Después de muchas
campañas, reuniones, dudas, recogidas de firmas y alarmas infundadas, se
celebró en Nájera el Primer Día de La Rioja el 8 de Octubre de 1978, con la
asistencia de numerosas Peñas, Partidos Políticos: ORT, PT, PC… y más de 15.000
personas de los pueblos que hoy conforman La Rioja. Fue una jornada festiva en
la que no faltó la polémica al hacerles entrega de las firmas recogidas por la
Coordinadora a los parlamentarios riojanos, y éstos se fueron del acto como rata
por tirante al ser abucheados por el numerosísimo público existente en la
explanada donde hoy se ubica el aparcamiento en el que se celebra cada jueves
el mercadillo, al finalizar la lectura del manifiesto del Día de La Rioja -lo
leyó mi Compañero y Amigo, Rafael Fernández Aldama- en el que se criticaba
duramente a los partidos mayoritarios. Yo estaba entonces en el Mesón Duque
Forte -hoy Paseo 13-, y doy fe de que vendí miles de bocadillos, a pesar de
tener un puesto del Partido Comunista en el mismo quiosco, a escasos veinte
metros, donde también vendían bocadillos y refrescos. Fue un día increíblemente
hermoso, que se celebró con gran algazara y alborozo a pesar del miedo que
desde algún medio de comunicación les habían metido a los riojanos en el cuerpo.
Después se siguió celebrando algunos años más antes de que, desafortunadamente,
los políticos de turno dispersaran los actos por todos los pueblos de La Rioja,
consiguiendo que este histórico, hermoso y reivindicativo día fuera el más
anodino del año. Y para terminar de rematarlo, los de Logroño, muy vivos ellos,
lo pasaron al 9 de Junio para hacerlo coincidir con la festividad de San
Bernabé -11 de Junio-, y poder irse, así, de puente a la playa todos los años. Este,
y no otro, es hoy el verdadero espíritu del Día de La Rioja.
martes, 9 de junio de 2020
El verdadero espíritu del Día de La Rioja.
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Eusebio Hervías del Campo
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lunes, 8 de junio de 2020
¿Por qué no los talan directamente?
Sé que la ¿poda? de los
olmos de la ribera de la margen derecha del río Najerilla, a la altura del
final de las piscinas de verano, se hace de cuando en cuando para que sus ramas
no se junten con los cables de alta tensión. Pero sé, igualmente, que podar
esos olmos a las puertas del verano es condenarlos a muerte. Si mal no
recuerdo, en Nájera se aprobó hace muchos años una moción que pedía la
eliminación de las torres y el soterramiento de los cables de alta tensión -posiblemente
Nájera sea la única ciudad que aún conserva los cables aéreos con sus torres y
casetones transformadores-, y a día de hoy, nadie la ha llevado a cabo. Como
quiera que ya he escrito en este blog más que suficiente sobre la contaminación
electromagnética, y en este caso son los olmos los que nos preocupan, solo haré
este interrogante: ¿Por qué no los talan directamente?
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sábado, 6 de junio de 2020
¡Recuperad el río!
Hace diez veranos
escribía aquí mismo que a los que nacimos en Nájera y nos criamos en las
límpidas y gélidas aguas de su fiero río Najerilla, el hecho de ver de cuando
en cuando un montón de jóvenes poblando sus riberas nos produce una sensación
tan grande, que para describirla no encuentro adjetivos. Y es que en nuestra
infancia y juventud todo, absolutamente todo, giraba en torno a nuestro
querido río y a sus riberas. En ese bucólico entorno nos bañábamos, pescábamos,
jugábamos, merendábamos, cenábamos, ligábamos, nos enamorábamos y celebrábamos
con nuestros padres, familiares y amigos, los entrañables “días de campo”, el
18 y el 25 de Julio. Ahora, en esta “nueva normalidad”, muchísimos jóvenes
-chicas, principalmente- han descubierto Pasomalo, la manzanera, el camino de
las huertas, el bohío, Somalo, las choperas, el río… parajes que no habrían
conocido en su vida de no haber sido por el ignoto y terrible coronavirus. Una
vez hecho este descubrimiento, y aprovechando el anuncio oficial de la no
apertura de las Piscinas Municipales este verano, yo os exhorto a todos
vosotros a que, de un modo respetuoso y cívico, toméis literalmente las riberas
de nuestro olvidado y maltratado río, ya sea para tomar el sol, ya para
bañaros, ya para merendar, ya para cenar, ya para ligar, ya para pasar el rato
con los amigos. Porque es ése, y no otro, el uso que todos deberíamos hacer de
un paraje tan caro e idílico.
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viernes, 5 de junio de 2020
Recuerdos de infancia.
Hacer la colada,
por increíble que pueda parecer ahora, era uno de los actos más concurridos,
disputados y variopintos de cuantos haya podido haber en nuestra ciudad, y, aunque
cualquier riachuelo era un buen lugar para realizarlo, todas nuestras madres
madrugaban para coger los mejores sitios, sobre todo en vísperas de las fiestas
de los pueblos vecinos, en que acudían a nuestra ciudad a lavar cantidad de
mujeres con las angarillas repletas de ropa cargada en pequeños burros. Cada
barrio tenía su zona concreta, y cada zona su rincón preferido. Así, por
ejemplo, las mujeres del casco antiguo hacían la colada a lo largo de la orilla
izquierda del río Najerilla. Las de San Fernando, en el viejo lavadero, en el
muelo, en el lavadero de las monjas -el de mi abuela Hermenegilda-, en el pozo
del sauce llorón de la Guindalera, en el río regador de “Chibirica” -este
riachuelo era muy disputado por bajar sus aguas templadas en invierno-, y el
resto compartía sitio con las mujeres de los pueblos de la comarca que se
apostaban a lo largo de la orilla derecha del río Najerilla, dispuestas a dejar
relucientes sus mejores prendas para lucirlas ufanas en las fiestas de sus
pueblos. Nuestras madres salían de sus casas con el balde de zinc repleto de
ropa cargado sobre la cabeza -protegida previamente con un pañuelo-, el cajón y
la tabla de lavar, con el taco de jabón de sebo -no había perras para comprar
el de “Lagarto”- y el trapito de azulejo bajo el brazo y, si se terciaba, con
un mozalbete o dos en la mano, y cuando llegaban a sus sitios preferidos, tras
colocarse bien en los cajones, mojaban y golpeaban la ropa contra la tabla de
madera, lanzándola artísticamente por los aires para que cayera de nuevo al
río, y darle el último jabón y el azulejo para aclararla y tenderla en las
yerbas altas del cascajo -en toda época las hubo- o meterla bien plegadita en
el balde de cinc, según fuera verano o invierno, y todo ello… ¡cantando! Era
enternecedor verlas golpear la ropa contra las tablas, postradas de rodillas en
los cajones de madera, con las manos casi transparentes de frío -sobre todo en
invierno-, canturreando canciones cual si estuvieran realizando la más
agradable de las labores, haciéndolo, además, como los propios ángeles. Cuesta
creer, en verdad, que estas benditas mujeres fueran capaces de cantar mientras
realizaban esta salvajada, más así era, y así queda reflejado. He de anotar,
también, como curiosidad, que en algunas ocasiones las alegres canciones de las
mujeres que se ponían a hacer la colada en el río de “Chibirica”, se mezclaban
con las manifestaciones de dolor de los entierros, por estar éstas apostadas
muy cerquita del cementerio.
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jueves, 4 de junio de 2020
Recuerdos de infancia.
Los días 18 y 25 de
Julio, existía la costumbre -hermosa como todas- de ir a pasar el día al campo.
Preparábamos todo muy de mañanita: paellera, cazuelas, ensaladeras, platos, vasos,
cubiertos, manteles, servilletas, patatas, arroz, sal, aceite, vinagre,
sandías, melones, el vino y la gaseosa, los trajes de baño, las sandalias de
goma y las mantas de cuadros para la siesta, y lo cargábamos todo en un carrito
tirado por un burro pequeño, y nos íbamos toda la familia a pasar el día al
campo, siempre a orillas del río Najerilla, en sus frondosas choperas,
separados de las feraces huertas por un polvoriento caminito de tierra,
conocido popularmente como “el camino de las huertas”. Llegábamos al lugar
elegido -nosotros siempre íbamos a la “Fuente de la Requitrona”-, y mientras
nuestras madres preparaban el “campamento” y la fogata para hacer la comida,
nuestros padres hacían acopio de lechugas, tomates y cebollas -siempre iba con
nosotros alguien que tenía huerta- para la ensalada -también la hacíamos de
berros-, y cangrejos y caracoles para la caldereta o la paella. Nosotros, como
en aquellos maravillosos años las estaciones eran fieles y hacía un sol de
justicia, no parábamos de darnos refrescantes baños en las límpidas y frías
aguas del río Najerilla. Cuando todo estaba preparado, nuestros padres llegaban
al río y se ponían a pescar truchas, mientras nuestras madres, remangándose el
vestido -con qué arte lo hacían-, se aventuraban a meterse hasta que el agua
les llegaba a las pantorrillas, y se salían haciendo equilibrio a tomar el sol
sentaditas en la orilla, vigilándonos a unos y otros con miradas amorosas y
atentas. Y allí estábamos nosotros viviendo intrépidas aventuras, navegando en
gigantescos barcos -chopos y mimbreras arrastrados por las crecidas-, buceando
en busca de preciadas perlas -piedras blancas que tirábamos al fondo para
cogerlas- y correteando por las peligrosísimas selvas del Amazonas -las
choperas-, tiritando de frío y con la piel más arrugada que una pasa de
ciruela. Después de habernos llamado mil veces -no había forma de sacarnos del
agua-, nos poníamos a comer a toda velocidad para echarnos cuanto antes la
obligada siesta en las mantas de cuadros -las que se usaban para los ganados y
para los transportes de muebles- a la sombra de una frondosa mimbrera y volver
de nuevo, una vez hecha la digestión -esto era sagrado-, a bañarnos al río
Najerilla hasta la hora de irnos a casa. Nuestros padres, por su parte, después
de una pausada y amena sobremesa, recogían todos los cacharros y se ponían a
jugar a las cartas. Cuando comenzaba a anochecer, cargábamos todo en el carrito
y, con las alforjas repletas de hermosos recuerdos, emprendíamos el viaje de
regreso a casa, tropezándonos por el camino a cantidad de amigos que, henchidos
de felicidad como nosotros, nos deseaban felices sueños.
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miércoles, 3 de junio de 2020
Las piscinas de verano no se abrirán este año.
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Recuerdos de infancia.
Los desafíos
futbolísticos que celebrábamos de jovencitos eran de lo más variopinto que
imaginarse pueda. No había ni un solo jugador de los veintidós que saltábamos
al terreno de juego que llevara la indumentaria completa. Al que no le faltaba
la camiseta, le faltaba el pantalón; al que no le faltaba ni lo uno ni lo otro,
le faltaban las medias; el que tenía estas tres prendas, carecía de las botas…
¡Un desastre! Pero no era esto lo más grave: en un mismo equipo había camisetas
del Zaragoza, del Atlético de Madrid, del Español, del Real Madrid, del
Athlétic de Bilbao -éstas, no sé por qué, eran las que más abundaban-, y para
colmo de males, unos calzábamos zapatos, otros zapatillas, algunos botas de
tela, y, los menos, botas de fútbol. Y el caso es que no parábamos de pedirles
a los Reyes Magos, año tras año, que nos trajeran la equipación completa, pero,
o no sabían leer o eran muy puñeteros, porque siempre nos traían ropa de vestir
y material escolar. ¡Qué torpes! ¡Si eso ya nos lo iban a comprar nuestros
padres! Mucho subir escaleras, andar por los tejados y entrar por las ventanas
con los caballos… y luego no sabían traernos los regalos. Los desafíos se
llevaban a cabo en el “Olivar de Wichita”, donde actualmente está el IES Rey
Don García; en “La Salera”, cuando se jugaba al revés que ahora: del pueblo
hacia la Calavera, y detrás de la pared lateral del frontón, donde estuvieron
colocadas las pistas de tenis -este era el más utilizado-, y nos enfrentábamos
equipos de diferentes colegios, asociaciones y barrios: Lo Leones contra la
OJE; los Maestros contra los Frailes; los de Wichita contra los de San
Fernando…, y entonces, los balones ya eran de cuero. Unos conseguidos gracias a
“Juanito Zahor”, el intrépido astronauta que recorría el espacio con una cuba
de vino de Rioja; otros gracias a “La
Conquista del Oeste” -nos poníamos morados de chocolate Zahor y Hueso para
conseguirlos-, y los demás, prestados por “buscatalentos”, que siempre los
hubo. La rivalidad que existía en estos partidos era tal -me río yo de los
partidos de “alto riesgo” de ahora-, que, en lugar de desafíos futbolísticos,
deberíamos haberlos llamado “guerras tribales”. Montábamos unos ciscos
impresionantes entre nosotros en todos los partidos, aunque, en alguna ocasión,
cuando jugábamos contra la OJE, todas nuestras furias iban contra su
Presidente, don Alfredo, el director del Colegio San Fernando, para vengarnos
del martirio que nos hacía pasar cada día, obligándonos a cantar el “Cara al
sol”, colocaditos en hilera de a dos, con los brazos estirados tocando el
hombro del compañero, en el pasillo del colegio. Es menester aclarar, empero,
para que nadie se lleve a engaño, que los desafíos futbolísticos causaban
tantas bajas como las guerras que librábamos a pedrada limpia en el cascajo,
los de los Maestros contra los de los Frailes, que como eran de orilla a orilla
del río Najerilla y ninguno de nosotros lo atravesaba, no hacíamos ni un
puñetero “pique”.
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martes, 2 de junio de 2020
Recuerdos de infancia.
Cuando éramos muy
niños, una de nuestras mayores delicias era el engancharnos o subirnos a los
carros, ya fueran grandes, pequeños, cubiertos, descubiertos, de llantas o de
ruedas normales, que para nosotros no eran sino preciados objetos productores
de diversión a raudales. Así, dependiendo de la estación en la que
estuviéramos, nos enganchábamos en el carrito de Martín, “el carbonero”, que en
invierno se dedicaba a vender leña y carbón con un burrito pequeño por todas
nuestras calles. En el de Paco “Morris”, guiado por Alfredo, “el obrero”, que
con un asno de parecidas dimensiones repartía la paquetería por el pueblo
durante todo el año. En los de los labradores, tirados mayormente por caballos,
cuando en primavera o en verano iban al campo o volvían de él canturreando
alegres canciones. En los de los constructores, harineros y aserradores,
tirados algunos de ellos por percherones. En los de los moradores de los
pueblos vecinos cuando venían a nuestra ciudad de compras; o a traer al trujal
o a los molinos el fruto de sus sudores; o a realizar en el Juzgado, en el
Ayuntamiento, en la Electra, en el Notario…, diferentes gestiones. En todos
ellos nos enganchábamos y subíamos con desigual suerte, según fuera el
carretero: unos te mandaban bajar con muy mala leche; otros, mientras te
despachaban, te ponían morado a golpes con sus ramales; los había también que,
mientras soltaban sonoros juramentos, se acordaban de tu madre; algunos te decían
con voz suave: “ten cuidado, no te vayas a caer, chiguito”; y los menos, te
dejaban que los acompañaras sentado junto a ellos un tramo grande del viaje.
Pero lo mejor de todo, lo que mayor felicidad nos proporcionaba, sin duda
alguna, era cuando en verano algún amigo o vecino nos dejaba ir con él a la era
a recoger con el horquillo la paja que los labradores habían dejado después de
cosechar el trigo, para abastecer los corrales. Colocábamos -esto es un decir,
porque todo lo hacían ellos- cuatro palos largos en las esquinas del carro, a
modo de puntales, y les atábamos unas colchas de colores, haciendo que el cajón
adquiriera gigantescas dimensiones y, una vez preparado el “tráiler”, provistos
de horquillos y bien anudados y colocados en la cabeza los pañuelos de los
mocos, el “patrón” -yo siempre iba con mi vecino Hipólito Leza, que en gloria
esté-, te decía emocionado: “¡A por la paja, chavales!” Si el viaje de ida era
una auténtica gozada, a pesar de estar durante todo el trayecto de lo más
formales, el de vuelta era inenarrable, porque lo hacíamos revolcándonos y
sumergiéndonos en la paja cual si estuviéramos en los más profundos y
enigmáticos mares. Cuando llegábamos a casa, soltábamos las colchas de los
puntales, y toda la paja caía aceleradamente a la calle -acto que
aprovechábamos para seguir revolcándonos en ella-, para que, cargada en cestos,
la fuéramos metiendo a los corrales. En otoño, aunque en menor medida que lo
relatado -tanta felicidad era insuperable-, comenzada la vendimia, nos divertía
mucho también atracar, caída ya la noche, en las callejuelas de la ciudad a los
carros de llantas que transportaban la uva en comportones -seis, creo
recordar-, cuando regresaban de las viñas a descargarla en los lagares. Este
divertimento otoñal, por la gran altura que los comportones adquirían en carros
semejantes, y porque, al fin y a la postre se trataba de un robo, nos producía
emoción y miedo a partes iguales.
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lunes, 1 de junio de 2020
¿Dónde están los bandos, señor Alcalde?
Aterrado estoy de lo que
se oye por doquier sobre las fiestas de San Juan. Parece ser que en esta
puñetera ciudad no somos capaces de comprender las gravísimas consecuencias que
puede tener el que ese día nos comportemos con irresponsabilidad. Cuando se han
suspendido fiestas de fama mundial, como las de San Fermín, en Pamplona, no es
por casualidad. Pero en Nájera nada es normal. Después de tres meses padeciendo
las terribles consecuencias del coronavirus, aún no he visto ni una sola
iniciativa de nuestro Equipo de Gobierno en aras de lenificar esta funesta realidad.
Muchísimos najerinos y najerinas se están pasando por el arco del triunfo la
obligatoriedad de llevar las mascarillas, al igual que se van a pasar la
suspensión de las fiestas de San Juan. ¿Dónde están los bandos, señor Alcalde,
tendentes a hacernos respetar la legalidad?
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Recuerdos de infancia.
Desde bien chiquitito,
cuando emulando a mi padre -por aquel entonces era albañil-, me subí al tejado
con una nevada cojonuda a limpiar la chimenea, ya dejé bien claro que mi vida
no iba a ser un camino de rosas. En aquella ocasión, la intervención de mi
vecino Ventura -que en gloria esté-, que le tapó la boca a mi madre cuando se
disponía a chillarme, y me hizo volver engañándome con un caramelo o cualquiera
otra cosa, hizo, sin duda alguna, que yo pueda estar hoy aquí, hablándoles a
ustedes de estas cosas. A nada que mis padres se descuidaran y me soltaran de
la mano cerca del río Najerilla, ya estaba yo metido en él, con el agua hasta
el culo, cogiendo “paris-paris” o cucharetas, mientras los “revicandiles”
pasaban a mi lado altaneros, revoloteando entre las blancas y aromáticas flores
de las berlañas, meneando rítmicamente su larguísima cola. Cuando jugábamos en
la calle Samaniego a montarnos en los carros que para llevar los muebles tenían
las carpinterías en sus puertas, o a correr por el tejado de la COEGI -Cooperativa
de Obreros Ebanistas Girón-, todas las puntas que había por el suelo, que eran
muchas, eran para mí y, consiguientemente, también para mí eran todas las
inyecciones del tétanos que tenían los practicantes Francisco Virto y Miguel
Ángel Yécora, que en gloria estén. Una de las muchas veces que fuimos a robar
cerezas al cerezo que en una huerta de esa misma calle tenía el señor Timoteo
Magaña no se me ocurrió otra cosa que ponerme a defecar mientras los demás se
atracaban de ellas, y como de niños para hacer eso te quitabas del todo el
pantalón y el calzoncillo, al salir de su casa el señor Timoteo -vivía allí
mismo- alertado por el ruido, y comenzar a gritarnos y a corrernos, tuve que
irme a mi casa cagando leches y en pelotas. Cuando alguna vez pasaban camiones
por nuestra ciudad -menos mal que eran pocas- y jugábamos a engancharnos a
ellos para vivir la aventura de viajar sin pagar, siempre me caía, hincándome
de morros en el suelo cuando me soltaba, acojonado por la velocidad que iba tomando
al bajar alguna cuesta. El día de mi Primera Comunión, nada más salir de misa,
sin esperar siquiera a recibir los regalos de mis familiares, me fui con
Paraguayín al Pozo del Coco a mirar la botella que habíamos echado la tarde
anterior -antes pescábamos bobas con las botellas de champán, rompiéndoles el
culo, que lo tenían hacia adentro y estrechito, y metiéndoles dentro migas de
pan-, y me caí al río, fastidiándoles a todos la fiesta, por tener que irme más
que a escape a casa para cambiarme de ropa. Siempre que me metía descalzo al
río Najerilla a pescar a mano, me hacía una “javetada” profunda con alguna
hojalata o algún cristal -desalmados ha habido en toda época-. Menos mal que en
una ocasión, cuando pescando a mano descubrí una bomba de aviación en una de
las cepas del Puente de Piedra, se me ocurrió avisar a la Guardia Civil en
lugar de cogerla, porque de haberlo hecho, vista mi trayectoria, seguro que me
explota. Si me tiraba al río desde lo alto de alguna mimbrera, calculaba mal la
profundidad y me daba una morrada cojonuda con las piedras. Si era por un
patinete de los que hacíamos en las faldas del Castillo, venía a resultar que
mi tabla tenía una punta y me hacía un siete en el pantalón corto de tergal al
final de la cuesta. Si se escapaba alguna piedra en las batallas que a pedrada
limpia preparábamos, iba derechita a mi cabeza…, y así un sinfín de aventuras
más que, aunque a ustedes les hagan pensar lo contrario, no cambiaría por lo
más sublime que se pueda codiciar, tanto en esta vida como en la otra”.
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domingo, 31 de mayo de 2020
Recuerdos de infancia.
Aunque ahora mismo no
se acuerde de ello ni San Pedro, hubo un tiempo en el que los sanjuanes fueron
muy conflictivos porque, además de existir en las “Vueltas” lo que la gente
mayor calificaba de gamberros, carecíamos de la circunvalación que actualmente
tenemos, y el tráfico rodado tenía que permanecer parado en el Arrabal de la
Estrella y en la calle San Fernando, hasta que cruzara el Puente de Piedra
bailando el último sanjuanero. En aras de solucionar estos insufribles
problemas, el Alcalde de turno tuvo la feliz idea de enviar a las Vueltas a los
municipales -antes conocidos como serenos-, para que, al intimidar con su
presencia a los gamberros, se dieran bien las Vueltas en el Paseo, y
agilizaran, empujándoles hasta quedar sin resuello, el paso del Puente de
Piedra de los bulliciosos y exaltados sanjuaneros. Hasta aquí, todo parece,
además de acertado, correcto. Pero vino a resultar -nadie cayó en ello- que
entre los serenos se hallaba el más entusiasta sanjuanero, por lo que, a la
primera de cambio, Benedicto Hervías “Morgón”, harto ya de dar brinquitos
escondido tras un platanero, se metió en todo el mogollón a dar las vueltas
alrededor del viejo quiosco, con el flamante uniforme de guardia recién puesto.
Y no se conformó el insurrecto con dar un par de vueltas para matar el
gusanillo, no; las dio todas enteritas y, no conforme con ello, sin dejar de
bailar con el uniforme nuevo, bajó el Paseo, cruzó el Puente de Piedra,
atravesó la Calle Mayor, dio las vueltas en la Plaza de España, y fue a las
cinco de la tarde, en lugar de a las dos, al puesto de guardia a hacer el
relevo. Enterada la máxima autoridad de semejante suceso, hizo llamar al
indisciplinado sereno y, tras adelantarle que por lo que había hecho se le iba
a caer el pelo, le preguntó en qué pensaba cuando se mezcló entre la muchedumbre
estando de servicio con el flamante uniforme de guardia municipal puesto. A lo
que Benedicto Hervías “Morgón”, con mucha educación y respeto, contestó que a
quién se le ocurre mandarle a él, sanjuanero mayor del reino, de servicio y con
uniforme nuevo, a que vigile cómo dan los demás las vueltas en el Paseo. Que no
se arrepentía de lo hecho y que, sin ningún género de dudas, aunque con ello se
jugara el puesto, cuantas veces lo mandaran, volvería a hacerlo. Como quiera
que, además de ver a “Morgón” en su contestación tan firme y resuelto, los
serenos lejos de intimidar exaltaban mucho más a los sanjuaneros, el Alcalde
tomó la sabia decisión de ponerle servicio a Benedicto todos los sanjuanes,
pero sin el uniforme, como sanjuanero, para que, además de hacer lo que de
todas las maneras iba a hacer, dar las vueltas, condujera a los sanjuaneros
durante el peregrinaje hacia la Plaza de España, con su infinito y contagioso
amor a estas benditas fiestas, a paso ligero. Y a partir de aquel año, y hasta
que se hizo la circunvalación, gracias al entusiasmo de este gran sanjuanero,
los najerinos la gozamos como enanos en San Juan, sin dar motivos de cabreo, ni
a alcaldes, ni a serenos, ni a viajantes, ni a camioneros.
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sábado, 30 de mayo de 2020
Recuerdos de infancia.
Desde muy pequeñito,
siendo casi un niño, no sé si por instinto aventurero o por querer matar el
hambre, abandonaba yo mi hogar muy tempranito y me colaba por la abertura de
una de las onzas de chocolate que tenían antes las puertas de la calle, y me
metía en la cama de mi vecina Concha, que era mi segunda madre, a aprovecharme
del calorcito que había dejado en ella Modesto, su marido -que en gloria esté-,
a la espera de que me diera después, para desayunar, un gran tazón de leche. Cuando
arreglaron la puerta, medio en pelotas en la calle, me ponía a llamarla
lloriqueando, hasta que se levantaba de la cama y bajaba a por mí con una manta
para arroparme. Por la tarde, a la hora de merendar, pasaba donde mi otra
vecina y tercera madre, la Águeda -que en gloria esté también-, en busca de una
rebanada de pan rociada de vino y espolvoreada de azúcar que me sabía a gloria
bendita, y, después de zampármela en un abrir y cerrar de ojos, volvía a mi
casa a pedirle a mi primera madre, mi Celineta del alma, el gigantesco trozo de
pan con las dos onzas de chocolate que cada tarde me metía entre pecho y
espalda. Al anochecer, cuando oía ruido de pucheros y sartenes e intuía que la
Águeda iba a prepararles a los suyos las patatas fritas con huevos, mi cena
favorita, entraba sigilosamente en su casa y me escondía debajo de una cama
hasta que las patatas estuvieran servidas en los platos, para salir de mi
escondite veloz cual el rayo, y comenzar a zampármelas antes de que Demetrio,
Daniel, Vitín y la Toñi se sentaran a la
mesa a ver caer los huevos fritos sobre ellas. La Águeda, que de sobra conocía
mis mañas, ponía una ración más como el que no quiere la cosa, y dejaba que yo
me las comiera, cual si ella no se diera cuenta. Cuando me había puesto como el
Quico -si se descuidaban los dejaba a todos sin cena-, me besaba dulcemente y,
con una sincera, bendita y luminosa sonrisa, me enviaba a mi casa con mi
querida Celineta. Y así anduve durante años, de cama a cama y de jala a jala, y
duermo y jalo porque me toca, como los puentes del juego de la Oca, hasta que,
al trasladarnos mi familia y yo a otra casa, se acabaron para siempre los días
de pan con vino y azúcar, aunque no cesaron nunca, empero, los sentimientos de
sincero e infinito amor. Cuando Águeda y Concha se subieron con los suyos a
vivir al barrio de Wichita, y aparecía yo por allí repartiendo cartas, ambas se
deshacían en cumplidos conmigo, invitándome a desayunar mientras a escondidas
me metían algunas galletas, mantecados o magdalenas en el bolsillo. Ahora
mismo, después de tantos años, no sería capaz de pasar por ese barrio sin
entrar a mi querida Concha, y recordar cariñosamente a mi no menos querida
Águeda, que el Señor se llevó a los cielos, para que compartiera con Él su
celestial mesa.
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Eusebio Hervías del Campo
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viernes, 29 de mayo de 2020
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Recuerdos de infancia.
Cuando éramos aún muy
niños, soñábamos con ser mayores para poder entrar al cine a ver las películas
de 14, 16 y 18 años, que se nos antojaban maravillosas por el hecho de estar
prohibidas para nosotros, los enanos. Es increíble cómo desde pequeñitos
despreciamos el presente soñando con un futuro, inmediato o lejano, pasando a
ser simples espectadores, en lugar de protagonistas de nuestros actos.
Muchísimas de las cosas maravillosas que pudimos hacer y vivir en nuestra
infancia, pasaron por nuestras vidas de soslayo, por estar a todas las horas
del día anhelando algo que, además de no ser acorde a nuestra edad, a buen
seguro nos hubiera resultado extraño. Menos mal que, aunque puñetera y
traidora, la vida permite vivir de prestado, y gozas o vives ahora mismo, lo
que hiciste hace muchísimos años. ¡Algo es algo! Sea como fuere, y sin entrar
en profundidades, que no es a lo que en este artículo íbamos, la cuestión es
que por el hecho de prohibirnos algo -quizá de no haber existido aquello de los
rombos, jamás hubiéramos reparado en ello-, estábamos a todas las horas del día
pensando cómo haríamos para entrar a las
películas de catorce años. Y así surgía lo de ir a la taquilla con zancos -los
botes de conserva con cuerdas, de los que ya les he hablado-; el ponernos uno
encima del otro tapados con un abrigo; el ligarnos a los porteros poniendo
carita de pena para que disimularan cuando entrábamos; el encargarle a una
persona mayor que te sacara la entrada y te agarrara al entrar cual si fueras
algún allegado; el auparnos, el colarnos… Todo menos jugar, que es a lo que a
esa edad estábamos llamados. Cuando todo lo que habíamos maquinado resultaba
vano, visiblemente rendidos y desolados, pegábamos nuestras inocentes caritas
en los cristales de las puertas de la calle e intentábamos de cuando en cuando
-sobre todo cuando alguien abría las puertas del cine para salir a comprar o a
mear- ver entre las corinas algún cuadro. ¡Qué inocentes éramos! Y así
anduvimos hasta que… ¡por fin!... llegamos a los ansiados catorce años y
pudimos entrar al cine como unos hombrecitos a comprobar que nada habíamos
ganado; que no había valido la pena el desperdiciar tantas y tantas horas de
juego y diversión durante tantos años. Y lo peor de todo, es que no aprendimos
la lección, pues cuando tuvimos catorce, soñábamos con tener dieciséis, y
cuando tuvimos los dieciséis, anhelábamos tener dieciocho, y cuando también los
tuvimos, quisimos tener veintiuno, que era la edad legal de ser mayor…, y la de
ir a cumplir con la Patria, dándole otros dos hermosos y caros años, jugando a
ser un buen soldado. Menos mal que estos torpes empeños ocuparon muy poco
espacio en el inconmensurable cielo de nuestros impolutos sueños, y, en el
cómputo total, apenas interrumpieron un instante nuestras diversiones y
nuestros juegos, gracias a lo cual, ustedes leyendo y yo escribiendo,
recordamos aquellos maravillosos días en los que, casi sin interrupción,
jugábamos al “Piso, piso, tón”; al “Raspe”; al “En ti quedé”; al “Pelotazo”; al
“Cero”; al “Hinque”; al “Escondite”; al “Un, dos, tres, te veo” y a tantos y
tantos juegos que nos hicieron ser niños afortunados, entonces, y ahora hombres
buenos.
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Eusebio Hervías del Campo
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jueves, 28 de mayo de 2020
Recuerdos de infancia.
Esta típica y atrayente
estampa najerina se repetía cada verano en nuestras calles y portales, cuando
las señoras Pili, Gregoria y Julia vareaban la lana de los colchones de
nuestras casas, para devolverles la dignidad perdida en todo un año de penurias
y calamidades. Estas esforzadas mujeres, después de llegar a un acuerdo
económico con nuestras madres -me consta que bastante paupérrimo, para la labor
que realizaban-, descosían las fundas de los colchones, sacaban de ellas la
lana y la extendían en el suelo para golpearla una y otra vez con sus varas -no
recuerdo con exactitud si eran de avellano o de mimbre-, a la vez que la
lanzaban por los aires, para darle la vuelta antes de que cayera al suelo y no
golpear sobre la misma repetidamente, hasta dejarla suelta, ligera y muelle como
el mismísimo aire. El sonido que las varas de estas artesanas emitían cuando
golpeaban con furia la lana, causaba tal arrobamiento en nosotros, que éramos
incapaces de irnos de donde estaban -yo seguía casi siempre a la señora Julia,
por ser vecina y amiga-, hasta que no terminaban de darle. Cuando el colchón
que iba a ser vareado era el tuyo, te quedabas a contemplar toda la operación,
en el portal o en la calle, y veías como después de haber quedado la lana
limpia, oxigenada y suave, volvían a meterla en la funda bien repartidita y,
sentándose en el suelo con las piernas estiradas, canturreando, cosían la
funda, colocaban los hiladillos y dejaban el colchón de nuevo listo para el
combate. Esta operación había que repetirla cada año porque, meadas aparte,
entonces los inviernos eran muy severos -descubrías la cama por la noche y
estaban las sábanas mojadas de la humedad-, y en todas las casas era menester
poner a diario sobre los colchones, caloríferos, bolsas o botellas de agua
caliente y braseros antes de acostarte.
De
heridas y cicatrices.
Como les anuncié en un
artículo anterior -lo prometido es deuda-, les hablaré en esta ocasión de cómo
explotábamos cualquier suceso -sobre todo en la escuela- para matar el hambre
cuando éramos niños. El que te ocurriera algún percance en época escolar, solía
convertirse en el acto en un auténtico chollo. Enseñar una herida o una
cicatriz -esto último era ya el súmmum- podía reportarte suculentos bocadillos
y deliciosos bollos. Esto ocurría durante el recreo y, aunque pueda parecer
mentira, lo mismo lo practicábamos los chicos que las chicas. Cuando alguien
aparecía por la escuela -igual daba el sexo- con algún parche, alguna gasa,
algún esparadrapo o algún miembro vendado o escayolado, se convertía súbitamente
en una auténtica atracción para nosotros, y todos contábamos con ansiedad los
minutos que quedaban para salir al recreo -esto sería imaginario, digo yo,
porque ninguno de nosotros tenía reloj- deseosos de que nos enseñara la herida
o cicatriz -imagínense el cuadro, sobre todo si era chica: “¡Enséñamela; venga,
mujer, enséñamela! ¡Te doy lo que quieras si me la enseñas!”- mediante un
razonable precio. Tal era el hambre, y tal era el morbo. Y ya que estamos en la
escuela, les diré, sin que salga de nosotros, que cuando estábamos en clase nos
teñíamos los chicles de colores con las minas
de las pinturas Alpino, y cuando salíamos al recreo, nos fumábamos las
hojas que se caían de los castaños de Indias en otoño, liadas en garabateadas
hojas de cuaderno, dejándonos hecho cisco el cuerpo.
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Eusebio Hervías del Campo
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miércoles, 27 de mayo de 2020
Recuerdos de infancia.
Afiladores,
estañadores y paragüeros.
En aquellos años era
frecuentísimo encontrarte por las calles najerinas a los afiladores y a los
estañadores y paragüeros, reclamando nuestra atención para que, por un módico
precio, dejaran nuestros utensilios como nuevos. Los afiladores, venidos de
tierras gallegas, si mal no recuerdo, iban con su bicicleta en una mano y un
curioso silbato en la otra, que hacían sonar casi ininterrumpidamente de un
modo tan peculiar, que era imposible confundirlos, para que nuestras madres les
bajaran a afilar las desgastadas tijeras y los castigados cuchillos. Cuando
esto ocurría, el afilador colocaba la estructura metálica -parecida a una gran
parrilla de bici- bajo la rueda trasera de su bicicleta, para que esta quedara
en el aire, y colocaba una polea que iba desde la rueda hasta la piedra de
afilar, que estaba situada en el manillar, y comenzaba a pedalear sin parar
mientras pasaba por la piedra el cuchillo o la tijera, despidiendo infinidad de
aquellas chispas que tanto alborozo causaban en nosotros. Mientras
desarrollaban esta labor, siempre silbaban alguna canción, meneándose la gorra
de arriba debajo de cuando en cuando, hasta acabar la operación. Después de
haber recorrido todas las callejuelas de la ciudad ofreciendo sus servicios a
nuestras madres, se encaminaban hacia las carnicerías y pescaderías que había
en la Calle Mayor, con la esperanza de que los cuchillos de grandes dimensiones
y los machetes que utilizaban en estos negocios para descuartizar carnes y
pescados, les proporcionaran una ganancia mayor. Aunque en Nájera teníamos al
señor “Perrella” -perdonen que no recuerde su nombre- para estañar nuestras
cazuelas y pucheros, era muy frecuente ver por nuestras calles a los típicos
estañadores -quinquis o mercheros, como ustedes quieran-, que nos ofrecían
arreglar por cuatro reales cazuelas, pucheros, paraguas, jergones y todo
aquello que tuviéramos roto. Venían siempre en familia y cuando alguna de
nuestras madres requería sus servicios, se sentaban informalmente en el suelo
y, tras desplegar por doquier todo el instrumental, se ponían a estañar o
colocar barillas sin desmayo, hasta dejar aquello que les había sido confiado
como nuevo. Después, como nómadas que eran, desaparecían de nuestra ciudad sin
que nos diéramos cuenta, y se dedicaban a recorrer los pueblos ofreciendo sus
servicios, con la única pretensión de ganarse cada día el sustento. Y hablando
de cazuelas y pucheros, he de decirles también que, sobre todo en verano, para
librarnos de la obligada y fastidiosa siesta y poder quedarnos toda la tarde en
nuestro bienamado Najerilla, nos ofrecíamos voluntarios a diario para ir a
arenarlos en sus límpidas aguas, con aquella mezcla de arena y cascajo menudo
que hacía de estropajo.
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Eusebio Hervías del Campo
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martes, 26 de mayo de 2020
Conato de incendio en el Parque Natural.
La noche del pasado
domingo hubo un conato de incendio en el Parque Natural del Najerilla, que no
pasó de eso, gracias al aviso de dos najerinos. Ya han intentado quemarlo dos
veces en lo que va de año. El día que el -o los- pirómano lo consiga, se va a
quemar del todo, merced al deplorable estado de abandono al que el Ayuntamiento lo tiene condenado.
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Eusebio Hervías del Campo
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Recuerdos de infancia.
Cuando las inclemencias
del tiempo nos obligaban a quedarnos dentro del colegio durante el recreo,
nuestro juego favorito era el de la “ía de correr atados” en el pasillo y en
los retretes. Aquello era la leche. Comenzábamos, como siempre, donando, y al
que le tocaba la aceituna -ya he explicado esto en algún otro artículo-, la
quedaba, y tenía que dedicarse a ir cogiéndonos a todos los demás -jugábamos
por lo menos cuarenta-, de uno en uno, hasta que no quedara libre ninguno. A
medida que iba cogiéndonos, nos íbamos atando, entrelazando nuestras inocentes
manos, haciendo así que cada captura dificultara mucho más nuestros
movimientos. En el pasillo nos venía bien el estar muchos, por aquello de que
lo ocupábamos entero, pero cuando alguno de nosotros conseguía subirse encima
de los marcos de las puertas de los retretes, la cosa se ponía más peliaguda,
porque era imposible maniobrar con agilidad entre ellos, yendo atados veinte o
treinta chicos. Esto era posible -lo de corretear por los marcos- porque el
techo de la escuela era altísimo y los marcos de las puertas no medían más de
dos metros, lo que nos permitía desenvolvernos sobre ellos cual si estuviésemos
en el suelo. Para subirnos, teníamos que trepar por cualquiera de los tabiques
que los dividía, después de habernos lanzado sobre él desde el retrete -imagínense
ustedes cómo seríamos de enanos, y cómo dejábamos las paredes con las suelas de
nuestros zapatos-. Además de esta defensa natural, yo practicaba un buen truco
para que no me pillaran, que consistía en colgarme, por la parte de afuera, en
la ventana que había en el centro del habitáculo para ventilar e iluminar los
retretes. La algazara que se preparaba en este juego era tal, que para
explicarla no encuentro palabras. Pero sí las hallo, empero, para decirles que
gracias a ella, nos ganábamos algún tortazo cuando pillábamos cabreado a algún
maestro. Gracias a lo cual, ahora que no nos oye nadie, les diré que cuando
fuimos un poquito más mozos, en no pocas ocasiones, les pusimos botes con agua
sobre las puertas entreabiertas de sus retretes, para vengarnos de ellos.
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Eusebio Hervías del Campo
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