Dice el refrán que las prisas no son buenas consejeras. En la política municipal y la obra pública, además de malas consejeras, suelen salir muy caras. El actual proyecto del camino ciclopeatonal en la zona de La Manzanera es el ejemplo perfecto de cómo la urgencia por ejecutar fondos actuales puede hacernos tropezar con la misma piedra que ya esquivamos hace décadas. Para entender el problema actual, hay que hacer memoria. Viajemos 36 años atrás, a 1990. En aquel momento, la Comisión de Gobierno del Ayuntamiento de Nájera tomó una decisión valiente y cargada de sentido común: denegó la licencia de obras a unos promotores locales que pretendían construir un muro de contención exactamente donde hoy se ha levantado la escollera. ¿El motivo? Los técnicos e instituciones de la época lo tenían claro: la zona es inundable y levantar barreras artificiales suponía un riesgo directo para la población de Nájera. Tres décadas después, parece que la lógica se ha invertido. La contradicción de la ingeniería dura. La lógica técnica y ambiental moderna (que coincide plenamente con el criterio histórico que defendimos en el Ayuntamiento) dicta una norma sagrada para los ríos: si diseñas una infraestructura en una zona de alta inundabilidad, tienes dos opciones racionales: Diseñar para ser inundable: Crear un camino resiliente, con pavimentos naturales que acepten el paso del agua y se limpien tras la riada sin destruirse. Alejarte del cauce: Retranquear la obra para no alterar la dinámica natural del río. Sin embargo, el proyecto actual ha optado por el camino contrario: la ingeniería dura. Al empeñarse en “fijar” el terreno con una escollera rígida pegada al agua para proteger la inversión a toda costa, se genera una profunda contradicción urbanística y un peligroso efecto secundario. Un escudo involuntario para el suelo inundable. El gran problema de construir esta infraestructura rígida es que, de rebote, actúa como un “paraguas” o escudo físico para las parcelas colindantes. Aquellas mismas tierras que hace 36 años el Ayuntamiento prohibió consolidar y proteger para salvaguardar la disciplina urbanística y la seguridad del pueblo, ahora se encuentran protegidas por una obra pública. Esto nos lleva a un debate incómodo pero completamente abierto en el municipio: ¿Se está utilizando la etiqueta de “infraestructura verde” como un simple pretexto? Fondos europeos frente a lógica local. Es comprensible la presión por cumplir los plazos que exigen las subvenciones y los fondos europeos. Pero la protección del entorno y la seguridad de Nájera no pueden supeditarse a las prisas de un calendario administrativo. Cuando el río Najerilla reclame lo que es suyo -porque los ríos siempre tienen memoria-, de nada servirán las justificaciones burocráticas. Es hora de parar, mirar al pasado, escuchar la experiencia de la gestión histórica y entender que, a veces, frenar a tiempo es la mayor muestra de responsabilidad hacia el futuro de nuestro pueblo. Porque las prisas, definitivamente, nunca han sido buenas.