El murmullo del agua debería dictar la ley en la Chopera del Tordo. Allí donde el río Najerilla no se puede cruzar andando, alguien debería desafiar la corriente con la humilde arquitectura de la madera. Puntal a puntal, madero a madero, tabla a tabla, el puente clava sus promesas sobre el lecho del río. Es una pasarela de madera viva que enlaza el vértigo de Paso Malo con la quietud frondosa de La Manzanera. Así nacería cada primavera un sendero de aire y madera para el deleite de los najerinos. Los paseantes cruzarían suspendidos entre el aroma del chopo y el canto del tordo. En esa estación, el puente sería un balcón hacia el verde tierno de las hojas. En verano, un refugio fresco contra el sol riojano. El otoño lo cubriría de alfombras doradas y el invierno lo envolvería en una niebla mágica que invita al recogimiento. Sería un camino placentero diseñado para unir dos bellezas cercanas. Sin embargo, toda tregua con el río tiene un precio. Los constructores tienen que ser conocedores del pacto invisible con la naturaleza. Han de saber que tarde o temprano llegará el deshielo de la nevada o una crecida imprevista de tormenta. El agua reclamará su espacio con furia ensordecedora y se llevará puntales, maderos y tablas río abajo. El puente nacerá para morir, pagando su tributo anual al Najerilla como hacía el que siempre hubo donde actualmente está la pasarela. Pero en el corazón de Nájera habita la paciencia del artesano, y cuando las aguas se calmen, las manos volverán a rehacerlo, porque la belleza de unir dos parajes tan emblemáticos y hermosos siempre valdrá el esfuerzo de volver a empezar.
