la caravana de la alegría”, con la ayuda de un najerino que ha estado al acecho, han logrado un documento verdaderamente histórico. Quede, pues, aquí inmortalizado, este valioso acto para los restos.

Recuerdos de infancia.

Asaltar las huertas.
El error más grave que alguien podía cometer en aquellos tiempos, era el de decirnos dónde tenía una huerta con árboles frutales. Hacerlo significaba tanto como renunciar públicamente a volver a llevarles jamás un solo fruto a sus zagales. Recuerdo que en una ocasión, Javi, nuestro amigo, con la noble intención de salvar de nuestros asaltos a su abuelo Sixto, nos dijo que no fuéramos nunca a asaltar el avellano que éste tenía en la orilla del río, y sin terminar de decírnoslo, ya lo habíamos dejado hecho cisco. ¡A quién se le ocurre! Por lo general, los asaltos los hacíamos por la noche, después de haber seleccionado los cerezos, manzanos, perales, melocotoneros, melonares, sandiales o fresales que íbamos a visitar para mitigar el hambre, en los paseos vespertinos, y siempre íbamos en cuadrillas grandes para intimidar al enemigo. Esto, visto así, podría ser hasta disculpable; lo que pasa es que a la hora de la verdad, la huerta que visitábamos quedaba para el arrastre. Imagínense ustedes, amigos lectores, a un batallón de hambrientos mozalbetes andando totalmente a oscuras por un fresal -peligraban hasta los limacos-, cogiendo las fresas a puñados, y destrozando con sus torpes pisadas todos los renques. O imagínenselos  subidos a un cerezo, a un peral o a un manzano, tirando por cada fruto que cogían, veinte. A pesar del riesgo que ello suponía, también visitábamos las huertas por las tardes, por más que nos corrieran a pedradas los dueños, o por mucho que le pusieran, para intimidarnos, escopeta a Tivo -el guarda Primitivo-. Es tos asaltos solían ser a los avellanos y cerezos -sobre todo los de Tricio-, y cuando teníamos ya más ramas que las que se lucían  el Domingo de Ramos, nos sentábamos en la fachada de la antigua CAZAR, en plena Calle Mayor, a comernos los frutos antes de cenar, dejando el suelo totalmente alfombrado. Algunos artistas -en todas las cuadrillas había alguno-, de cuyos nombres sí me acuerdo, pero no quiero relatarles, lo hacían a cualquier hora del día, llevándose, además, después de haberse puesto las botas en la huerta, una cesta repleta de fruta, lechugas, cebollas y tomates. Esto ocurría durante las vacaciones de verano; pero es que en el período lectivo, en el otoño-invierno, cuando salíamos al recreo, no quedaba manzano ni peral sano. Hasta aquellas gigantescas y sabrosísimas peras de invierno que los incautos hortelanos extendían en el suelo de sus casillas de aperos,  corrían serio peligro. Tal era el hambre que de esos exquisitos frutos teníamos entonces los niños. He de aclarar inmediatamente -sírvame ya la aclaración para posteriores escritos-, antes de que me ponga como hoja de perejil algún lector indignado u ofendido, que yo no apruebo ni desapruebo lo que escribo. Simplemente, me limito a escribir mis recuerdos -que son los de todos los que entonces éramos niños- y como los recuerdo los escribo. No hacerlo así, sería negar una parte muy importante de la historia -la nuestra, nos guste o no-, y negarme a mí mismo. Hecha la aclaración, doy el artículo por concluido.

jueves, 30 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Los guateques.
Como quiera que las cosas inocentes y puras no precisan ocultarse, los chicos de mi generación montábamos los guateques al aire libre, en cualquiera de los muchísimos parajes naturales que esta bendita ciudad tenía -cuando aún era una ciudad idílica-, bailando con las chicas de la cuadrilla al son que nos marcaban  los Bravos, los Sirex, los Ángeles, los Brincos, los Beatles, los Mústang…, en aquellos tocadiscos Philips de maleta de plástico, hasta bien entrada la noche, cuando la coqueta luna se observaba sin cesar en las límpidas aguas del río Najerilla. El lugar elegido dependía en gran parte de dónde estuviéramos pasando la tarde ese día; si era entre los purificadores y aromáticos pinos del Castillo, el guateque se preparaba en los depósitos del agua de boca que, como por arte de magia, en una flamante discoteca se convertían. Si estábamos jugando en las frondosas choperas, éste se montaba en la Fuente de la Estacada, manantial de aguas medicinales y gélidas, Si andábamos mangando algo por las feraces huertas, el escenario era una casilla de aperos que alguno de la cuadrilla tenía. Si nos hallábamos tomando la fresca por las confortables riberas, se desarrollaba en el mismísimo río, entre azahares, mimbreras, saúcos, zarzamoras y silvestres campanillas. Como pasaría después, de más mozos, en los célebres chamizos,  nunca estábamos parejas a la hora de bailar y tenías que conformarte con esporádicos escarceos amorosos cuando, después de bailar un montón de melosas canciones -que duraban siglos- con tus insolidarios compañeros, cogías por fin a la chica de tus sueños y, dejando volar tu imaginación, recorrías -o lo intentabas, al manos- su grácil cuerpo con tus indecisos y torpes dedos, permitiéndote todo tipo de pueriles fantasías. ¡Cuán dulce y maravilloso era un simple roce de piel! ¡Cuán excelso un beso, aunque este fuera en la mejilla! Fueron tan sublimes para nosotros estas experiencias vividas en tan majestuosos escenarios, que quedaron grabadas en lo más profundo de nuestros enamorados corazones para el resto de nuestros días, no siendo ya capaces de desarrollarnos como personas adultas alejados de estas benditas maravillas. Todas nuestras actividades giraron en torno a ellas. Ya fuera bañándonos en las frescas aguas del río Najerilla; ya merendando en sus arboladas riberas; ya retozando en las umbrías y sensuales choperas; ya paseando por las feraces huertas en tiempo de fruta; ya cortejando entre los añosos plátanos del Paseo con tu chica… Nada era posible, ni tan siquiera imaginable para nosotros, que no estuviera ligado a estos dones divinos que a los ingratos najerinos nos legó la diosa fortuna.

miércoles, 29 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

El Ajan y el Colomino.
Cuando andábamos faltos de juegos e imaginación, acudíamos al “AJAN” -perdóneseme no recordar qué significan las siglas-, primero, de más chiquititos, y al “Colomino”, después, estando más creciditos, a matar el rato practicando diferentes juegos, y preparando día sí y día también unos ciscos de espanto. El “AJAN” estaba ubicado en el ala donde hasta hace muy poco tiempo ha estado la oficina de recepción y la entrada al Monasterio de Santa María La Real, y era, lógicamente, propiedad de los frailes, aunque la encargada de regentarlo fuera la asociación que existía con ese mismo nombre -tenía hasta equipo de fútbol propio-, por lo que podemos deducir entre todos que dichas siglas respondían a: “Asociación Juvenil Antoniana”, o algo así. La cuestión -que es lo que de verdad nos importa- es que allí pasábamos cantidad de horas -abrían solo por las tardes- jugando al ping-pong, al futbolín, a las cartas, al juego de la rana -al mismo que jugábamos en la tétrica mansión del Barón cuando furtivamente entrábamos a descubrir sabe Dios qué misterios, totalmente aterrados-, que no éramos capaces de meter la moneda en su boca ni aunque nos acercáramos hasta la mesa donde estaba adosada, y destrozando las bancas  de madera que tenían para que viéramos bien sentaditos las películas religiosas que nos ponían todos los domingos y festivos. -También en el portal que hay en las viviendas de la Iglesia de Santa Cruz, a mano izquierda, donde está la ventana a la que no conseguíamos llegar nunca para subirnos a ella, nos ponían las mismas películas durante algún tiempo-. En una ocasión, cuando llevábamos a “Nikito” con los brazos en alto tumbado en una banca, cual si fuera un caudillo, se nos cayó y se rompió el brazo por dos o tres sitios. Lo del “Colomino” fue otra historia. Entonces éramos ya más mozos y por consiguiente nuestros juegos y divertimentos eran otros. Allí jugábamos muchísimo al futbolín -al de verdad, no como los de ahora que los futbolistas son de madera y tienen los pies juntos-, intentando inútilmente ganarles una partida a Bernal o a Juan Ramón, que aunque nos jugaran a dos de nosotros a la vez con una sola mano y con los ojos vendados eran capaces de dejarnos en cero. Jugábamos muchísimo también al ping-pong -lo que es la vida; este juego lo dominaba yo de primera, y ahora mismo soy incapaz de darle dos veces-, llegando a celebrar campeonatos emocionantísimos en los que participábamos cantidad de najerinos. Tenían también un juego que consistía en jugar con dos manoplas anchas suspendidas de una barra de hierro cada jugador, con unas bolas como las del futbolín, en una mesa hasta que uno de ellos llegara a meter gol, Había también una mesa de billar americano, ese de poner las bolas de colores en el triángulo para ir metiéndolas con la blanca en los agujeros de los lados, dejando la negra para el final -a este juego no jugábamos mucho nosotros, aunque gozó también de bastante popularidad-. Y tenían, finalmente, aquel habilín tan característico en el que un mono iba trepando por una palmera hasta coger un coco, que de no haber sido por el cartón que metíamos  por un costado no lo hacemos arrimarse ni al tronco. Conviene decir ahora mismo, antes de que se me vaya el santo al cielo, que durante una época muy larga, teníamos siempre como música de fondo los sonidos que, desde un rudimentario televisor en blanco y negro, emitía una serie televisiva -“Viaje al fondo del mar”, podría ser-, en la que no se veía más que un submarino en el fondo del mar, que nunca supimos de qué iba aquello. Cuando estaban de jefes en el local Juan Ramón o Yumbito, aquello era una bendición del cielo: jugábamos partidas gratis, fumábamos, jurábamos en arameo… ¡Todo estaba permitido! Mas si los que estaban eran sus padres, Antonia y Félix, la cosa se ponía mucho más seria. No obstante, con unos o con otros, el “Colomino” -creo que se llamaba así porque Félix era de Santa Coloma-, representó tanto para nosotros en aquella época como en la inmediatamente posterior lo hicieran los chamizos. ¡Fueron nuestra segunda casa! Después alternaron la sala de juegos con un bar durante algún tiempo, quedando finalmente todo el local como bar; aquel tan célebre en el que se vendían las sardinas en aceite en un trozo de pan  con una guindilla -que picaban lo suyo-, abriendo un pequeño salón recreativo en un bajo chiquitito de la casa de la señora Teria, frente a la farmacia Mendiola, que por no gozar de popularidad se cerró muy pronto. Y lo que es la vida, después de estar años y años cerrado el “colomino”, hoy, los mismos dueños -Juan Ramón y Yumbito- lo han convertido en un precioso disco-bar, llamado 51.¡Quién me iba a decir a mí, casi medio siglo después de lo hasta ahora escrito, que mi hijo iba a acudir a divertirse al mismo local al que yo fui de niño!¡Caprichos del destino!

martes, 28 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Pescar a caña.
Mucho antes de que un inesperado domingo de marzo se abriera la veda de pesca, ya andábamos todos los niños de Nájera de cabeza preparando las cañas, los plomos y los anzuelos para hacer los aparejos de lombriz, las cucharillas con puntos rojos y negros que íbamos a dejar en el río mucho antes de almorzar, los aparejos de moscas que no teníamos ni puñetera idea de manejar -no sabíamos ni llenar la boya de agua-, y todos los utensilios de pesca que ustedes puedan imaginar, incluido un bidoncito de laca o barniz donde meter las lombrices que fuéramos cogiendo, con tierra bien cargada de posos de café para que ese día no dejaran de bailar. La noche anterior al día de la verdad, nos íbamos a dormir a casa de algún amigo -yo siempre me iba con Ramón Arenzana, “el Cardenal”-, para, mucho antes de amanecer, sin que sonara el despertador que en toda la noche no habíamos dejado de mirar, estar ya desayunados  y marcharnos a todo meter a “pillar” el sitio que el día anterior habíamos elegido para pescar. Cuando llegábamos al cascajo -casi siempre comenzábamos en “La Playa”-, dejábamos todo precipitadamente en el suelo y comenzábamos a armar las cañas intentando adivinar dónde iba cada cosa, porque entre la vigilia de la noche y la oscuridad de la mañana, allí no veíamos ni a jurar. Huelga decir que para cuando comenzábamos a pescar, ya se habían puesto todos los pescadores a almorzar. Como pueden ustedes adivinar, queridos lectores, entre que ya estaba todo el río trillado y que no teníamos ni puñetera idea de pescar, si cogíamos alguna trucha -y eso que las había a millares en esa época- era por pura casualidad. Pero en el fondo eso era lo que menos nos preocupaba a nosotros, porque lo que nos gustaba de verdad -les juro que era así-, aparte de la hermosa vivencia de la noche anterior, era el ir metiéndonos en el río con las botas de pescar e ir sintiendo la presión que el agua ejercía sobre éstas hasta llegar al final. Era tal la emoción que con esta práctica sentíamos, que siempre nos tenían que salvar, porque se nos habían llenado de agua las botas y el Najerilla nos quería llevar a Zaragoza a visitar El Pilar. Después de rescatados, echábamos a correr a casa a cambiarnos de ropa y con más moral que el Alcoyano, volvíamos al cascajo -esta vez sin botas- y nos poníamos como si nada a almorzar. Y así solíamos  vivir las primeras jornadas de pesca en nuestra infancia: jurando en arameo por no saber cambiar de aparejos cuando los dejabas, y acojonando con tus ahogamientos a todo el personal.

lunes, 27 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Pescar a mano.
Pescar a mano era uno de los pasatiempos más emocionantes que tuvimos siendo niños -nacer en un río como el nuestro es un privilegio reservado solamente para elegidos-. Desde bien chiquititos, calderito de playa en ristre, andábamos de calle detrás de las cucharetas, poniéndonos de agua como un cristo. Después, siguiendo la metamorfosis, fueron las ranas, con cola y sin ella, las que nos toreaban a pesar de su tamaño tan reducido. Cuando fuimos un poco más mocitos, nos dedicábamos a coger los cangrejos que se metían en los agujeros de los muchísimos ladrillos que había depositados en el lecho del río, tapando con nuestras inocentes manos los seis agujeros por ambos lados -también los había de dos y de tres, pero esos los dejábamos para otros- y, tras sacarlos del río los volvíamos hacia arriba para que cayera toda el agua que tenían dentro, y los golpeábamos contra una piedra para que salieran los seis cangrejos que no sé qué extraña razón se refugiaban siempre en ellos. El siguiente desafío fue pescar bobos -quién sería el que les puso este nombre- a tenedor, persiguiéndolos mañana y tarde a lo largo del río -se desplazaban de piedra a piedra, avanzando muy poquito- terminando la jornada con los bolsa vacía y los riñones deshechos. Cansados -humillados, diría yo- de perseguir inútilmente a estos rarísimos peces, que a pesar de llamarse bobos se reían miserablemente de nosotros, desde lo alto del puente de tabla practicábamos lo que dimos en llamar “matacanto”, que no era otra cosa que tirarles grandes piedras a las miles de loinas que se ponían en los friegos -tapaban todo el cascajo-, esperando que tras la andanada, entre la turbidez de las aguas, aparecieran cuatro o cinco panzas blancas flotando. Animados por nuestras primeras capturas y porque nos sentíamos ya muy hombrecitos, pasamos a pescar truchas en las berlañas -que aunque muchos lo hayan olvidado, siempre las ha habido-, que es a lo que en realidad se le llamaba pescar a mano. Como en esta práctica no teníamos ni puñetera idea, cuando hundíamos las manos en una berlaña y notábamos que debajo había algo, pegábamos un chillo y las sacábamos del agua pitando. Después, quitado ya el miedo, cuando teníamos alguna entre las manos, en lugar de sacarla limpiamente de las agallas, como hacían los mayores, arrancábamos media berlaña y salíamos corriendo a la orilla a desnucarla, tirándola con fuerza contra el cascajo, por temor a que se nos resbalara de las manos. El cisco que preparábamos no es para contarlo aquí. Imagínense ustedes a quince o veinte muchachos en traje de baño, corriendo, saltando, chillando y jurando, mientras llenaban de berlañas todo el cascajo. Cuando dominamos esta práctica, siendo ya mayores, pescábamos todo lo que queríamos: cangrejos, bobas, bobos, lampreas, loinas, barbos, zarpeños, sogueros, truchas y anguilas, porque en aquellos maravillosos años había tanta pesca en nuestro río, que, como decíamos antes, salía hasta por los grifos, aunque urge aclarar ahora mismo que ya nunca fue tan divertido.

domingo, 26 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Salto de pértiga.
Cuando el jardinero del Ayuntamiento, Ángel Mínguez, comenzaba en otoño a podar los plátanos del Paseo, le mangábamos las ramas más resistentes y comenzábamos a jugar con ellas al salto de la pértiga -el más apasionante de los juegos-, que consistía principalmente en saltarnos a lo ancho los riachuelos. Este juego era practicado casi siempre en época de escuela, durante el recreo, y éramos muchos los que, por habérsenos clavado la pértiga en el suelo -había mucho fango-, por haberla colocado sobre una piedra resbaladiza, por haberla agarrado de muy arriba o por cualquier otra circunstancia -a veces se rompían- hacíamos la cuca -caernos al río-, teniéndonos que quedar sin entrar a clase cuando acababa el recreo, a secarnos la ropa y los zapatos en improvisadas lumbres, lejos de la vista de chivatos y maestros. Y allí estábamos nosotros, los más intrépidos -o los más tontos, según se mire-, medio en pelotas, con un frío que pelaba, dándole vuelta a la ropa para que se secara sin quemarse, y vigilando de soslayo que no ardieran los palos clavados en el suelo, en los que habíamos colgado los zapatos, pegaditos al fuego, para que antes de que diera la hora de comer lo tuviéramos todo seco. Huelga decir que todo ese esfuerzo, fruto del temor a que te castigaran, no nos servía de nada, porque sin terminar de entrar en casa, nuestras madres percibían el peculiar olor a lumbre que se había adherido a nuestras prendas, y tenías que confesar tu hazaña -bastante manipulada, por cierto-, obviando la minipicia para que no te cascaran. Lo único que conseguíamos era que no nos durasen absolutamente nada los zapatos -mojarlos y secarlos los destrozaba-, ocasionando con ello un gasto innecesario, que dañaba, aún más, la frágil economía doméstica. Además de saltar los riachuelos -para nosotros auténticos mares-, hacíamos también campeonatos de salto de longitud y de altura. Para estos últimos, atábamos una cuerda de chopo a chopo -los teníamos a millares- e íbamos subiéndola a medida que saltábamos todos sobre ella, hasta que, al alcanzar una altura considerable, los pringaos de siempre teníamos que conformarnos con ver, mientras saltaban por los aires, a los chulitos regodearse. Es menester decir, porque así lo requiere el caso, que las pértigas eran para nosotros uno de los objetos más preciados de cuantos pudieran existir en aquella época. Por ellas éramos capaces de darnos de hostias a diario si alguien osaba cogérnoslas -las dejábamos escondiditas debajo de las hojas-, aunque solo fuera por un rato. Tal era para nosotros, amigos lectores, la grandeza de un humilde y triste palo.

sábado, 25 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

De tocas y hostias.
    
Los primeros recuerdos que de párvulo conservo, están íntimamente ligados a las tocas de las monjas, y a las hostias de Doña Tere, además de a los trocitos de queso y a la reconstituyente leche en polvo que cada mañana me servía mi querida y recordada “Esme”, en aquellos redondos e inolvidables vasos de duralex. Desconozco por qué fue así, pero lo cierto es que mi primera gran aventura la viví en el colegio de las monjas -antes se llamaban todos así: el de las monjas, el de los frailes y el de los maestros- y, por increíble que parezca, de lo único que me acuerdo es del nombre de la que fue mi maestra: Sor Visitación; de las tocas tan raras que llevaban en la cabeza; de las temibles tijeras que pendían del cordel que llevaban atado a la cintura de sus hábitos, y de los trocitos de queso que en grandes bandejas repartían entre nosotros todas las tardes, al terminar la clase, en el portal de la Calle Cantarranas, por donde actualmente se sube a la Residencia de ancianos. Cuando os decía que desconozco por qué fue así, me refería simple y llanamente a que, salvo aquel curso, todos los demás los pasé en los maestros, donde fui a parar a las manos de Doña Tere, la mujer que más hostias me ha dado en lo que llevo de vida y, a buen seguro, de las que pudieran darme aún viviendo dos mil años. Aparte de las que nos daba a todos los parvulitos durante la clase -que eran muchísimas-, yo me llevaba también las de por las mañanas, cuando, después de tomarme el vaso de leche en polvo -decían que nos los mandaban los americanos para matarnos el hambre-, me dirigía a ella sin saber pronunciar la ñ. Ejemplo: “Buenos días, Donia Tere”. ¡¡Zasss!! Hostión que te crió. “Vuelve a entrar”, espetaba. Y yo, inocente de mí, por lo bajinis me decía: “¡Pero qué coño has dicho, Usebín, para que esta mujer te reciba de este modo!” Y, completamente acojonado, volvía a repetir la operación: “Buenos días, Donia Tere”. ¡¡Zasss!! Otro hostión, para ir entrando en calor. Y así hasta que se le cansaba la mano y comenzábamos a cantar las letras del catón. Después, cuando salíamos al recreo, en lugar de jugar a algún juego liviano, nos dedicábamos a celebrar torneos, montándonos unos encima de otros, a modo de rejoneadores, cuando apenas teníamos edad para sujetarnos, hasta que, a empujón limpio, terminábamos todos por el suelo sin redaños. Cuando Don Emilio tocaba el silbato para anunciarnos a grandes y a pequeños que el recreo había terminado, a los parvulitos se nos cambiaba el color y entrábamos de nuevo a clase literalmente cagados de miedo, ante la certidumbre de que, fuese por la razón que fuere, muchos de nosotros terminaríamos con los dedos de Doña Tere, en nuestras inocentes caras marcados”.

viernes, 24 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Las chozas.
Aunque no sé muy bien si construir chozas o casetas -como el lector quiera- puede considerarse un juego, lo cierto es que cuando tiraban alguna de las muchísimas choperas que en Nájera había -sobre todo si estaba cerca de la escuela-, todas las cuadrillas del pueblo nos afanábamos en construirnos una bien hermosa con las ramas de los chopos abatidos, en la que, tras arduos esfuerzos, después de terminada, y convenientemente adornada, pasábamos interminables horas jugando en su interior a cualquier cosa en la más absoluta penumbra. Curiosamente, a pesar de lo canallas que éramos en aquella época, esta nos duraba intacta varias semanas, antes de que alguna cuadrilla rival, algún viento traicionero o los mismos operarios encargados de hacer de los chopos madera nos la tiraran, para convertirla en pasto de las llamas, quemando todos nuestros sueños de poderío e independencia con ellas. Como puede ver el amable lector, incluso los juegos de nuestra más tierna infancia están ligados al maravilloso entorno del que anteriormente les hablaba.
Los recortes de las monjas.
Por aquel entonces, las “monjitas cerradas” -así es como se las llamaba-, las del Convento de Santa Clara, por aquello de ser nietos de su sacristán -mi abuelo Eusebio-, nos daban cantidades astronómicas de recortes que, además de quitarnos el hambre, nos sabían a gloria bendita. Y siempre que me viene a la memoria este hermoso recuerdo, no puedo dejar de preguntarme cuántos parroquianos tenían que tener aquellas benditas monjas para generar tal cantidad de recortes. Porque, como ya habrán adivinado ustedes, éstos no eran sino el producto de la elaboración de las hostias de comulgar. Sea como fuere, lo cierto es que como ya les dije al principio -lo de cuándo teníamos que acudir a por ellos no recuerdo muy bien cómo nos lo montábamos-, nos presentábamos en el torno que tenían -aún lo tienen- en el portal de acceso a la sala de visitas, y, tras llamar al timbre que allí tenían, contestado el “Ave María Purísima”, con un “Sin Pecado Concebida”, les decíamos a bocajarro a qué se debía nuestra desinteresada visita.