sábado, 8 de agosto de 2026

El adiós de las golondrinas.

Pido perdón por la calidad de la foto; aún no había amanecido.

Por estos días, el cielo de Nájera se llena de murmullos. Las golondrinas se reúnen en un cónclave silencioso antes de emprender su colosal viaje de 11.500 kilómetros hacia las tierras cálidas de Sudáfrica. Se despiden del verano antes de tiempo, adelantando una partida que las llevará a desafiar un horizonte lleno de peligros. En su travesía las acechan los tendidos eléctricos, la caza, el desierto de la agricultura intensiva impregnada de pesticidas y la mano del hombre que altera sus paisajes de paso. El viaje es implacable: la fragilidad de estas pequeñas aves migratorias hace que muchas de ellas no logren sobrevivir a su primera gran aventura. Emprenden el vuelo ahora, cuando los días empiezan a acortarse, tras haber apurado la crianza y transformado el alimento en las reservas de grasa que sostendrán sus alas. Vale la pena detenerse a mirar el milagro que dejan atrás. Para sacar adelante a sus polluelos, los incansables progenitores llegan a capturar cerca de 100.000 insectos -unos cuatro kilos de vida- por cada una de las tres nidadas que pueden regalarle al año a nuestros cielos. Son nuestras guardianas silenciosas contra las plagas. Por eso, recordar su valor es también recordar nuestro deber. Todas las especies de golondrinas, aviones y vencejos están amparadas por las leyes europeas y estatales de biodiversidad. La legislación protege su hogar y prohíbe expresamente dañar sus nidos, castigando la inconsciencia con multas que pueden alcanzar los 200.000 euros. Respetar sus nidos, tanto en la época de cría como en su ausencia, no es solo un acto de respeto hacia nuestra propia salud y nuestros bolsillos; es un pacto de gratitud con la naturaleza que volverá a florecer cuando ellas regresen de nuevo.