Saludo
inicial:
Buenas noches a todos,
najerinos, najerinas, gente de la comarca y visitantes. ¿Cómo estáis? Lo
primero de todo me gustaría agradecer al Ayuntamiento de Nájera por darme la
oportunidad de estar aquí hoy con todos vosotros y vivir esta experiencia que
para mí, como najerino, es un orgullo enorme que nunca en la vida hubiera
pensado tener. Como dicen mis amigos, aunque soy un simple calientacazuelas,
estos últimos años, a base de concursos y entrevistas, he sacado una faceta de
narrador que ni yo mismo sabía que tenía por ahí oculta, así que vamos a ver si
me ayuda hoy y os intento amenizar este ratito sin que nadie se me quede
dormido. Mi nombre es Enrique Fernández, aunque todos me conocéis como Kike, y
es que la única que me llama Enrique de vez en cuando es mi madre, y ya cada
vez menos, la verdad, porque normalmente cuando lo hacía, mala señal… Hijo de
la Maricruz y Adolfito el del estanco, algo que me ha acompañado toda la vida,
y es que cuando preparábamos algún altar de jovenzuelos, estuviera presente o
no, habían sido el hijo de Adolfito y los amigos, así que me la comía de todas
formas. Menos mal que, como estudiábamos en las Monjas, aquí al ladito, éramos
unos benditos.
Repaso
trayectoria:
Mi amor por la
hostelería comenzó también aquí al lado, como si el destino tuviera escrita
esta bonita historia. Todo empezó en el Sésamo, el bar de mis tíos Fede y Mari,
que en esos años de adolescencia dejaron de ejercer de tíos para convertirse en
los mejores compañeros de juerga, confidentes, cómplices… En definitiva, amigos
sin los que seguramente hoy no estaría aquí. Y es que, aunque le diga a mi tío
Osidori, como me gusta llamarle cariñosamente, que me ha jodido la vida al
meterme el gusanillo de hostelero, en verdad me ayudó a encontrar una forma de
entender la vida que me enganchó por completo. Luego llegó el turno de la
noche: disco bar Boomerang. Allí, entre copas, chupitos, bailoteos y algún que
otro coqueteo, nos ganamos el título de «pisabarras» que todavía conservo,
aprendiendo de los Cholos, Jordi, Carlos, Pepino, Pincho, Vicen y compañía. Y
aunque los comienzos no fueron los deseados -«no te bebas todos los chupitos de
orujo, tira alguno», decían… con estos profesores, ¿qué podía fallar? Y nada falló,
hasta que una buena noche se nos cayó el techo encima. Las viejas glorias
vieron el momento oportuno de la retirada, y ahí mi amigo, prácticamente
hermano, Gonzalo y yo pasamos a ser empresarios con 20 añitos. Y mira que me
costó convencerle, no sé qué miedo podía tener. Menos mal que la que es ahora
su mujer, Náyade, tenía buen ojo y fue mi mejor aliada para que se animara a
dar el paso. Y es que entre amigos, nuevas generaciones de pisabarras
(Juanolas, Federiquín, los Frutes, Jon…), copas y muchas risas, fueron unos
años imborrables. Y a continuación, lo que lo cambiaría todo: el paso a los
fogones. Aunque he de reconocer que cuando me apunté a estudiar cocina a la
Escuela de Hostelería de Santo Domingo de la Calzada no tenía pensado dedicarme
a ello profesionalmente; quería aprender a cocinar para mí, para mi casa, y
dejar de depender de mi madre para sobrevivir. Pero otra vez mis planes
cambiaron rápido, y es que me enganché desde el primer minuto. Esa sensación de
hacer feliz a la gente con tu trabajo es adictiva. Tras unos años arrancando el
proyecto de mi amigo Boli, «La Mercería», y aprendiendo en la cocina junto a
César y Alina, llegó el momento de partir del pueblo. Tras 30 años recorriendo
estas calles a diario, tocó coger el hatillo y seguir creciendo y aprendiendo
fuera de casa. Y es curioso: estando fuera, en una isla paradisíaca y con la
playa debajo de casa, no paraba de acordarme de los momentos cotidianos que en
el día a día me regalaba mi pueblo. El café en la Autopista, las cañitas en el
Dicarán, los partidos del Náxara los domingos que terminaban con un bocadillo
donde Mailo, pero sobre todo su gente. Familia, amigos, najerinos... el
verdadero lujo de la vida en el pueblo. Así que fue en esa etapa de mi vida
donde empezó a tomar forma mi proyecto, el Meraki: un espacio sencillo,
humilde, para ofrecer a mis vecinos mi manera de entender la cocina, con
precios accesibles para todo el mundo, y estar tranquilo en mi pueblo. Salvo
esto último, el resto se hizo realidad, curiosamente unos metros más arriba de
donde todo había empezado.mY casi sin buscarlo, llegaron los reconocimientos,
los premios gastronómicos, la oportunidad de representar a Nájera y a nuestra
comunidad a nivel nacional... Todo estaba pasando muy rápido, sin prácticamente
tiempo para digerirlo. Y creo que es esto último lo que me hace estar hoy aquí:
el intentar ejercer de embajador de mi pueblo con todo el cariño del mundo,
porque así me siento orgulloso. Orgulloso de mi infancia aquí, jugando al
fútbol en esta plaza en la que alguno dejó la rodilla de por vida, ¿eh,
Cerrita? De las horas encerrados en la Rocío hasta que algún alma caritativa
quitaba el palo que habían puesto entre las puertas para hacer la gracieta. De
las sabrosas subidas domingueras a la Cruz de Malpica después de ejercer de
monaguillos en la misa de las 12. En fin, orgulloso de mi pueblo y su gente. Y
es que, si algo me dice todo el mundo cuando salimos fuera, es que se me nota
que soy riojano hasta en los andares, y yo feliz de ello.
Agradecimientos:
Así que desde aquí me
gustaría aprovechar la ocasión para expresar lo agradecido que me siento.
Agradecido a todos los najerinos y najerinas que desde el minuto cero apoyaron
nuestro proyecto y nos impulsan cada día con sus infinitas muestras de cariño,
que son la gasolina necesaria para avanzar y seguir mejorando; nunca podré
devolver todo el cariño recibido. Y es que a día de hoy, sigo fascinado con
cada palabra amable, cada gesto cómplice, cada felicitación sincera, un sinfín
de gestos cariñosos que son, sin duda, el mejor de los premios. Agradecido a mi
familia y amigos, que aunque los tengo abandonados con esta profesión y nos
cuesta pasar tiempo juntos, siempre están ahí para arrimar el hombro en lo que
haga falta, desde recoger todo el tinglado en las fiestas hasta acercarte el
pan de la Inés. Gracias por vuestro apoyo incondicional cada día. Agradecido a
todo el equipo del Meraki, y es que, pudiendo estar en otro sitio con mayores
comodidades para trabajar, mejor equipados y seguramente más tranquilos, aguantan
aquí con un zumbao que se pone a hacer arroces y menús degustación en un
cuchitril en el que es imposible no chocarte cada vez que das dos pasos. Y
sobre todo agradecido a ti, Sandra, mi compañera de vida. Tuviste el mal ojo de
enamorarte de un cocinero, de uno inquieto además, y es que, aunque todo esto
esté siendo un camino precioso que nunca hubiéramos imaginado vivir, nos ha
llevado a una exigencia que hace difícil compaginarlo con nuestra vida
personal. Gracias por sumarte a este sueño como si fuera el tuyo propio;
gracias por tu esfuerzo en estos cuatro años, currando como una bestia de lunes
a lunes, pero sobre todo gracias por hacerme mejor persona, mejor profesional y
ponerle siempre esa sonrisa a la vida.
Receta
para disfrutar de las fiestas:
Y como no podía ser de
otra manera, vamos a rematar este pregón con el mejor plato que os puedo
ofrecer. Tomad nota, porque aquí tenéis la receta definitiva para disfrutar de
nuestras fiestas: 1 kilo de reencuentros y abrazos: de esos que reconfortan el alma
al volver a ver a los que están lejos y vuelven a casa por septiembre. 500
gramos de emoción: para estallar de júbilo con el cohete que da comienzo a
nuestros días grandes. 200 gramos de buen apetito: para saciarlo en cada
degustación y en los almuerzos de nuestras queridas peñas, la Malpica y la
Juventud. 100 gramos de devoción y máximo respeto: con los que arroparemos a
nuestra patrona, Santa María la Real, en su procesión y en su ofrenda floral. 300
gramos de alegría desbordante: para bailar en la plaza con las verbenas hasta
que el cuerpo aguante y los pies digan basta. Un chorro generoso de hermandad:
esa que se respira y se contagia en el paseo de San Julián, compartiendo la
leña, el vino, el humo y el cariño en el gran día de las paellas. Y una pizca
de memoria: para brindar al cielo por los que ya no se sientan a la mesa, pero
nos enseñaron a amar estas fiestas.
Recordatorio
abuelos y Pablo y Nicol:
En mi caso son cuatro estrellas las que estarán allí arriba mirando esta tarde orgullosos, los que me inculcaron el amor por este pueblo y por el buen hacer en la cocina: mis abuelos. Carmen y Adolfo, Crucita y Miguel, gracias por convertirme en la persona que soy hoy en día. Y para despedirme, me gustaría acordarme también de dos personas que con su alegría y carisma conseguían sacarte una sonrisa a diario; dos najerinos que luchaban por su pueblo y que hacían de él un lugar mejor. La peña Malpica siempre tendrá dos ángeles guiando su Venancia cada año. Pablo, Nicol, ¡felices fiestas allá donde estéis!, vuestro pueblo nunca os olvidará. ¡Najerinos, najerinas, felices fiestas de San Juan Mártir y Santa María La Real! ¡Viva Nájera!