
El cielo encapotado
amenazaba con truncar los planes, pero hay pasiones que no se ahogan con el
agua. Ayer, sábado 17 de Octubre, un grupo de 48 entusiastas respondimos a la
llamada de la asociación Amigos de la Historia Najerillense. Nos movía la
promesa de un viaje en el tiempo, una travesía que ni la tormenta más
persistente lograría frenar, aunque sí nos obligara a recalcular la ruta: la iglesia-cueva de Tosantos,
convertida en un fuerte inexpugnable por el barro y los caminos impracticables,
tuvo que esperar para otra ocasión. Sin embargo, el destino nos deparaba dos
paradas inolvidables: las profundidades
de las antiguas minas de manganeso de Puras de Villafranca y el fascinante
Museo de Radiotransmisiones Inocencio Bocanegra en Belorado. Nuestra
aventura comenzó con una afortunada división en dos grupos. En el mío, el azar
nos otorgó el mejor de los talismanes: la maestría de la guía Laura Hernández Barreiros. Antes de que
nos adentráramos en las entrañas de la tierra, Laura encendió la mecha de
nuestra curiosidad en la superficie, transformándose en una suerte de
alquimista. A través de ingeniosos experimentos, mezcló diferentes líquidos con
el manganeso ante nuestras miradas atentas, desvelando la magia química que se
oculta tras el frío mineral. Ya con los cascos puestos y la mente dispuesta,
nos sumergimos de lleno en la mina. Fue allí, entre las paredes húmedas y oscuras,
donde la narración de Laura se tornó magistral y descarnada, devolviéndoles la
voz a quienes el tiempo intentó silenciar. Nos habló de los niños, cuyas manos
pequeñas y tiernas eran utilizadas para introducir las cargas de dinamita en
los recovecos más angostos de la roca, sacrificando su infancia para no perder
la valiosa veta; al crecer, su único premio era ser destinados a los tramos más
peligrosos e inaccesibles. Nos habló también de las mujeres, sombras invisibles
que trabajaban sin ser contadas ni reconocidas como obreras. Y nos habló de los
hombres, atrapados en un yugo de salarios de miseria, silenciados por el miedo
endémico al despido inmediato si osaban alzar la voz. Avanzar por las galerías
exigía una postura solemne: marchar agachados, con el cuerpo tenso, respetando
la opresión del entorno. Cruzamos tramos donde aún resonaba el eco de las vías
y las vagonetas, para luego adentrarnos en zonas más primitivas donde el
mineral se extraía a lomos de burros. Animales condenados a una cadena perpetua
de oscuridad, trabajando y durmiendo bajo tierra, hasta que la ceguera y la
muerte los alcanzaban en el fondo del abismo. Mientras tanto, en la superficie,
los dueños del negocio amasaban fortunas a expuertas, pero la riqueza nunca
echó raíces en el lugar: no hubo inversión en colegios, ni centros sociales, ni
obras civiles que sembraran una semilla de futuro para el pueblo. Al terminar
el recorrido, sobrecogidos y maravillados a partes iguales, rompimos el
silencio de la mina con un estentóreo y unánime aplauso para Laura. Con el eco
de esa lección de historia y humanidad todavía vibrando en el pecho, nuestro
grupo se reunió con la otra mitad de la excursión. Dejamos atrás el lodo y la
piedra para poner rumbo a Belorado, listos para sumergirnos en el Museo de
Radiotransmisiones, donde los equipos expuestos nos aguardaban para narrarnos,
a través de sus ondas mudas, la crónica tecnológica y humana del siglo XX...
