| Pido perdón por la calidad de la foto; aún no había amanecido. |
Por estos días, el
cielo de Nájera se llena de murmullos. Las golondrinas se reúnen en un cónclave
silencioso antes de emprender su colosal viaje de 11.500 kilómetros hacia las
tierras cálidas de Sudáfrica. Se despiden del verano antes de tiempo,
adelantando una partida que las llevará a desafiar un horizonte lleno de
peligros. En su travesía las acechan los tendidos eléctricos, la caza, el
desierto de la agricultura intensiva impregnada de pesticidas y la mano del
hombre que altera sus paisajes de paso. El viaje es implacable: la fragilidad
de estas pequeñas aves migratorias hace que muchas de ellas no logren
sobrevivir a su primera gran aventura. Emprenden el vuelo ahora, cuando los
días empiezan a acortarse, tras haber apurado la crianza y transformado el
alimento en las reservas de grasa que sostendrán sus alas. Vale la pena
detenerse a mirar el milagro que dejan atrás. Para sacar adelante a sus
polluelos, los incansables progenitores llegan a capturar cerca de 100.000
insectos -unos cuatro kilos de vida- por cada una de las tres nidadas que
pueden regalarle al año a nuestros cielos. Son nuestras guardianas silenciosas
contra las plagas. Por eso, recordar su valor es también recordar nuestro
deber. Todas las especies de golondrinas, aviones y vencejos están amparadas
por las leyes europeas y estatales de biodiversidad. La legislación protege su
hogar y prohíbe expresamente dañar sus nidos, castigando la inconsciencia con
multas que pueden alcanzar los 200.000 euros. Respetar sus nidos, tanto en la
época de cría como en su ausencia, no es solo un acto de respeto hacia nuestra
propia salud y nuestros bolsillos; es un pacto de gratitud con la naturaleza
que volverá a florecer cuando ellas regresen de nuevo.