Ayer, en el suspiro final de las Ferias, el cielo se alió con el pronóstico para regalarnos un día espléndido, una invitación abierta que atrajo a una marea de almas desde los pueblos vecinos y a cuantos exprimían el puente festivo en las tierras de La Rioja. Nájera se convirtió en el epicentro de la alegría. Una devota muchedumbre inundó el Paseo de San Julián, entregándose al deleite de los sentidos: desde los dorados talleres de miel hasta el aroma embriagador de los productos asados, pasando por el crujir de la verdura y las guindillas en tempura, y ese manjar indiscutible que son los langostinos, gambones y calamares de Tricio, coronados por un festín de dulces tradicionales. ¡El éxito fue tan rotundo que me atrevería a jurar que los puestos colgaron el cartel de “todo agotado”! Entre tanto, el latido más joven y vibrante de la fiesta corría en el apasionante encierro de bueyecitos, un torbellino de risas donde los pequeños temblaban en ese delicioso abismo entre la osadía y el miedo. Al apagarse los ecos de la bueyada, las miradas se desplazaron hacia la margen derecha del río Najerilla. Allí, los ojos se alzaron al cielo para contemplar la danza futurista y perfecta del dron agrícola DJI AGRAS T50, mientras a ras de suelo, otros tantos devoraban el sosiego de la tarde, degustando morcilla y costillas asadas, plácidamente acomodados en sus sillas. Al concluir el vuelo, la comitiva se trasladó al encuentro con la tradición noble de la ganadería; era pura magia ver a los niños, con los ojos iluminados, ofreciendo tiernas briznas de hierba fresca a los burros y caballos. La tarde no hizo sino avivar las brasas de una jornada perfecta. Además de repetir los placeres matutinos, la Asociación Contra el Cáncer encendió el corazón de la Feria con una degustación benéfica que sabía a hogar y a solidaridad pura. Bocados de nostalgia y maestría: hamburguesas jugosas, orejas rebozadas y esos pimientos rellenos que llevan el sello inconfundible y magistral de la Carnicería Marisol; todo ello regado, como manda la tradición, con el torrente generoso del buen vino de Rioja fruto de donaciones altruistas. A las nueve de la noche, el reloj dictó la tregua y se clausuró oficialmente la Feria. Insisto, con el corazón lleno, en que los asadores, los míticos calamares de Tricio y la asociación benéfica vaciaron por completo sus existencias. Como bien anunciaba al principio: ha sido un final de Ferias redondo, idílico y memorable. ¡La cuenta atrás ha comenzado y ya falta un suspiro menos para las próximas!