Escribir sobre lo que ha ocurrido estos últimos días en nuestra ciudad me desagrada enormemente, pero tengo que hacerlo para que todo el mundo se entere y se conciencie. La verdad es que no sé por dónde comenzar, pero lo haré con el aceite que los energúmenos de turno derramaron por la acera izquierda de la calle Samaniego. Esta calle es la casa de la Charito. Todo el mundo hace lo que le sale de los ovarios y de los huevos. Sigo con los incívicos que se mean en los portales y se permiten la licencia de llamarles hijos de puta a los vecinos que se lo recriminan. Luego están los malnacidos que se dedican a cortar a machetazos los árboles. Esto es un verdadero crimen. Los últimos han sido los que plantaron hace años unos quintos en la zona verde de la Residencia de Santa María La Real. Sin malnacidos podemos vivir perfectamente, pero no se puede vivir sin árboles. Luego, y para finalizar -tampoco se trata de amargaros el día-, está la Plaza de España, recién construida, que se encuentra llena de rodadas de camión, porque a uno de los que entraron le estorbaba el pedestal de la farola del centro. Sé que me diréis que no hay otra forma de hacerlo para que las Orquestas descarguen los equipos técnicos, pero no deja de ser una auténtica vergüenza.


