El Día de las Paellas siempre ha sido el ojito derecho de nuestras fiestas. Quizás sea porque, libre de protocolos, discursos políticos y solemnidades religiosas, nos regala el placer absoluto de adueñarnos de la calle de sol a sol. Todo comienza bien temprano. La mañana despierta entre el crujido de la leña, el aroma del arroz y los debates sobre el punto exacto del pollo, el conejo y esos condimentos secretos con los que cada cuadrilla aspira a rozar la gloria del primer premio. Mientras el fuego hace su magia, llega el momento sagrado del almuerzo: un abundante tentempié para abrir boca y compartir las primeras risas del día. Todo ello amenizado por Disco-Dido. Luego, con el veredicto del jurado en el bolsillo -haya habido suerte o no, la fiesta se dispersa. Las paellas se mudan a los chamizos, a la sombra fresca de las choperas o al encanto de las bodegas para disfrutarlas en la mejor compañía. Entre tanto, los grandes maestros culinarios, con Javi Arenzana a la cabeza, obran el milagro: preparan siete u ocho paellas gigantescas para que más de medio millar de najerinos se regalen el paladar. Una liturgia del sabor que se acompaña, como manda la tradición, con pan, agua, buen vino y un helado para endulzar el final. Pero el día no acaba con el último bocado. Las sobremesas se vuelven eternas, intensas y vibrantes, diluyéndose entre lingotazos de gin-tonic, cervezas frías y copas bien servidas. Y este año, para que el ritmo no decaiga antes de que Puro Relajo y Pura Verbena pongan el broche de platino a las fiestas con sus dos grandes conciertos, llega el "Tardeo de las Paellas". Una cita para grandes y pequeños cargada de juegos, desafíos, remojones para combatir el calor, un toro mecánico dispuesto a ponernos a prueba y un sinfín de risas en los hinchables. Con los amigos, el estómago lleno y la música a la vuelta de la esquina… ¿se puede pedir más?