Ruidosa chiquillería llenaba la Pastelería Gasco, en demanda de los exquisitos merengues de a peseta la unidad, que en grandes bandejas plateadas preparaba el popular Donato. Y de las tiendas de ultramarinos de José Izquierdo y de la señora Marciana, salían presurosas algunas mujeres, con los rulos puestos en la cabeza y el mandil recogido sobre una mano, que a última hora se habían dado cuenta de que habían olvidado algo muy necesario cuando hicieron los recados.
En el río Najerilla, cantidad de najerinos y “bilbainos” (En aquella época todos los veraneantes eran vascos, y se les llamaba así, como suena), se bañaban incansablemente en los grandes pozos de aguas frías y cristalinas que, a finales del invierno habían dejado las terribles crecidas, gozándola como niños, emulando a “Tarzán”, tirándose al agua de cualquier manera: de culo; a la bomba; de pie; al paquete; al ángel o de cabeza, desde los añosos árboles que poblaban la ribera: Mimbreras, chopos y álamos blancos.
Todo, en suma, venía a corroborar que aquel era un día increíblemente hermoso. No obstante, y a pesar de percibirlo así en todos y cada uno de sus poros, Benedicto, además de no entender cómo era posible que él fuera testigo directo de todo ello, percibía lejanamente unos como lastimeros lamentos, a la vez que notaba vagamente cómo de sus humedecidos ojos verdes caía de cuando en cuando alguna lágrima, que lentamente resbalaba por su bondadoso rostro.
Sin parase a meditar sobre ello, se dispuso a disfrutar nuevamente de aquella especie de ensueño, siguiendo su cautivador recorrido por los distintos rincones de su ciudad, conocida como Nájera en el mundo entero. Pero cuando más feliz se encontraba, viviendo de nuevo ese día tan increíblemente hermoso, unas extrañas convulsiones recorrieron todo su cuerpo, sobresaltándolo violentamente, y, confundido y perplejo, abrió muy lentamente sus pesados y dolorosos ojos, y vio que su familia rodeaba, compungida, su humilde lecho.
Durante unos segundos escuchó lejanamente rezos mezclados con dolorosos y sinceros lamentos, apenas perceptibles para sus ya desgastados oídos; olió algo parecido a incienso, y sintió que una tibia lluvia mojaba su rostro. Súbitamente, todo se tornó gris para él, cuando la amorosa mano de su hermana Carmen, la única que aún queda viva de todos sus hermanos, cerraba lentamente, y para siempre, sus verdes ojos.
Era un día increíblemente hermoso, en el que miles de ruidosos vencejos surcaban incansable y acrobáticamente un cielo infinitamente azul, cuando la Parca liberó el Alma de un bello Serafín, de un vetusto, torpe y cansado cuerpo.
“A mi bienamado padre que está en el Cielo.”