martes, 3 de noviembre de 2026

El umbral mínimo de la decencia democrática.

Fotografía del diario Público.

Llora la tierra bajo el peso del fango, pero pesa más el silencio de quienes debieron alzar la voz antes de la tormenta. Hay un dolor antiguo que se renueva en cada tragedia, una herida abierta en la memoria de un país que contempla, con impotencia, cómo el luto se convierte en un tablero de conveniencias. Las víctimas —aquellas almas que el 29 de Octubre de 2024 sumaron doscientas treinta y cuatro ausencias irreparables— merecen el santuario del respeto absoluto, no el frío cálculo de la distracción ni la impunidad del olvido. Resulta desolador constatar la asimetría del decoro público. Mientras la responsabilidad política empuja a algunos a dar la cara, a ofrecer explicaciones minuciosas desde el primer minuto y a asumir las consecuencias éticas de su gestión, en otros sectores impera el repliegue y la ceguera voluntaria. No es justo que el valor de una vida, o la gravedad de una negligencia cometida en horas cruciales de zozobra, dependa del color de las siglas que gobiernan. La exigencia de responsabilidades y la dimisión inmediata ante la catástrofe no deberían ser un acto de heroísmo, sino el umbral mínimo de la decencia democrática. Que el dolor del pueblo no sea nunca más un arma selectiva, sino el espejo donde se refleje, por fin, la justicia. 

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