Hoy ha partido en las blancas alas de la parca mi tía Carmen, la mujer más hermosa del mundo en el sentido más amplio y profundo de la palabra. Mi tía Carmen no era de este mundo. Parece imposible que una persona que sufrió tantas vicisitudes jamás haya alzado la voz, ni se haya detenido a mirar el lado oscuro de la vida. Cuando repartía el correo y pasaba por su casa, siempre subía a conversar con ella. A pesar de las terribles vivencias que me confiaba, jamás vi un mal gesto en su rostro ni escuché de sus labios una palabra amarga. Era la inocencia y la bondad personificadas; creo que desconocía el significado del rencor. A cada retazo de su historia le hallaba siempre el lado luminoso. En su hogar nunca faltaron un sitio ni un plato de comida para quien llamara a la puerta, y nadie se marchó jamás con las manos vacías. Era de esas almas nobles que dan generosamente lo que ellas mismas necesitan, sin mirar a quién, como el buen dador que no busca reconocimiento. Amaba Nájera con locura: su río, su plaza, su paseo, sus callejuelas… Además, cantaba como los mismos ángeles. De joven hizo teatro, entregó su voz a la Coral Najerense hasta que el cuerpo se lo permitió, e iba a misa cada día. Era creyente y practicante hasta la médula. Desde pequeña asistía al templo a escondidas por circunstancias que hoy no viene al caso evocar. Sin embargo, el día en que mi entrañable abuela Sofía, su madre, descubrió su secreto, la estrechó en sus brazos y le dijo con firmeza y ternura: «Hija mía, sé que vas a misa a escondidas. No lo hagas nunca más; no te ocultes de nadie y camina siempre con la cabeza bien alta». Desde aquel instante, jamás dejó de acudir a su cita con la fe. Podría contar tantas virtudes de mi bienamada tía que los recuerdos serían infinitos. Pero guardaré ese tesoro en reposo para otra ocasión. Hoy solo quiero llorar su partida, con el consuelo y la alegría de saber que ya está con Dios, a quien tanto amó, disfrutando de la paz del cielo junto a los suyos.
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