domingo, 8 de noviembre de 2026

El latido de la tradición: Pedroso sabe a nuez.

Hay días en los que la tierra se vuelve fiesta y el otoño se viste de gala. Hoy, Pedroso no solo ha sabido a nuez; ha sabido a encuentro, a historia viva y a pura celebración. Más de tres mil almas riojanas nos hemos dado cita en este rincón mágico para celebrar la vigésimo octava edición de su ya legendaria  “Feria de la nuez”. Las calles, impregnadas de un ambiente envidiable, vibraban con el murmullo de la expectación y la alegría compartida. Pedroso, generoso y acogedor, se ha quedado pequeño un año más ante la maravillosa marea de visitantes que ha acudido a su llamada. El corazón de la feria latía en sus veintitrés puestos, donde los productores esperaban ansiosos, con los brazos abiertos y el orgullo en la mirada, para ofrecer el fruto rey: esa nuez de Pedroso que es pura joya de nuestra gastronomía. Pero el festín para los sentidos no terminaba ahí. Los expositores eran un auténtico canto a la abundancia de nuestra tierra, un despliegue tentador de quesos artesanos que hablan de pastos cercanos, miel dorada que encierra el alma de las flores, repostería local cocinada con mimo, chorizo y castañas asadas que despertaban el apetito al pasar, champiñones a la plancha dorándose al compás de las risas, licores elaborados con nuez y delicadas piezas de artesanía local. El día nos regaló una tregua climatológica perfecta, un equilibrio exacto donde ni el frío ni el calor se atrevieron a romper el encanto. Para templar el cuerpo y alegrar el espíritu, los alumnos del Colegio Nuestra Señora de La Piedad de Nájera ejercieron de anfitriones perfectos, repartiendo un excelente caldo calentito que sabía a hogar. La emoción se respiraba en el aire, avivada por el ritmo del grupo de danzas, la buena música que envolvía cada rincón y la ilusión compartida del tradicional sorteo: un magnífico jamón escoltado, como no podía ser de otra manera, por su correspondiente estuche de buen vino, cortesía de los jóvenes del IES Esteban Manuel de Villegas, también llegados de Nájera. El éxito fue tan rotundo, tan desbordante, que la pasión de los visitantes terminó por agotar las existencias de muchos de los puestos, dejando un rastro de sonrisas y cestas llenas. Y como toda gran jornada riojana merece un broche de oro a la altura, el final de la fiesta se sirvió en plato hondo. Centenares de raciones de exquisitos caparrones, cocinados con el alma de la tradición, se repartieron entre los presentes acompañados de sus sagrados sacramentos, pan crujiente, vino de la tierra y, por supuesto, más nueces. Hoy hemos confirmado que las tradiciones no solo se heredan, se saborean; y que Pedroso, año tras año, nos regala un día para el recuerdo. ¡Que vivan la nuez y las gentes que la hacen posible!

1 comentario:

Eusebio Hervías del Campo dijo...

Como dato curioso, el jamón y el vino han ido a parar al dueño del puesto de queso.

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