El pasado mes de Agosto, el cielo de Nájera se llenó de murmullos. Las golondrinas se reunieron en un cónclave silencioso antes de emprender su colosal viaje de 11.500 kilómetros hacia las tierras cálidas de Sudáfrica. Se despidieron del verano antes de tiempo, adelantando una partida que las llevará a desafiar un horizonte lleno de peligros. En su travesía las acechan los tendidos eléctricos, la caza, el desierto de la agricultura intensiva impregnada de pesticidas y la mano del hombre, que altera sus paisajes de paso. El viaje es implacable: la fragilidad de estas pequeñas aves migratorias hace que muchas de ellas no logren sobrevivir a su primera gran aventura. Emprenden el vuelo ahora, cuando los días empiezan a acortarse, tras haber apurado la crianza y transformado el alimento en las reservas de grasa que sostendrán sus alas. Aviones roqueros. A diferencia de otras golondrinas, en lugares como España, los aviones roqueros son residentes habituales durante todo el año. En lugar de cruzar grandes distancias hacia el sur de África, realizan migraciones altitudinales: pasan el verano en la alta montaña y bajan a las costas o zonas urbanas más cálidas durante el invierno. Curiosamente, este año han vuelto a concentrarse en Nájera miles de ellos -ya lo habían hecho algún otro año- lo que nos augura un cálido invierno.