miércoles, 7 de octubre de 2026

Luz y sombra en la Ruta de los Monasterios.

Ayer, las manos encargadas de cuidar el camino de la Ruta Cicloturista de los Monasterios del Valle de la Lengua se entregaron a la tarea de proteger su trazado. Con esmero, extendieron y apisonaron una generosa capa de jabre; una alfombra protectora pensada para calmar la tierra rota por las lluvias, permitiendo que el agua se filtre sin herir el suelo y evitando que la senda se rinda ante el fango. Cuando alcancé el mediodía, mis pasos me llevaron al tramo que abraza la nueva pasarela de madera del Parque Natural. Allí, entre su inicio y su final, el camino se abría limpio, luminoso y sagrado, sin una sola huella que rompiera su quietud. Desgraciadamente -porque la belleza siempre parece exigir un peaje-, la perfección se truncó al mirar abajo. En el cauce del río Muelo, justo donde el agua corta el camino, continuaba tirada una vieja señal. Se llevaron las vallas, retiraron los alambres del gavión, pero olvidaron liberar al río de ese frío rastro de metal.