Hoy se ha marchado mi Amigo
Javier Manzanares, ese “Javiman” eterno que habitaba en las sonrisas de tantos
niños y niñas que aprendieron a hacer teatro a su lado. Qué torpe y ciega ha
sido la muerte al arrebatárnoslo así, sin aviso, quebrando un hilo que aún
tenía tanta vida por tejer. Javi poseía un corazón colosal, uno de esos que no
caben en el pecho y se desbordan en cada gesto. Fue un torrente de generosidad,
desprendido y alegre, siempre habitado por una jovialidad emprendedora y
dispuesta. Era, tal como esculpió Machado en sus versos, “un hombre, en el buen
sentido de la palabra, bueno”. A lo largo de los años compartidos, fui testigo
de esa bondad infinita que no conocía límites: su mano era siempre la primera
en adelantarse sobre el mostrador, dispuesta a invitar, a celebrar la vida con
los suyos. Durante mucho tiempo anduvo a caballo entre Bilbao y su amada
Nájera, pero el destino terminó por arraigarlo aquí, entre nosotros. Fue en
esta tierra donde entregó su aliento creador, colaborando codo con codo con
Andrés Gómez Tejada y Mabel del Pozo en el alma de sus queridas Crónicas
Najerenses; aquellas mismas que su tío, don Justiniano García Prado, concibió y
estrenó con tanto orgullo. Me estremece el dolor y me rebela que la vida haya
sido tan injusta con él. Javi nos lo entregó todo, vaciándose en cada entrega,
y sin embargo la existencia apenas le devolvió una fracción de su propio
brillo. Por fortuna, en este mundo herido siempre florecen almas nobles: Raquel
Hermoso, Marta Ibáñez y su primo Miguel Manzanares fueron faros en su penumbra,
acompañándolo con devoción hasta su último suspiro. Daría el alma entera por
poseer el don de un poeta y ofrecerte hoy los versos más hermosos, Javi. Pero
al carecer de esa lira, solo me queda el latido desnudo de estas líneas,
escritas con la tinta de mi propia sangre y con la rabia impotente que me
provoca esta parca implacable.
Buen viaje, Amigo mío.
Te quiero.