Superó toda expectativa. Tal y como les había anunciado, cuando la Agrupación Musical Najerense y el alma joven del grupo de teatro Bambalina entrelazan sus destinos sobre un escenario, las leyes de la realidad se suspenden para dar paso a la magia pura. Lo que vibramos e inhalamos la noche de ayer en el Cine Doga no pertenece al mundo de las palabras; pertenece al reino de los milagros que se graban a fuego en el corazón. El eje sobre el que giraba este viaje místico fue la majestuosidad de El Rey León, plasmada en una puesta en escena sencillamente descomunal. La sala se transformó en una selva viva, un cosmos palpitante donde fieras indómitas brotaban desde cada rincón, fundiéndose en una danza salvaje con un público entregado. Apariciones y desapariciones que jugaban con la mirada, un despliegue de gracia y movimiento que solo puede describirse como pura poesía visual. Al desbordante talento orgánico de estos músicos, actores y actrices, se sumó la prodigiosa maestría de Andrés Gómez Tejada, un auténtico mago de la luz y el sonido que esculpió atmósferas sobrenaturales. Bajo su hechizo, la gravedad pareció desvanecerse: todos los allí presentes sentimos, literal y espiritualmente, que levitábamos sobre nuestros asientos. Y entonces, llegó el instante sagrado. La interpretación de María no fue humana; fue un canto destilado por los mismos ángeles, una melodía tan cristalina y desgarradora que cruzó el umbral del firmamento. Estoy convencido de que lo que hoy caerá del cielo no será lluvia, sino el llanto conmovido y las lágrimas de absoluto orgullo de Tomás, su recordado padre, bendiciendo a su hija desde la eternidad. El Cine Doga, abarrotado hasta la bandera, estalló en un clamor unánime, un rugido enfervorecido de «¡Bravo! ¡Bravo!» que levantaba los cuerpos en ovaciones infinitas. No hay exageración en mis palabras: el espectáculo que tuvimos el sagrado privilegio de presenciar y sentir anoche posee la finura, el alma y la grandeza para engalanar los teatros más excelsos de Europa. Sin embargo, el hechizo comenzó mucho antes de los acordes. Como antesala de esta maravilla, una actriz de Bambalina alzó la voz para recitar un alegato sublime en defensa de la naturaleza. Con una sensibilidad desgarradora, enumeró las heridas que los humanos infringimos a nuestra Madre Tierra: ríos y mares emponzoñados, la furia de las danas, el clamor de las catástrofes y la sombra inminente del cambio climático. Fue un recordatorio poético y severo de que no habrá mañana en este planeta si no refrenamos nuestra propia destrucción. Fue, en suma, una velada donde se abrazaron la reivindicación más feroz, el arte más sublime y una espiritualidad flotante. Salimos de allí transformados, conmovidos hasta los huesos y sumergidos en un absoluto y bellísimo estado de gracia. ¡Larga vida al talento de nuestra tierra!