Desconozco si ellos
mismos son conscientes del alcance de este pequeño acto. Me consta que no. Pero
lo cierto es que estos miembros de “la caravana de la alegría”, con la ayuda de
un najerino que ha estado al acecho, han logrado un documento
verdaderamente histórico. Quede, pues, aquí inmortalizado, este valioso acto para los
restos.
viernes, 1 de mayo de 2020
Un vídeo para la Historia.
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Eusebio Hervías del Campo
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Recuerdos de infancia.
Asaltar
las huertas.
El error más grave que
alguien podía cometer en aquellos tiempos, era el de decirnos dónde tenía una
huerta con árboles frutales. Hacerlo significaba tanto como renunciar
públicamente a volver a llevarles jamás un solo fruto a sus zagales. Recuerdo
que en una ocasión, Javi, nuestro amigo, con la noble intención de salvar de
nuestros asaltos a su abuelo Sixto, nos dijo que no fuéramos nunca a asaltar el
avellano que éste tenía en la orilla del río, y sin terminar de decírnoslo, ya
lo habíamos dejado hecho cisco. ¡A quién se le ocurre! Por lo general, los
asaltos los hacíamos por la noche, después de haber seleccionado los cerezos,
manzanos, perales, melocotoneros, melonares, sandiales o fresales que íbamos a
visitar para mitigar el hambre, en los paseos vespertinos, y siempre íbamos en
cuadrillas grandes para intimidar al enemigo. Esto, visto así, podría ser hasta
disculpable; lo que pasa es que a la hora de la verdad, la huerta que
visitábamos quedaba para el arrastre. Imagínense ustedes, amigos lectores, a un
batallón de hambrientos mozalbetes andando totalmente a oscuras por un fresal
-peligraban hasta los limacos-, cogiendo las fresas a puñados, y destrozando
con sus torpes pisadas todos los renques. O imagínenselos subidos a un cerezo, a un peral o a un
manzano, tirando por cada fruto que cogían, veinte. A pesar del riesgo que ello
suponía, también visitábamos las huertas por las tardes, por más que nos
corrieran a pedradas los dueños, o por mucho que le pusieran, para intimidarnos,
escopeta a Tivo -el guarda Primitivo-. Es tos asaltos solían ser a los
avellanos y cerezos -sobre todo los de Tricio-, y cuando teníamos ya más ramas
que las que se lucían el Domingo de
Ramos, nos sentábamos en la fachada de la antigua CAZAR, en plena Calle Mayor,
a comernos los frutos antes de cenar, dejando el suelo totalmente alfombrado.
Algunos artistas -en todas las cuadrillas había alguno-, de cuyos nombres sí me
acuerdo, pero no quiero relatarles, lo hacían a cualquier hora del día,
llevándose, además, después de haberse puesto las botas en la huerta, una cesta
repleta de fruta, lechugas, cebollas y tomates. Esto ocurría durante las
vacaciones de verano; pero es que en el período lectivo, en el otoño-invierno,
cuando salíamos al recreo, no quedaba manzano ni peral sano. Hasta aquellas
gigantescas y sabrosísimas peras de invierno que los incautos hortelanos
extendían en el suelo de sus casillas de aperos, corrían serio peligro. Tal era el hambre que
de esos exquisitos frutos teníamos entonces los niños. He de aclarar
inmediatamente -sírvame ya la aclaración para posteriores escritos-, antes de
que me ponga como hoja de perejil algún lector indignado u ofendido, que yo no
apruebo ni desapruebo lo que escribo. Simplemente, me limito a escribir mis
recuerdos -que son los de todos los que entonces éramos niños- y como los
recuerdo los escribo. No hacerlo así, sería negar una parte muy importante de
la historia -la nuestra, nos guste o no-, y negarme a mí mismo. Hecha la
aclaración, doy el artículo por concluido.
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Eusebio Hervías del Campo
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jueves, 30 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Los guateques.
Como quiera que las cosas inocentes y
puras no precisan ocultarse, los chicos de mi generación montábamos los
guateques al aire libre, en cualquiera de los muchísimos parajes naturales que
esta bendita ciudad tenía -cuando aún era una ciudad idílica-, bailando con las
chicas de la cuadrilla al son que nos marcaban
los Bravos, los Sirex, los Ángeles, los Brincos, los Beatles, los
Mústang…, en aquellos tocadiscos Philips de maleta de plástico, hasta bien
entrada la noche, cuando la coqueta luna se observaba sin cesar en las límpidas
aguas del río Najerilla. El lugar elegido dependía en gran parte de dónde
estuviéramos pasando la tarde ese día; si era entre los purificadores y
aromáticos pinos del Castillo, el guateque se preparaba en los depósitos del
agua de boca que, como por arte de magia, en una flamante discoteca se convertían.
Si estábamos jugando en las frondosas choperas, éste se montaba en la Fuente de
la Estacada, manantial de aguas medicinales y gélidas, Si andábamos mangando
algo por las feraces huertas, el escenario era una casilla de aperos que alguno
de la cuadrilla tenía. Si nos hallábamos tomando la fresca por las confortables
riberas, se desarrollaba en el mismísimo río, entre azahares, mimbreras,
saúcos, zarzamoras y silvestres campanillas. Como pasaría después, de más
mozos, en los célebres chamizos, nunca
estábamos parejas a la hora de bailar y tenías que conformarte con esporádicos
escarceos amorosos cuando, después de bailar un montón de melosas canciones
-que duraban siglos- con tus insolidarios compañeros, cogías por fin a la chica
de tus sueños y, dejando volar tu imaginación, recorrías -o lo intentabas, al
manos- su grácil cuerpo con tus indecisos y torpes dedos, permitiéndote todo
tipo de pueriles fantasías. ¡Cuán dulce y maravilloso era un simple roce de
piel! ¡Cuán excelso un beso, aunque este fuera en la mejilla! Fueron tan
sublimes para nosotros estas experiencias vividas en tan majestuosos
escenarios, que quedaron grabadas en lo más profundo de nuestros enamorados
corazones para el resto de nuestros días, no siendo ya capaces de desarrollarnos
como personas adultas alejados de estas benditas maravillas. Todas nuestras
actividades giraron en torno a ellas. Ya fuera bañándonos en las frescas aguas
del río Najerilla; ya merendando en sus arboladas riberas; ya retozando en las
umbrías y sensuales choperas; ya paseando por las feraces huertas en tiempo de
fruta; ya cortejando entre los añosos plátanos del Paseo con tu chica… Nada era
posible, ni tan siquiera imaginable para nosotros, que no estuviera ligado a
estos dones divinos que a los ingratos najerinos nos legó la diosa fortuna.
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miércoles, 29 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
El Ajan y el Colomino.
Cuando andábamos faltos de juegos e imaginación, acudíamos al
“AJAN” -perdóneseme no recordar qué significan las siglas-, primero, de más
chiquititos, y al “Colomino”, después, estando más creciditos, a matar el rato
practicando diferentes juegos, y preparando día sí y día también unos ciscos de
espanto. El “AJAN” estaba ubicado en el ala donde hasta hace muy poco tiempo ha
estado la oficina de recepción y la entrada al Monasterio de Santa María La
Real, y era, lógicamente, propiedad de los frailes, aunque la encargada de
regentarlo fuera la asociación que existía con ese mismo nombre -tenía hasta
equipo de fútbol propio-, por lo que podemos deducir entre todos que dichas
siglas respondían a: “Asociación Juvenil Antoniana”, o algo así. La cuestión
-que es lo que de verdad nos importa- es que allí pasábamos cantidad de horas
-abrían solo por las tardes- jugando al ping-pong, al futbolín, a las cartas,
al juego de la rana -al mismo que jugábamos en la tétrica mansión del Barón
cuando furtivamente entrábamos a descubrir sabe Dios qué misterios, totalmente
aterrados-, que no éramos capaces de meter la moneda en su boca ni aunque nos
acercáramos hasta la mesa donde estaba adosada, y destrozando las bancas de madera que tenían para que viéramos bien
sentaditos las películas religiosas que nos ponían todos los domingos y
festivos. -También en el portal que hay en las viviendas de la Iglesia de Santa
Cruz, a mano izquierda, donde está la ventana a la que no conseguíamos llegar
nunca para subirnos a ella, nos ponían las mismas películas durante algún
tiempo-. En una ocasión, cuando llevábamos a “Nikito” con los brazos en alto
tumbado en una banca, cual si fuera un caudillo, se nos cayó y se rompió el
brazo por dos o tres sitios. Lo del “Colomino” fue otra historia. Entonces
éramos ya más mozos y por consiguiente nuestros juegos y divertimentos eran
otros. Allí jugábamos muchísimo al futbolín -al de verdad, no como los de ahora
que los futbolistas son de madera y tienen los pies juntos-, intentando
inútilmente ganarles una partida a Bernal o a Juan Ramón, que aunque nos
jugaran a dos de nosotros a la vez con una sola mano y con los ojos vendados
eran capaces de dejarnos en cero. Jugábamos muchísimo también al ping-pong -lo
que es la vida; este juego lo dominaba yo de primera, y ahora mismo soy incapaz
de darle dos veces-, llegando a celebrar campeonatos emocionantísimos en los
que participábamos cantidad de najerinos. Tenían también un juego que consistía
en jugar con dos manoplas anchas suspendidas de una barra de hierro cada
jugador, con unas bolas como las del futbolín, en una mesa hasta que uno de
ellos llegara a meter gol, Había también una mesa de billar americano, ese de
poner las bolas de colores en el triángulo para ir metiéndolas con la blanca en
los agujeros de los lados, dejando la negra para el final -a este juego no
jugábamos mucho nosotros, aunque gozó también de bastante popularidad-. Y
tenían, finalmente, aquel habilín tan característico en el que un mono iba
trepando por una palmera hasta coger un coco, que de no haber sido por el
cartón que metíamos por un costado no lo
hacemos arrimarse ni al tronco. Conviene decir ahora mismo, antes de que se me
vaya el santo al cielo, que durante una época muy larga, teníamos siempre como
música de fondo los sonidos que, desde un rudimentario televisor en blanco y
negro, emitía una serie televisiva -“Viaje al fondo del mar”, podría ser-, en
la que no se veía más que un submarino en el fondo del mar, que nunca supimos
de qué iba aquello. Cuando estaban de jefes en el local Juan Ramón o Yumbito,
aquello era una bendición del cielo: jugábamos partidas gratis, fumábamos,
jurábamos en arameo… ¡Todo estaba permitido! Mas si los que estaban eran sus
padres, Antonia y Félix, la cosa se ponía mucho más seria. No obstante, con
unos o con otros, el “Colomino” -creo que se llamaba así porque Félix era de
Santa Coloma-, representó tanto para nosotros en aquella época como en la
inmediatamente posterior lo hicieran los chamizos. ¡Fueron nuestra segunda
casa! Después alternaron la sala de juegos con un bar durante algún tiempo,
quedando finalmente todo el local como bar; aquel tan célebre en el que se
vendían las sardinas en aceite en un trozo de pan con una guindilla -que picaban lo suyo-,
abriendo un pequeño salón recreativo en un bajo chiquitito de la casa de la
señora Teria, frente a la farmacia Mendiola, que por no gozar de popularidad se
cerró muy pronto. Y lo que es la vida, después de estar años y años cerrado el
“colomino”, hoy, los mismos dueños -Juan Ramón y Yumbito- lo han convertido en
un precioso disco-bar, llamado 51.¡Quién me iba a decir a mí, casi medio siglo
después de lo hasta ahora escrito, que mi hijo iba a acudir a divertirse al
mismo local al que yo fui de niño!¡Caprichos del destino!
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martes, 28 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Pescar a caña.
Mucho antes de que un inesperado domingo de marzo se abriera la
veda de pesca, ya andábamos todos los niños de Nájera de cabeza preparando las
cañas, los plomos y los anzuelos para hacer los aparejos de lombriz, las
cucharillas con puntos rojos y negros que íbamos a dejar en el río mucho antes
de almorzar, los aparejos de moscas que no teníamos ni puñetera idea de manejar
-no sabíamos ni llenar la boya de agua-, y todos los utensilios de pesca que
ustedes puedan imaginar, incluido un bidoncito de laca o barniz donde meter las
lombrices que fuéramos cogiendo, con tierra bien cargada de posos de café para
que ese día no dejaran de bailar. La noche anterior al día de la verdad, nos
íbamos a dormir a casa de algún amigo -yo siempre me iba con Ramón Arenzana,
“el Cardenal”-, para, mucho antes de amanecer, sin que sonara el despertador
que en toda la noche no habíamos dejado de mirar, estar ya desayunados y marcharnos a todo meter a “pillar” el sitio
que el día anterior habíamos elegido para pescar. Cuando llegábamos al cascajo
-casi siempre comenzábamos en “La Playa”-, dejábamos todo precipitadamente en
el suelo y comenzábamos a armar las cañas intentando adivinar dónde iba cada
cosa, porque entre la vigilia de la noche y la oscuridad de la mañana, allí no
veíamos ni a jurar. Huelga decir que para cuando comenzábamos a pescar, ya se
habían puesto todos los pescadores a almorzar. Como pueden ustedes adivinar,
queridos lectores, entre que ya estaba todo el río trillado y que no teníamos
ni puñetera idea de pescar, si cogíamos alguna trucha -y eso que las había a
millares en esa época- era por pura casualidad. Pero en el fondo eso era lo que
menos nos preocupaba a nosotros, porque lo que nos gustaba de verdad -les juro
que era así-, aparte de la hermosa vivencia de la noche anterior, era el ir
metiéndonos en el río con las botas de pescar e ir sintiendo la presión que el
agua ejercía sobre éstas hasta llegar al final. Era tal la emoción que con esta
práctica sentíamos, que siempre nos tenían que salvar, porque se nos habían
llenado de agua las botas y el Najerilla nos quería llevar a Zaragoza a visitar
El Pilar. Después de rescatados, echábamos a correr a casa a cambiarnos de ropa
y con más moral que el Alcoyano, volvíamos al cascajo -esta vez sin botas- y
nos poníamos como si nada a almorzar. Y así solíamos vivir las primeras jornadas de pesca en
nuestra infancia: jurando en arameo por no saber cambiar de aparejos cuando los
dejabas, y acojonando con tus ahogamientos a todo el personal.
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lunes, 27 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Pescar
a mano.
Pescar a mano era uno
de los pasatiempos más emocionantes que tuvimos siendo niños -nacer en un río
como el nuestro es un privilegio reservado solamente para elegidos-. Desde bien
chiquititos, calderito de playa en ristre, andábamos de calle detrás de las
cucharetas, poniéndonos de agua como un cristo. Después, siguiendo la
metamorfosis, fueron las ranas, con cola y sin ella, las que nos toreaban a
pesar de su tamaño tan reducido. Cuando fuimos un poco más mocitos, nos
dedicábamos a coger los cangrejos que se metían en los agujeros de los
muchísimos ladrillos que había depositados en el lecho del río, tapando con
nuestras inocentes manos los seis agujeros por ambos lados -también los había
de dos y de tres, pero esos los dejábamos para otros- y, tras sacarlos del río
los volvíamos hacia arriba para que cayera toda el agua que tenían dentro, y
los golpeábamos contra una piedra para que salieran los seis cangrejos que no
sé qué extraña razón se refugiaban siempre en ellos. El siguiente desafío fue
pescar bobos -quién sería el que les puso este nombre- a tenedor,
persiguiéndolos mañana y tarde a lo largo del río -se desplazaban de piedra a
piedra, avanzando muy poquito- terminando la jornada con los bolsa vacía y los
riñones deshechos. Cansados -humillados, diría yo- de perseguir inútilmente a
estos rarísimos peces, que a pesar de llamarse bobos se reían miserablemente de
nosotros, desde lo alto del puente de tabla practicábamos lo que dimos en
llamar “matacanto”, que no era otra cosa que tirarles grandes piedras a las
miles de loinas que se ponían en los friegos -tapaban todo el cascajo-,
esperando que tras la andanada, entre la turbidez de las aguas, aparecieran
cuatro o cinco panzas blancas flotando. Animados por nuestras primeras capturas
y porque nos sentíamos ya muy hombrecitos, pasamos a pescar truchas en las
berlañas -que aunque muchos lo hayan olvidado, siempre las ha habido-, que es a
lo que en realidad se le llamaba pescar a mano. Como en esta práctica no
teníamos ni puñetera idea, cuando hundíamos las manos en una berlaña y
notábamos que debajo había algo, pegábamos un chillo y las sacábamos del agua
pitando. Después, quitado ya el miedo, cuando teníamos alguna entre las manos,
en lugar de sacarla limpiamente de las agallas, como hacían los mayores,
arrancábamos media berlaña y salíamos corriendo a la orilla a desnucarla,
tirándola con fuerza contra el cascajo, por temor a que se nos resbalara de las
manos. El cisco que preparábamos no es para contarlo aquí. Imagínense ustedes a
quince o veinte muchachos en traje de baño, corriendo, saltando, chillando y
jurando, mientras llenaban de berlañas todo el cascajo. Cuando dominamos esta
práctica, siendo ya mayores, pescábamos todo lo que queríamos: cangrejos,
bobas, bobos, lampreas, loinas, barbos, zarpeños, sogueros, truchas y anguilas,
porque en aquellos maravillosos años había tanta pesca en nuestro río, que,
como decíamos antes, salía hasta por los grifos, aunque urge aclarar ahora
mismo que ya nunca fue tan divertido.
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domingo, 26 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Salto
de pértiga.
Cuando el jardinero del
Ayuntamiento, Ángel Mínguez, comenzaba en otoño a podar los plátanos del Paseo,
le mangábamos las ramas más resistentes y comenzábamos a jugar con ellas al salto
de la pértiga -el más apasionante de los juegos-, que consistía principalmente
en saltarnos a lo ancho los riachuelos. Este juego era practicado casi siempre
en época de escuela, durante el recreo, y éramos muchos los que, por habérsenos
clavado la pértiga en el suelo -había mucho fango-, por haberla colocado sobre
una piedra resbaladiza, por haberla agarrado de muy arriba o por cualquier otra
circunstancia -a veces se rompían- hacíamos la cuca -caernos al río-,
teniéndonos que quedar sin entrar a clase cuando acababa el recreo, a secarnos
la ropa y los zapatos en improvisadas lumbres, lejos de la vista de chivatos y
maestros. Y allí estábamos nosotros, los más intrépidos -o los más tontos,
según se mire-, medio en pelotas, con un frío que pelaba, dándole vuelta a la
ropa para que se secara sin quemarse, y vigilando de soslayo que no ardieran
los palos clavados en el suelo, en los que habíamos colgado los zapatos,
pegaditos al fuego, para que antes de que diera la hora de comer lo tuviéramos
todo seco. Huelga decir que todo ese esfuerzo, fruto del temor a que te
castigaran, no nos servía de nada, porque sin terminar de entrar en casa,
nuestras madres percibían el peculiar olor a lumbre que se había adherido a
nuestras prendas, y tenías que confesar tu hazaña -bastante manipulada, por
cierto-, obviando la minipicia para que no te cascaran. Lo único que
conseguíamos era que no nos durasen absolutamente nada los zapatos -mojarlos y
secarlos los destrozaba-, ocasionando con ello un gasto innecesario, que dañaba,
aún más, la frágil economía doméstica. Además de saltar los riachuelos -para
nosotros auténticos mares-, hacíamos también campeonatos de salto de longitud y
de altura. Para estos últimos, atábamos una cuerda de chopo a chopo -los
teníamos a millares- e íbamos subiéndola a medida que saltábamos todos sobre
ella, hasta que, al alcanzar una altura considerable, los pringaos de siempre
teníamos que conformarnos con ver, mientras saltaban por los aires, a los
chulitos regodearse. Es menester decir, porque así lo requiere el caso, que las
pértigas eran para nosotros uno de los objetos más preciados de cuantos
pudieran existir en aquella época. Por ellas éramos capaces de darnos de
hostias a diario si alguien osaba cogérnoslas -las dejábamos escondiditas debajo
de las hojas-, aunque solo fuera por un rato. Tal era para nosotros, amigos
lectores, la grandeza de un humilde y triste palo.
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sábado, 25 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
De tocas y hostias.
Los primeros recuerdos que de párvulo conservo, están
íntimamente ligados a las tocas de las monjas, y a las hostias de Doña Tere,
además de a los trocitos de queso y a la reconstituyente leche en polvo que
cada mañana me servía mi querida y recordada “Esme”, en aquellos redondos e
inolvidables vasos de duralex. Desconozco por qué fue así, pero lo cierto es
que mi primera gran aventura la viví en el colegio de las monjas -antes se
llamaban todos así: el de las monjas, el de los frailes y el de los maestros-
y, por increíble que parezca, de lo único que me acuerdo es del nombre de la
que fue mi maestra: Sor Visitación; de las tocas tan raras que llevaban en la
cabeza; de las temibles tijeras que pendían del cordel que llevaban atado a la
cintura de sus hábitos, y de los trocitos de queso que en grandes bandejas
repartían entre nosotros todas las tardes, al terminar la clase, en el portal
de la Calle Cantarranas ,
por donde actualmente se sube a la Residencia de ancianos. Cuando os decía que
desconozco por qué fue así, me refería simple y llanamente a que, salvo aquel
curso, todos los demás los pasé en los maestros, donde fui a parar a las manos
de Doña Tere, la mujer que más hostias me ha dado en lo que llevo de vida y, a
buen seguro, de las que pudieran darme aún viviendo dos mil años. Aparte de las
que nos daba a todos los parvulitos durante la clase -que eran muchísimas-, yo
me llevaba también las de por las mañanas, cuando, después de tomarme el vaso
de leche en polvo -decían que nos los mandaban los americanos para matarnos el
hambre-, me dirigía a ella sin saber pronunciar la ñ. Ejemplo: “Buenos días,
Donia Tere”. ¡¡Zasss!! Hostión que te crió. “Vuelve a entrar”, espetaba. Y yo,
inocente de mí, por lo bajinis me decía: “¡Pero qué coño has dicho, Usebín,
para que esta mujer te reciba de este modo!” Y, completamente acojonado, volvía
a repetir la operación: “Buenos días, Donia Tere”. ¡¡Zasss!! Otro hostión, para
ir entrando en calor. Y así hasta que se le cansaba la mano y comenzábamos a
cantar las letras del catón. Después, cuando salíamos al recreo, en lugar de
jugar a algún juego liviano, nos dedicábamos a celebrar torneos, montándonos
unos encima de otros, a modo de rejoneadores, cuando apenas teníamos edad para
sujetarnos, hasta que, a empujón limpio, terminábamos todos por el suelo sin
redaños. Cuando Don Emilio tocaba el silbato para anunciarnos a grandes y a
pequeños que el recreo había terminado, a los parvulitos se nos cambiaba el
color y entrábamos de nuevo a clase literalmente cagados de miedo, ante la
certidumbre de que, fuese por la razón que fuere, muchos de nosotros
terminaríamos con los dedos de Doña Tere, en nuestras inocentes caras
marcados”.
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Eusebio Hervías del Campo
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viernes, 24 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Las chozas.
Aunque no
sé muy bien si construir chozas o casetas -como el lector quiera- puede
considerarse un juego, lo cierto es que cuando tiraban alguna de las muchísimas
choperas que en Nájera había -sobre todo si estaba cerca de la escuela-, todas
las cuadrillas del pueblo nos afanábamos en construirnos una bien hermosa con
las ramas de los chopos abatidos, en la que, tras arduos esfuerzos, después de
terminada, y convenientemente adornada, pasábamos interminables horas jugando
en su interior a cualquier cosa en la más absoluta penumbra. Curiosamente, a
pesar de lo canallas que éramos en aquella época, esta nos duraba intacta
varias semanas, antes de que alguna cuadrilla rival, algún viento traicionero o
los mismos operarios encargados de hacer de los chopos madera nos la tiraran,
para convertirla en pasto de las llamas, quemando todos nuestros sueños de
poderío e independencia con ellas. Como puede ver el amable lector, incluso los
juegos de nuestra más tierna infancia están ligados al maravilloso entorno del
que anteriormente les hablaba.
Los
recortes de las monjas.
Por aquel entonces, las
“monjitas cerradas” -así es como se las llamaba-, las del Convento de Santa
Clara, por aquello de ser nietos de su sacristán -mi abuelo Eusebio-, nos daban
cantidades astronómicas de recortes que, además de quitarnos el hambre, nos
sabían a gloria bendita. Y siempre que me viene a la memoria este hermoso
recuerdo, no puedo dejar de preguntarme cuántos parroquianos tenían que tener
aquellas benditas monjas para generar tal cantidad de recortes. Porque, como ya
habrán adivinado ustedes, éstos no eran sino el producto de la elaboración de
las hostias de comulgar. Sea como fuere, lo cierto es que como ya les dije al
principio -lo de cuándo teníamos que acudir a por ellos no recuerdo muy bien
cómo nos lo montábamos-, nos presentábamos en el torno que tenían -aún lo
tienen- en el portal de acceso a la sala de visitas, y, tras llamar al timbre
que allí tenían, contestado el “Ave María Purísima”, con un “Sin Pecado
Concebida”, les decíamos a bocajarro a qué se debía nuestra desinteresada
visita.
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Eusebio Hervías del Campo
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jueves, 23 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
El
pañuelo.
Siguiendo con los
juegos que en la escuela practicábamos, hoy les hablaré de uno que, a pesar de
su sencillez, era de los más apasionantes: el pañuelo. Para practicar este
juego se hacían dos bandos -me imagino que donando o montándonos los zapatos-
con el mismo número de jugadores cada uno -no podía haber ninguno de non-, y
nos numerábamos todos para que al gritar un número el que la quedaba -¡¡El
cinco!!-, que era quien sujetaba el pañuelo pisando una raya justo en el
centro, saliéramos pitando los dos que lo llevábamos, para ver quién se llevaba
el gato al río. Previamente, se contaban quince o veinte pasos y se marcaban
dos rayas en el suelo -delimitando las distancias-, una para cada equipo. Este
juego, como casi todos, consistía en ir eliminado a los jugadores del equipo
contrario, consiguiendo, para ello,
cogerle el pañuelo al que lo sujetaba en el centro, y llegar con él ,
sin que te pillara el contrario, hasta la raya en la que estaba tu equipo. Para
ganar en este juego había dos trucos muy sencillos: quedarte quieto en el centro
levantando el pañuelo, sin quitárselo de la mano al que la quedaba -si se le
caía o lo soltaba estabas perdido-, para que el contrario, que venía embalado
para cogerte, traspasara la raya del centro e hiciera falta; y salir corriendo
con él -sin llevar el pañuelo en la mano no podías traspasar la raya- hacia tu
territorio, en lugar de hacerlo hacia el tuyo, que es lo que esperaba que
hicieras todo hijo de vecino.
El
raspe.
Y ya que en la escuela
estamos, les hablaré del “raspe”, un entrañable juego que allí practicábamos. Se
jugaba con pelotas de goma en sitios estratégicos del pasillo del colegio -que tuvieran
como mucho tres lados- para que, dándole el efecto oportuno, no pudieran
mandarla a la pared frontal los que jugaban contigo. La pelota no podía
elevarse del suelo y tenía que tocar forzosamente los rodapiés de la pared
frontal, dándole con cualquiera de las dos manos. Si por lo que quiera que
fuese cambiaba de pasillo o se salía por la puerta de la calle, quien tuviera
que darle lo tenía claro. Este juego era muy parecido al de “tocar pared” que
practicábamos con balones de plástico en el refectorio de los frailes. La
diferencia es que al “raspe” jugábamos en el suelo de rodillas, agachados o
tumbados, y era de lo más emocionante e imprevisible, ya que de vez en cuando,
por estar donde estábamos, nos llevábamos algún sopapo por el alboroto que
armábamos.
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Eusebio Hervías del Campo
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miércoles, 22 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
El
hinque y el Cero.
Y no abandonamos el
Paseo, porque estos dos juegos sobre los que escribiré a continuación se
practicaban en él, junto con otros muchos, casi siempre en el recreo. Al hinque
podía jugarse con todo tipo de objetos punzantes: ramas, palos, agujas de
punto, radios de bici…, pero nosotros lo hacíamos siempre con las limas
desgastadas que tiraban nuestros bravos carpinteros, como decía la copla de
Roberto. Este juego era muy parecido al del Cantillo. Hacíamos un cuadrado -o
rectángulo, como más le guste al lector -en la tierra del Paseo, y lo
dividíamos en seis casillas bien grandecitas, en las que teníamos que ir
clavando y desclavando la lima, hasta llegar de nuevo a la salida. Si lo
conseguías, pasabas al dos, luego al tres y así sucesivamente, hasta hacerte
“reguleta/ reguleta/ en el seis”/. El juego acababa cuando alguno de nosotros
había conseguido dibujar las seis reguletas en las casillas, y no recuerdo muy
bien si lo comenzábamos dibujando un aspa pequeña en la tierra, en la que
íbamos clavando la lima en sus vértices hasta acabar haciéndolo en el centro, o
éste era en sí otro juego diferente. Seguro que muchos de los de mi generación
lo saben -ya me lo aclararan-, y es obligado decir que era un juego muy
peligrosos, porque de vez en cuando la lima se clavaba en la inocente pierna de
alguno de nosotros. Había también otra modalidad que consistía en ir comiéndole
el terreno al compañero de juego. El Cero era un juego al que podían jugar
todos cuantos quisieran y, tras donar, casi todos los juegos comenzaban así, el
de la “aceituna” se postraba apoyando los brazos sobre las piernas, tocando con
el pie izquierdo la pronunciada raya que con anterioridad habíamos hecho en el
suelo, e iba dando un paso cada vez que todos los que jugábamos habíamos
saltado por encima de él. Si no jugaba Pedro -era capaz de saltar cinco metros
de cero- enseguida saltábamos de uno -hablamos de pasos-, de dos, de tres…
tantos como metros se fuera alejando de la raya quien la quedaba. Cuando alguno
de nosotros no conseguía hacerlo de los pasos que había cantado el que saltaba
el primero, se ponía de burro, liberando a quien la había quedado primero. Este
juego no hemos llegado a terminarlo -si es que tiene fin- jamás, ya que cuando
mejor estábamos sonaba el antipático timbre del colegio -¿o era el pito de don
Emilio?-, recordándonos que había terminado el recreo.
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Eusebio Hervías del Campo
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martes, 21 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
El
picazo.
Este era uno de los
juegos más crueles y disputados de cuantos hayamos practicado toda la
chiquillería de la ciudad. Antes de iniciarlo, todos nosotros practicábamos el
célebre ritual de transformar por completo la trompa para que adquiriera las
formas más vistosas y diversas al bailar. Nada más comprarla, le cortábamos el
rabo rojo que tenía en la parte posterior -no hacerlo era de mariquitas-, y le
sacábamos el clavo para meterle carajones -excrementos de caballo- en la
oquedad, para que no se nos saliera jamás. Una vez hecha esta operación, la
pintábamos completamente de diferentes colores y clavábamos chinchetas en la
parte posterior, donde había estado el rabito rojo, para que, además de hacer
bonito al bailar, evitaran que nos la partieran en el juego por la mitad.
Cuando ya estaba lista del todo, preparábamos el cordel, anudándole la moneda
de dos reales de agujero al final, para poder enroscarla con más fuerza, y que
fuera más viva al bailar. Una vez listas las armas, marcábamos con un palo un
gran círculo en el suelo -siempre jugábamos en suelos de tierra- y dentro de
él, en el centro, se marcaba otro chiquitito, que era donde dejaban la trompa
quienes hacían mala, y comenzaban las tragedias para unos, y para otros las
gozadas. El juego consistía en lanzar con fuerza la trompa dentro del círculo
grande y, tras cogerla con la mano abriendo en forma de uve los dedos índice y
corazón, llevarla bailando hasta el circulito pequeño. Si alguno no conseguía
hacerlo por no haberle bailado la trompa o por haberlo hecho muerta -esto era
cuando bailaban a tumbos, sin fuerza-, tenía que dejarla dentro del circulito
para que se ensañaran con ella los demás. En este juego, como en todos, siempre
había grupitos de artistas -cabronazos- que se ayudaban, y de pardillos
-comparsas- que irremediablemente palmaban. Los primeros, si alguno de ellos
hacía mala, enseguida sacaban la trompa fuera de los círculos, dándole
golpecitos suaves o corriéndola con el cordel, sin que la trompa liberadora
dejara de bailar. Cuando los eternos perdedores habían dejado cinco o seis
trompas en el círculo pequeño, comenzaba la auténtica gozada: enrollábamos con
fuerza el cordel, chupando la parte deshilachada del principio para que se
adhiriera mejor en la trompa, y, girando el cuerpo todo lo que podíamos, la
lanzábamos con toda la mala leche del mundo sobre ellas, con la sádica
intención de romperlas. Conviene aclarar ahora mismo que esto no era tarea
fácil, ya que eran de madera de haya, pero, para gozo y disfrute nuestro, y
escarnio y desolación del que le tocaba, todos los días terminaba alguna
partida en dos, o totalmente rajada. Quizá quien esto lea, sobre todo si es muy
joven, crea que esto era una pijada, que no tiene importancia, pero en aquellos
tiempos, el que te rompieran la trompa era una auténtica tragedia. Eso
significaba estar muchos domingos a verlas venir, para comprar otra con las
pagas.
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lunes, 20 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Días
de ocio y rosas.
Los que tuvimos la
fortuna de ir a la escuela con Don Emilio, disfrutamos de cantidad de horas
extras de recreo cuidando su bienamado jardín, cambiando las aburridas y
complicadas operaciones de sumar, restar, multiplicar y dividir, por sobres de
papel con semillas de flores, azadillas, rastrillos y tijeras de podar. Nos
sacaba de clase al azar, dándonos un cariñoso golpecito en la cabeza con el
palo que llevaba siempre escondido en su espalda, mientras con voz queda decía:
“Cierra el libro y ven conmigo, Hervías”… y con un semblante diametralmente
opuesto al mostrado en la escuela, nos daba divertidas lecciones sobre los
misterios y caprichos de la tierra y su forma de actuar. El jardín comenzaba a
ambos lados de los arqueados y aromáticos cipreses que hacían pasillo desde el
Paseo hasta la escuela, y se extendía a lo largo de la peculiar tapia que la
circundaba, descolgando de ésta, en su parte frontal, abundantes ramilletes de
rosas, que los domingos de primavera, todos los niños de Nájera le íbamos a
mangar. En la parte de atrás, tenía Don Emilio un gran manzano -en el que nos
subíamos cuando jugábamos en el patio a la “ía de correr ataos”- y algunos
árboles frutales más, con los que, haciéndose el despistado, nos mataba el
hambre cuando no teníamos dónde robar. El trabajo, si así se le puede llamar,
era de lo más liviano y divertido, porque no nos metió prisas jamás. Estando en
plena faena, se liaba tranquilamente un cigarro “Caldo” y, mientras se lo
fumaba, mandándonos parar, nos daba interesantes explicaciones sobre esto, lo
otro, lo de acá y lo de más allá. Al final, casi sin haber pegado golpe, nos
mandaba guardar las herramientas en la leñera y, más contentos que Chupín,
entrábamos de nuevo a clase a ver qué hacía el personal. Era Don Emilio un
hombre de semblante taciturno, debido a un viejo problema familiar que, a pesar
de que a todos nos daba morbo, jamás quisimos investigar, porque, además de no
ser cosa de niños asunto tan serio, a nosotros nos bastaba y nos sobraba con su
bondad. Derivadas de este triste problema, quizá, tenía Don Emilio dos grandes
pasiones: la ya explicada a ustedes, y la de pescar. Esta última la dejó muy pronto
por falta de ganas, o de truchas, ¡vaya usted a adivinar!, y la primera, cuando
se tuvo que jubilar; momento que aprovechó algún conspicuo para decidir que en
el colegio sobraban cipreses, y jacintos, y geranios, y rosales, y claveles, y manzanos…, y la
tierra toda, y que lo tenían que rediseñar, llenándolo de hormigón por doquier,
para hacerlo más aséptico y funcional. Mientras ejerció la enseñanza, fue mi
caro y siempre recordado Don Emilio, un maestro ejemplar que, aunque quizá no
supo enseñarnos bien lo que de un maestro al uso cabría esperar: eso que en
esta caprichosa, injusta y desigual vida no te sirve de nada a la hora de la
verdad, sí que supo enseñarnos algo de lo que ahora mismo estamos muy
necesitados: ¡¡Urbanidad!! No había suceso que ocurriera en nuestra ciudad:
incendio, atropello, abuso, riña, accidente laboral… sobre el que no nos
hiciera reflexionar a través de una redacción, para que diésemos con las causas
que, a nuestro entender, lo provocaron y cómo se hubiera podido evitar. Después,
al corregírnoslo, añadía él en nuestro cuaderno sabrosas y enriquecedoras
máximas, para que no olvidáramos lo aprendido jamás. Esta particular
metodología suya, repleta de días de ocio y rosas, hizo que de su clase
saliéramos hombrecillos semianalfabetos, quizá, pero rebosantes de bondad.
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Eusebio Hervías del Campo
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domingo, 19 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Los
bailes del Paseo.
Bailar en verano en el
Paseo era una de las costumbres más hermosas, inocentes e impolutas que jamás
hayan existido. Nada de cuanto aconteció en nuestra maravillosa infancia puede compararse
con aquella pueril forma de despertar a la vida bailando en el viejo quiosco
con tu chica preferida, en un ambiente impregnado del excelso aroma que
despedían huertas, choperas, azahares, rosaledas y lirios. ¡Jamás dejará de
vivir en mí este maravilloso recuerdo de las tardes veraniegas de domingo! El
baile comenzaba el segundo domingo de Mayo -después de las fiestas de Tricio- y
duraba todo el verano. Los niños bailaban en el espacio comprendido entre el
quiosco y el jardín existente unos metros más abajo. Nosotros, los pequeños
hombrecitos, lo hacíamos en la parte de arriba, frente al desaparecido Mesón
Duque Forte, después de pedirles baile a las dos chicas que con anterioridad se
habían puesto a bailar a modo de reclamo. La forma de bailar era de lo más
ingenua que imaginarse pueda: asidos por la cintura, con la separación
suficiente como para que pasara un tren entre nosotros, golpeábamos una y otra
vez un pie con el otro, hasta que concluía la pieza que magistralmente tocaba
para nosotros la Banda Municipal de Música. Podíamos estar toda la noche
bailando, sin salirnos ni un centímetro del espacio en el que habíamos
comenzado. Dependiendo de si guiabas tú o eras guiado, tenías que bailar con la
chica deseada o con la que te tocara en suerte, ya que siempre íbamos en pareja
a sacarlas a bailar y el que mandaba elegía. No obstante, siempre te las
ingeniabas -y se las ingeniaban- para bailar con la que te hacía “tilín”. En
los bancos existentes a ambos lados del Paseo, nuestros padres tomaban la fresca
mientras nos vigilaban de soslayo para que no se la liáramos, cosa que no les
servía de nada porque en cuanto se descuidaban un segundo, nos aventurábamos a
subir a la Fuente de La Estacada, en busca de un beso robado. Pocas veces lo
conseguíamos, pero por ello no dejábamos de intentarlo. Cuando la Banda
Municipal de Música hacía un descanso, nos dirigíamos raudos al bar que
Gregorio -el soriano- tenía detrás de las casas baratas, a tomarnos un sanitex
en aquel gigantesco mostrador de granito rojo y blanco, o donde la señora
Teria, a comprarnos un helado de aquel limón artesano que transportaba en un
singular carro. ¡Jamás volví a probar un helado de limón tan sabroso! Aunque
había también casetas de bebidas y chucherías, nosotros no las visitábamos por
ser muy pequeños para las unas, y muy mayorcitos para las otras. Lo que sí
visitábamos cada domingo en el descanso, era la tapia del Colegio San Fernando,
para robarle a Don Emilio sus adoradas rosas, y maquinar cómo conseguir favor
por tan valioso regalo. Los más mayores, los que iban en busca de novia,
aprovechaban a sacar a bailar a la chica que les gustaba en los pasodobles
-últimos toques de la noche-, para acompañarla a su casa una vez terminado el
baile. A finales de Mayo -creo que era el último domingo-, y hasta la víspera
de San Juan, cuando iba a finalizar el baile, la Banda tenía la hermosa
costumbre de tocarnos las “Vueltas”, para que fuéramos entrando en ambiente, y
entonces éramos todos: niños, padres y abuelos los que bailábamos en perfecta comunión
alrededor de los añosos plátanos. Cuando desapareció la Banda Municipal de
Música, el Ayuntamiento nos colocó en el quiosco a “Los Cuatro de la Torre”:
cuatro antiestéticos altavoces que emitían la música de los discos que desde
las casas baratas nos ponían para que bailáramos, pero no resultó. Todos
nosotros sabíamos que aquello era el principio del fin, y aunque seguimos
bailando un tiempo, la cosa feneció. Los más mayores se fueron a bailar a la
discoteca El Mono, y los demás, totalmente desconcertados, tuvimos que esperar
impotentes a tener la edad necesaria para hacerlo. En aquella maldita hora
murieron nuestra ingenuidad, nuestra pureza, nuestra inocencia y nuestros
sueños. Se difuminó súbitamente el paisaje;
se marchitaron las rosas, los lirios, los azahares; callaron para siempre los
amorosos ruiseñores; se esfumó la balsámica melodía del río, y la enamorada
luna perdió su impoluto brillo. ¡Todo se transformó en oscuridad y silencio!
¡Jamás volvería a ser lo que fue el Paseo!
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sábado, 18 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Bañarse
en el río.
Aunque las crecidas de
invierno dejaban en nuestra ciudad cantidad de pozos de agua fresca y
cristalina en los que poder bañarnos en el verano -la Subida y la Bajada, la
Pirámide, el Pozo del Coco, la Playa de los Bilbaínos, el Pozo de la Eloísa…-,
nosotros elegíamos siempre el conocido popularmente como La Playa -sobre todo
los días de labor-, por ser el más concurrido y el más cercano a nuestras
casas. Para que ello fuera posible, la Brigada de Obras del Ayuntamiento,
mediada la primavera, comenzaba a construir cada año el famoso trampolín de
madera sobre los malecones -bloques de hormigón- que había justamente a la
altura de donde comienzan las Piscinas Municipales, para salvaguardar de las
crecidas el Paseo, desde el que nos tirábamos millones de veces de cabeza al
río, y, hasta que se les ocurrió colocar sacos de cuerda sobre las deslizantes
tablas, nos dábamos golpes a porrillo, mientras una pala mecánica hacía una
presa de cascajo en mitad del río. En la parte trasera del trampolín había un
espigón que llegaba hasta el Paseo, y otro que recorría unos cincuenta metros
de río, en forma de martillo, en el que dejábamos la ropa en montoncitos a
medida que íbamos llegando, quedando a la vista del más miope, vergonzosamente
cagados, algunos de los calzoncillos. Allí aprendimos a nadar a estilo perro,
cuando mi primo Ramón, Jerry, Larri, Fredi, el Mohicano y el Huevero nos
tiraban desde el trampolín para que quitáramos el miedo. En cuanto logramos
alcanzar los bloques sanos y salvos la primera vez, ya no hubo forma de
sacarnos. Estos peculiares profesores, hacían nuestras delicias cuando,
cogiendo “correcaina” -carrerilla- desde el Paseo, saltaban sobre el trampolín
y, haciendo piruetas por el aire, entraban de cabeza en el río sin romperse
nunca el cuello. Además de estos artistas del salto del trampolín, estaban Javi
Sedano, que, nadando debajo del agua, iba desde el trampolín hasta la presa de
cascajo, situada a más de cincuenta metros; Prudencio, que se tiraba de cabeza
al agua, y para cuando salía a la superficie -aguantaba debajo del agua más de
dos minutos-, todos creíamos que se había ahogado, y “El Piedra”, que como le
obligaban a trabajar y a estudiar, tenía muy poco tiempo, llegaba siempre en
bicicleta y al grito de “¡hay alguien debajo!”, se tiraba con ella al río.
Nosotros, más modestos que unos y otros, jugábamos a tirarnos de cabeza desde
el trampolín, intentando pasar por el centro de los gigantescos flotadores
-cámaras de ruedas de autobús-, que llevaban Larry y Guinea, o a coger buzeando
las piedras blancas que previamente hundíamos. En la orilla izquierda, cantidad
de niños jugaban con calderitos y palas de plástico a hacer castillos, que
siempre se hundían antes de terminarlos, o a martirizar a las pobres cucharetas,
intentando inútilmente retenerlas en pequeños pocitos de cascajo, y las chicas
tomaban el sol tumbaditas en las toallas que previamente habían extendido sobre
el abrasante cascajo, mientras escuchaban al Dúo Dinámico, a los Sírex, a los
Brincos o a los Bravos en los pequeños aparatos de radio. Y así estábamos,
mañana y tarde -a pesar de ser sagrada en aquellos tiempos la siesta, siempre
nos la saltábamos-, inventándonos miles de argumentos para no guardar nunca las
fastidiosas digestiones: que si mojándote la nuca antes de tirarte; que si
haciéndote cruces con agua en los pies; que si cagando antes de bañarte…,
durante todo el verano, hasta que un fatídico año -maldito sea ml veces- el
Ayuntamiento construyó la primera Piscina Municipal, abandonando para siempre
la colocación del trampolín de madera y la construcción de la presa de cascajo,
dejándonos a todos nosotros terriblemente desolados. Por lo demás, decirles,
mientras me embarga la tristeza por recuerdo tan amargo, que los muchísimos
veraneantes que venían a nuestra ciudad -para nosotros todos eran bilbaínos-
elegían mayoritariamente el tramo de río que abarca la calle Ribera del
Najerilla, de ahí que fuera conocido como “La Playa de los Bilbaínos”. Que los
domingos y festivos íbamos a la Pirámide, donde además de bañarnos, nos
comíamos las tortillas de patata a la fresca de las frondosas mimbreras y,
mientras escuchábamos música y tonteábamos, preparábamos el plan para bailar en
el quiosco del Paseo, cuando la suave brisa de la tarde nos aconsejara que
abandonáramos el baño. Que esporádicamente hacíamos incursiones en el Pozo del
Coco. Y, finalmente, que siempre había
quien prefería los lugares más lejanos, como la Subida y la Bajada, o el
Pozo del Gobierno para darse un baño.
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Eusebio Hervías del Campo
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viernes, 17 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Los
puentes de tabla.
Mediada la primavera,
Lucerico Mínguez y su brigada se disponían a construir cada año los entrañables
y añorados puentes de tabla que unirían las dos orillas del río durante los
meses de estío -si antes no se los llevaba alguna riada-, facilitando el
tránsito de los najerinos del casco antiguo al Paseo -solamente existía el
Puente de piedra-, y haciendo las delicias de todos los críos. Llegando el mes
de Mayo, todos estábamos expectantes por descubrir cuándo se producía el
acontecimiento. En cuanto alguno de nosotros veía que comenzaban a amontonar en
las traseras del barón los chopos recién pelados, las estacas, las tablas, los
puntales y los palos, y descargaban los caballetes, las mazas y todos los
útiles necesarios para el montaje, corría la voz por el colegio y nos
dirigíamos allí a toda velocidad a contemplar con impaciencia el milagro. Sin
dejarlos casi empezar, en cuanto habían construido un pequeño tramo -siempre
comenzaban clavando sobre las estacas los maderos recién pelados-, nos
lanzábamos haciendo equilibrios a conquistar la isleta de cascajo que el río
dejaba en el centro todos los años, resbalándonos y cayéndonos al agua las más
de las veces, pegándonos unas lomadas de espanto. Una vez construido el primer
tramo, despreciando los exabruptos que recibíamos por estar estorbando, nos
juntábamos todos en la isleta esperando ansiosos el comienzo del segundo
siempre se ponían dos tramos de puente-, para ver quién de nosotros era el
primero en llegar a la otra orilla sano y salvo, antes de que Lucerico y su
brigada clavaran las tablas sobre los maderos, dejando expedito el paso. Cuando
ya estaban terminados, como para nosotros no tenía ningún mérito el cruzarlos,
nos metíamos debajo a verles las bragas a las chicas que pasaban, por las
generosas rajas que entre tabla y tabla la brigada de Lucerico había dejado. En
una ocasión, hallándose Lucerico en plena faena, una riada extemporánea de las
que solían preparase en cuestión de minutos en aquella época, se lo llevó con
puente y todo a hacer puñetas, y tuvieron que rescatarlo desde la barandilla
del Puente de Piedra, colgado de unas cuerdas. Hechos como éste -llevarse los
puentes una riada- ocurrían un año sí y otro también, ya que antes de quitarlos
en el otoño, el Najerilla nos jugaba alguna mala pasada. Por lo demás, los
puentes de tabla, a pesar de su humildad, de su rudeza y zafiedad, formaron
parte de nuestras vidas, impregnándolas de un toque poético, que jamás podremos
olvidar.
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Eusebio Hervías del Campo
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jueves, 16 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Los
cojinetes.
Los cojinetes fueron en
nuestra niñez los Fórmula 1 con los que nos lanzábamos al porvenir de forma
temeraria por las cuestas de las calles Costanilla y Villa Pilar, alcanzando
velocidades que se nos antojaban astronómicas, por lo que al ir a tomar las curvas
o al pasar por las gigantescas alcantarillas, salíamos despedidos por los aires
cual hojas cual hojas agostadas en un vendaval, dejándonos todo el cuerpo lleno
de supurantes rasponazos. La fabricación de estos artilugios era relativamente
fácil, ya que por aquel entonces en casi todos los portales había carpinterías
que generosamente -no teníamos ni una puñetera perra- nos proporcionaban los
palos y tablas necesarias para montarlos, y en los talleres mecánicos nos
guardaban en una cajita todos los cojinetes usados, para que cuando fuéramos en
tropel a pedírselos no les diéramos el coñazo. -A mí siempre me los dio Rafael
Cañas-. Se colocaba un cojinete en el centro de un palo corto, que iría
delante, y otros dos en los extremos de un palo largo, que iría detrás, y se
unían con dos travesaños largos, clavados en forma de uve invertida,
clavándoles, después, una tabla ancha en la parte trasera, para que hiciera de
asiento, y un palo corto en la parte delantera, que hiciera de volante.
Después, se le clavaba un palo corto en el costado del travesaño derecho, para
que al girarlo hacia arriba, sirviera de freno -no frenaba nada, pero adornaba-
y se le ponían puntas a medio clavar a los cojinetes en los costados para que
no se corriesen al rodar. Por lo general, en cada cojinete íbamos dos chicos,
uno conduciendo y el otro empujando hasta que cogiera velocidad y pudiera
montarse en el palo de atrás, disfrutando así del viaje por igual. En teoría,
lo de empujar y conducir se hacía por turnos, pero lo cierto es que alguno de
nosotros no hicimos otra cosa que empujar. -Tiene cojinetes la cosa-. Esto era
así en llano y cuesta arriba; pero cuando se trataba de bajar cuestas, ya no
había normas. Todos los temerarios que quisieran podían subirse a él, a
sabiendas de que el castañazo iba a ser colosal. -¡Cuántas hostias nos hemos
dado!-. Curiosamente, aunque al leerse esto pudiera creerse lo contrario, los
cojinetes duraban muchísimo tiempo por más golpes que les diéramos, lo que me
hace pensar que nuestros generosos carpinteros de entonces, además de dárnoslo
gratis, nos daban su mejor material. ¡Benditos sean, por su generosidad!
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Eusebio Hervías del Campo
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miércoles, 15 de abril de 2020
Recuerdos de infancia.
Las comedias.
Sin que ninguno de nosotros supiera de dónde venían ni
cómo lo hacían, todos los veranos aparecían súbita y fugazmente los
“comediantes” en nuestra ciudad, dispuestos a hacernos pasar unas horas
increíblemente hermosas, contemplando embelesados la función que, bajo un cielo
repleto de rutilantes estrellas, representaban gratuitamente para nosotros en la Plaza de España. Llegaban
por la tarde y, mientras nosotros jugábamos al marro o a la ía, ellos colocaban
desgastadas colchas en los pilares de hierro que sujetaban la terraza de La Falange , atándolas con
cuerdas arriba y abajo, para poner a continuación unos toldos (¿o eran mantas?)
en los laterales, haciendo así de la carretera un improvisado camerino donde
cambiarse a la hora de la actuación, sin que su intimidad fuera violada por
alguna lasciva mirada. Después de cenar, a las diez de la noche,
aproximadamente, la Plaza
se llenaba totalmente de sillas de anea que los mayores habían llevado de sus
casas para ver más cómodos las “comedias”, mientras nosotros, sin ningún pudor,
nos colocábamos sentados en el suelo delante de ellos, invadiendo claramente el
espacio reservado para los artistas, porque todos queríamos ver de cerca los
vuelos del vestido de nuestra querida chica -ya le habíamos echado el ojo por la
tarde- que, al bailar dando vueltas, nos mostrarían generosamente sus bragas, y
las mallas que bajo una especie de traje de baño llevaba por medias, dejando al
descubierto unas magníficas piernas. Cuando andábamos todos a hostia limpia ya
-¡a ver quién cedía ante semejantes perspectivas!-, aparecía el padre de la
chica y, micrófono en mano, nos anunciaba en qué iban a consistir las
“comedias”: Chistes, canciones, bailes, contorsionismo, juegos de cartas y
malabares…, dando comienzo a la función con un pasodoble interpretado por su
mujer y su hija, acompañadas al acordeón por el abuelo de la familia. En el
descanso, con una sonrisa que iluminaba toda la plaza, madre e hija vendían
boletos para una rifa, en la que el afortunado -siempre eran los hombres quienes
los compraban- se llevaría una botella de brandy 501, o una de anís El Mono, o
una caja de farias, o cualquiera otra bagatela. Durante la venta, que a
nosotros se nos hacía eterna, ambas dos repetían: “Venga, señores, que nos
quedan muy pocos ya -nosotros veíamos miles todavía-. “Compren, compren, que se
acaban”. Y así hasta que los vendían todos de verdad, y una mano inocente,
elegida de entre el numeroso público, le alegraba la noche al afortunado.
Después, concluido el ritual de la rifa, del cual hay que señalar sin más
tardanza, dependía la subsistencia de la familia, volvía a repetirse lo de la
primera parte: Chiste, bailes, juegos…, hasta que, a punto de dar las doce en
el reloj de la torre de Santa María La
Real , los comediantes daban por finalizado el espectáculo,
cometiendo la gran torpeza de anunciar
que iban a pasar la bandeja; revelación ésta, que hacía que los mayores
salieran de estampida de la plaza, con las sillas a cuestas. Después, mientras
los najerinos íbamos retirándonos a nuestras casas más contentos que “chupín”,
los comediantes, visiblemente enfadados por nuestra tacañería, desataban y descolgaban aceleradamente las colchas de
la terraza de la Falange
y, como por arte de magia, una vez recogido todo, desaparecían de nuestras
vidas, dejando la plaza totalmente vacía. Cuando estos nómadas -saltimbanquis,
los llamábamos- dejaron de venir, hicieron su aparición en nuestra ciudad “los
de la cabra”: Una familia de quinquis que, a golpe de trompeta hacían que una
escuálida cabra subiera y bajara por una escalera de tijera, realizando toda
suerte de equilibrios en lo alto de ella, mientras una niña descalza pasaba el
plato entre la concurrencia. Hoy, después de un montón de años de lo aquí
relatado, cuando al ir a repartir el correo tengo el privilegio de encontrarme
con una pareja joven -seguramente gitanos-, que ameniza de cuando en cuando
nuestras calles con un oreganillo transportado en un carro, mi corazón rebosa
de felicidad y me siento el hombre más afortunado. ¡Benditos sean por siempre,
pues, saltimbanquis, quinquis y gitanos!
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Eusebio Hervías del Campo
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