miércoles, 20 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.


De cuando los niños éramos los verdaderos protagonistas de las fiestas de San Juan.
Mucho antes de que el señor Quico diera los tres golpes de bombo, “pom, pom, pom”…, nosotros ya estábamos alborotados esperando el comienzo de nuestras soñadas “Vueltas”. La mayoría habíamos estado almorzando en el cascajo con nuestros padres -antes tenían esa buena costumbre-, y el ansia de bailar al son de la “morena y la rubia, hijas del pueblo de Madrid”, alrededor del viejo quiosco, hacía que se nos antojara larguísima la espera. Cuando ya estábamos hechos cisco de tanto correr y empujarnos unos a otros, comenzaban las Vueltas y, con ellas, nuestra particular hazaña: conseguir darlas enteras y llegar después sanos y salvos hasta la Plaza de España. Era en el peregrinar hacia dicha plaza donde nosotros adquiríamos todo el protagonismo. Nos agarrábamos todos de las manos y formábamos grandes corros que se estiraban y encogían al compás de nuestras coplillas, ajenos a la gente y a los músicos. No oíamos la música -ni puñetera falta que nos hacía-, pero no nos importaba porque nuestra ilusión no era retrasar la llegada a la plaza, sino adelantarla, y les sacábamos grandes distancias a los sufridos músicos, que se las tenían que ver con los mayores, mientras cantábamos sin cesar el “Caracolero de Tricio”, “Has de bailar, que te tengo dar perucos”, “En el corral de Tivo ha caído un aeroplano”, “Ha venido un carro lleno de tijeras”, “Nos han obligado a cambiar de herrero”, “Ay, Viriato”, “El aldeano tiró la piedra”, “Beber, beber, beber es un gran placer”, “Ay, Manolé”, “Si no tienes un duro no te hace caso nadie”, “El 24 de Junio”, “Ojalá te emborracharas, Manuel”, “Ya llegó el verano, ya llegó la fruta”, “Severín Severín”, “Si te pega tu marido”, “Qué chispa tienes, Calatayud”…, y un larguísimo rosario de canciones que conformaban el riquísimo y olvidado folclore sanjuanero. Cuando los mayores  no habían llegado aún al Puente de Piedra, nosotros ya estábamos sentados en el suelo de la Plaza de España, esperando ufanos la llegada de los torpes, de los retrasados. ¡Habíamos conseguido llegar, y además les habíamos ganado! Cuando asomaban por el antiguo Bar Hispano, aplaudíamos -los niños de entonces éramos solidarios y animábamos a los perdedores- y nos poníamos rápidamente de pie para volver a dar las “Vueltas” y marchar a todo meter a casa a comer, para preparar los botes de fruta en conserva y las botellas de limonada, naranjada y cola que nos servían de merienda en la Fuente de la Estacada. Después de habernos puesto ciegos de melocotón y piña en almíbar y de que los refrescos nos salieran por las orejas, nos dirigíamos a la Plaza de España a seguir la juerga, mientras los mayores comenzaban a ubicarse en las frondosas choperas para dar buena cuenta de las copiosas meriendas que transportaban en grandes cestos cubiertos con mantelitos de cuadros, que hacían que se nos fueran los ojos detrás de ellos, con una increíble envidia. Esta vez nos tocaba cantar la de “Hemos perdido, pero nos hemos divertido”. Y, como si tal cosa,  proseguíamos nuestra sanísima y personal juerga hasta que nuestros padres nos iban a buscar para llevarnos a casa a descansar. Aunque las fiestas de San Juan siempre serán especiales y nunca faltarán hermosas anécdotas que contar y añorar, quizá no estaría de más el que lleváramos a nuestros hijos a almorzar y los soltáramos después en el Paseo en busca del tristemente desaparecido folclore popular. ¡La fiesta seguro que nos lo agradecería!

martes, 19 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Cortar el Muelo.
Cuando un domingo por la mañana te levantabas a mear y, al darle al interruptor, no se encendía la luz, gritabas emocionado: ¡Han cortado el Muelo! ¡A pescar se ha dicho! Y te vestías a todo correr y, sin apenas desayunar, con las legañas en los ojos, salías de casa cual caballo desbocado, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, con dirección al Muelo, a coger truchas, cangrejos, loinas y barbos. Como era muy pequeño, te dirigías directamente al túnel que iba desde el camino de las huertas -donde hoy está el Frontón- hasta la fábrica de Harinas Vázquez y, provisto de un buen palo y de una linterna que alumbraba cuando quería, te ponías a matar a palazos las loinas -allí no había otra cosa- que desesperada e inútilmente trataban de salir del cauce hormigonado, casi seco, en busca de abundantes y oxigenadas aguas, poniéndote como un cristo del líquido elemento cada vez que lo golpeabas. Matar no matabas ninguna, pero acabar, acababas desriñonado y empapado. Rendido ante la cruda evidencia, pero con más moral que el Alcoyano, te dirigías risueño Muelo arriba a contemplar cómo pescaban los mayores en sus corros preferidos. Cuando llegabas a la casa de Benjamín, donde estaba la compuerta, sin poder vencer la tentación que el morbo te producía, te metías totalmente a ciegas por debajo de las casas, como si con ello te apoderaras de sus secretos más íntimos, hasta llegar al pilón de la Goíta, donde los hermanos Morras y Piegot pescaban truchas hermosas en las coladeras de los pilares de la fábrica de piensos de la Nedi Ochoa, mientras las ratas de agua huían despavoridas por encima de sus cabezas, poniéndote a ti los pelos de punta. Después de haberles visto coger una docena de ellas, subías a la soguería a probar fortuna entre los pescadores de cangrejos, que elegían esa zona por estar canalizada de forma natural, con canto rodado, lo que hacía que allí criaran miles de cangrejas entre los huecos de las piedras, pero a lo más que llegabas era a coger media docena de pequeñitos, de los que ellos no querían, metiéndotelos en el bolsillito del pantalón corto, para que te dejaran en carne viva las pantorrillas con sus pinzas. Sin saber cómo, aparecías en la fuente de La Estacada, donde había un tramo truchero por excelencia, pero como allí siempre se quedaba mucha agua, tus opciones eran nulas, por lo que, después de ojearlo unos instantes, subías aguas arriba -lo de aguas arriba es un decir, pues había tramos totalmente secos-, hasta llegar al Molino de San Julián, donde los conocedores de ese tramo cogían truchas, cangrejos y anguilas. En una ocasión, Caetano cogió una de más de cuatro kilos en el puente que cruza el Paseo. A partir de ahí, de la Central de Tricio para arriba, eso ya era otra historia, porque, aunque había muchísimas truchas, allí las cogían con remangas, trasmallos y otros artilugios de pesca, restándole emoción a la cosa. El Muelo se cortaba para limpiar su cauce de barro, berlañas, botes, latas, botellas, cajas y toda suerte de utensilios caseros -parecía un bazar-, tarea ésta que era llevada a cabo por los obreros de Vázquez y Ochoa, propietarios de los molinos y de las centrales que se alimentaban de sus aguas. De ahí que no se encendiera la bombilla cuando ibas a dar la luz. Cuando esto ocurría, todo el pueblo acudía muy de mañana al Muelo a pescar, para llegar antes que ellos, ya que, al igual que el caballo de Atila, por donde pasaba este batallón de limpieza con sus hoces, rastrillos y moriscas, no quedaba nada con vida. Huelga decir que era obligado meterse calzado, porque si no, la javetada era segura. Después de comer, a eso de las cinco de la tarde, sentados temerariamente en las barandillas del puente de la Goita, contemplábamos con obligada resignación cómo las aguas turbias del Muelo iban creciendo aceleradamente, arrastrando con ellas berlañas, botellas, hierbas y todo lo que tú habías visto, tocado y pisado con gran alegría por la mañana. ¡Qué tristeza más honda te producía! No obstante, enseguida te reponías pensando que cualquier domingo, cuando te levantaras a mear y fueras a dar la luz, ésta no vendría.

lunes, 18 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Hacer picia.
Aunque para algunas cosas no nos hacía falta la ayuda de nadie -sobre todo si se trataba de no pegar golpe-, lo cierto es que fue con la llegada de los “fuleros” -Juan y Pedro- y de “pezeta” -Juan-, que habían sido escolarizados en nuestro colegio por haber venido sus familias a nuestra ciudad a trabajar en la “Helma”, empresa dedicada a construir los canales del Najerilla y otras obras importantes, cuando muchos de nosotros comenzamos a hacer pifia -faltar a clase-, un día sí y otro también, en las soleadas y perfumadas tardes primaverales. A estos entrañables y recordados compañeros venidos de Andalucía -de ahí lo de fuleros y peseta-, no se les ponía nada por delante -eran más valientes que el Cid-, y a los pocos días de llegar, ganada ya totalmente nuestra amistad merced a su gracejo, comenzamos a planear lo que llevaríamos a cabo más tarde. La cosa comenzó con aquello de: “A que no hay cojone…”, y como cojones, con ese, sobraban, sin terminar la frase ya estábamos todos buscando tréboles de cuatro hojas en la Fuente de la Estacada, para que nos dieran buena suerte. Las actividades que llevábamos a cabo durante las horas de pifia -también llamada “escapa”- dependían en gran medida de la bondad de las tardes: si estaban fresquitas, nos íbamos por ahí, sin rumbo fijo, a recorrer las huertas, las choperas, las alamedas y los arrabales. Si por el contrario hacía calor, nuestro destino estaba claro: darnos largos y refrescantes baños en el Pozo del Gobierno, en la Subida y la Bajada y en la Pirámide, disfrutando en toda su plenitud de nuestro bienamado Najerilla, porque a esas horas y en esas fechas por allí no había nadie. Cuando nos sacudíamos del cuerpo la galbana, cosa que ocurría muy de tarde en tarde, nos íbamos al Castillo, a Malpica y a la Calavera, a coger cazueletas -aunque ya no era temporada-, a jugar a los indios, a jodernos los pantalones tirándonos de culo por los patinetes que hacíamos con agua en las pendientes, o a montar en burro -de vez en cuando había alguno por allí pastando- si teníamos suerte. Y así, holgazaneando y retozando vivíamos unos cuantos de nosotros la primavera plácidamente; y entre paseos, siestas, juegos y baños, íbamos aprendiendo triquiñuelas y maldades, y desechando de nuestras ya despejadas mentes, creencias banales como la de que toda mujer que llevaba una venda en el tobillo estaba con el mes de las flores. Pero como todo lo hermoso es efímero, y la alegría dura muy poco en la casa del pobre, el hacer pifia se nos acabó -hay amores que matan- por lo mucho que nos quería el maestro, que, preocupado por nuestras continuadas ausencias, dio cuenta de ellas a nuestros padres, quienes, además de darnos cuatro golpes bien dados, terminaron de un plumazo -cintazo sería más correcto decir- con nuestras soleadas y perfumadas tardes primaverales. Y ya que les he hablado a ustedes de andaluces y de la “Helma”, creo de obligado cumplimiento decirles que muchas de las familias que vinieron a trabajar aquí en aquel entonces, se quedaron a vivir entre nosotros para siempre, a diferencia de lo que ocurriera años más tarde con la “Coviles”. Aunque esa es otra historia y merece capítulo aparte.

domingo, 17 de mayo de 2020

¡Y al fin voló!

Ayer por la tarde, cuando dábamos el paseo de los confinados, nos encontramos en pleno camino un Águila Harris maltrecha, que apenas podía caminar. Después de haber llamado al 112, anduvo a trompicones hasta una viña cercana, donde reposó en una de las cepas durante media hora aproximadamente. Y, unos minutos antes de que llegara el Agente Forestal al que habían enviado a socorrerla, el Águila alzó el vuelo. Se da la circunstancia de que a pesar de formar parte de la familia del busardo o águila ratonera, es conocida popularmente como Halcón de Harris, uno de los más utilizados en el deporte de la halconería, por lo que dedujimos que el águila llevaba bastantes horas perdida, y al no haber recibido de su dueño el alimento necesario, se quedó exhausta.

Recuerdos de infancia.

Seme catama.
Un juego curiosísimo que nunca supe -ni ahora mismo lo sé- qué significaba, era el “Seme catama”, que se jugaba con balones pequeños y pelotas de goma -aquí usábamos mucho las que venían en las cajas de zapatos Gorila-, y que consistía en botar el balón o la pelota y pasar la pierna sobre él o sobre ella, a la voz de una, luego de dos y así hasta que hicieras mala. Ejemplo: “Seme catama, una, de la pole, pole, una, osmán”… Y tenías que pasar la pierna, haciendo verdaderos equilibrios, cuantas veces llevaras pasadas. A este juego jugábamos chicos y chicas juntos y tenía muchos cantares -el “Seme catama”, era sólo uno de ellos- que urge aclarar ahora mismo, eran cantados también en el juego de la soga. Así, por ejemplo, de este juego era típico el de: “No hay en España, leré -aquí pasabas la pierna-, puente colgante, leré -vuelta a pasar la pierna-, más elegante, leré -más de lo mismo-, que el de Bilbao, riau, riau”. Y aquí se pasaba dos veces. Por increíble que pueda parecer, las chicas eran tan ágiles jugando a esto, que no éramos capaces de verles nada  por más veces que levantaran las piernas. Qué traidoras eran. Y ya que mencioné en un artículo anterior el “Zampabollero, tápame el bujero”, explicaré hoy en qué consistía este juego. Se cogía un trozo de barro y, tras amasarlo cual si fiera la masa de las barras de pan, hacíamos una especie de cazuelitas que, al grito de “Zampabollero, tápame el bujero”, estrellabas con furia contra el suelo para que al chocar contra él, el aire que tenía dentro hiciera un agujero lo más grande posible, que los demás jugadores -no había límite- tenían que reponerte hasta taparlo entero, dejándolos a ellos con muchísimo menos barro, para que cuando te tocara a ti hacerlo, tuvieras que tapar un agujero mucho más pequeño, porque de lo que se trataba el juego, como casi todos,  era dejar a los demás jugadores sin su preciado tesoro. En este juego, tal y como indiqué con anterioridad, el barro no era un material humilde, sino algo muy valioso que defendíamos a cara de perro.
El aro.
Este juego, que a primera vista puede parecer de lo más tonto y aburrido, fue de los más practicados cuando éramos niños. Y ahora mismo, a la hora de escribir sobre él, no paro de preguntarme qué es lo que sentiríamos cuando le dábamos golpes al aro con el palo, poniendo cara de velocidad cual si fuéramos pilotos de Fórmula 1-siempre íbamos corriendo con él-, ya que entonces no teníamos televisión e ignorábamos que existiera incluso el “dos caballos”. Sea como fuere, lo cierto es que con cualquier objeto circular: una llanta o cubierta de rueda de bici; una cubierta de “Guzzi” -o como se ponga-, aquella moto que llevaba en el depósito las marchas; el asa de un cesto; la tapadera de aquellos bidoncitos de cartón que contenían ¿cola?; un hierro…, hasta las cubiertas de las ruedas de las “Vespas” y las “Lambrettas”, que te dejaban desriñonado por lo pequeñas y pesadas que eran, y un buen palo, te ponías morado de recorrer durante horas -íbamos con ellos hasta a los recados- todas las callejuelas de la ciudad dándole palazos  al aro de cuando en cuando. Algunos niños, sobre todo veraneantes, llevaban aros con guías de hierro, comprados en jugueterías, que causaban en todos nosotros un frontal rechazo. ¿Cómo podían comparar la mariconada de ir guiando un hierro, con ir dándole golpes a mansalva a una rueda con un palo? ¡Apañados estaríamos!

sábado, 16 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.


De ruedas y tracas.
Para seguir poco más o menos en la edad en la que se centra este maravilloso recuerdo, y no movernos de momento de la Plaza de España, que es donde estamos centrando los últimos juegos, hablaremos hoy de los fuegos artificiales de las fiestas, que aunque obviamente no son un juego, en esa época para nosotros sí que lo era. Tanto en San Prudencio como en San Juan Mártir, Lucerico nos preparaba en la Plaza de España unas ruedas repletas de fuego de artificio, clavadas en un rudimentario madero sustentado con unas tablas en forma de equis, y una traca suspendida en el aire a unos dos metros de altura aproximadamente, atada de árbol a árbol, para que nosotros la gozáramos como lo que éramos: enanos. Cuando las encendía -siempre comenzaba por las ruedas, guardando la traca para el final-, toda la chiquillería jugábamos a cruzarlas protegidos con gabardinas, paraguas, cajas de cartón y toda suerte de objetos, pero como no lo hacíamos todos en la misma dirección, y además apenas veíamos con los protectores que llevábamos puestos, nos pegábamos unos golpes de espanto, terminando casi todos en el suelo, bajo los multicolores fuegos, con los ropajes chamuscados. Con ser éste unos de nuestros divertimentos favoritos, no lo era menos observar cómo, ya fuera San Prudencio o San Juan Mártir, siempre aparecía al acabarse los fuegos de las ruedas, la imagen de San Prudencio, lo que hacía que todos al unísono diéramos estentóreos vivas a San Prudencio en San Juan Mártir, con manifiesto y puñetero cachondeo.
El yoyó.
Jugar al yoyó, o bailar el yoyó, para mejor decir, fue algo de tal magnitud, que llegaron a celebrarse campeonatos a nivel nacional. Nosotros, más humildes, nos conformábamos con no hacernos un lío cuando lo soltábamos de la mano con la intención de que no bajara muerto y subiera enroscándose con alegría, para poder repetir una y otra vez la operación. Cuando fuimos ya un poco más diestros en la materia, además de subirlo y bajarlo con alegría, lo lanzábamos para delante y para atrás, y dábamos vueltas enteras sin que dejara de bailar. El yoyó en cuestión era un aparatito circular de plástico, parecido a un carrete de pesca de lombriz, formado por dos circunferencias unidas por el vértice, donde se anudaba un cordel como de metro y medio de largo, con el fin de enroscarlo para que, al lanzarlo, se desenroscara y lo hiciera bailar. Lo bueno de este juego -si es que así se le puede llamar- era que no tenía reglas, ni normas, ni cuadrillas que formar. Lo malo, que en cuanto lo bailabas un rato, como no era un juego participativo, estabas deseando ir a la Plaza a juntarte con toda la chiquillería y ponerte a jugar al marro, al encuentro o al burro, que eran juegos de verdad.

viernes, 15 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

El juego de la Trus.
Como iremos comprobando a lo largo de diferentes artículos -para qué nos vamos a engañar-, a la escuela íbamos a todo menos a estudiar; y tanto en horas de clase como en el recreo, no parábamos de poner en práctica lo único que sabíamos hacer: jugar. El juego de la “Trus” lo inventó mi compañero y amigo Javi Moreno -más conocido en nuestro mundo como “Javitrus”-, y consistía en librar luengas y cruentas batallas entre los ejércitos de uno y otro compañero de pupitre, hasta que uno de ellos se hiciera con el castillo del otro, proclamándose vencedor de la encarnizada batalla campal. Hasta aquí todo podría parecer normal; pero lo más gracioso de todo -nunca supe cómo nos lo pudieron tolerar- es que jugábamos mientras don Emilio explicaba la lección, y utilizábamos como marco de nuestras batallas el mismísimo pupitre, hasta que fuimos totalmente incapaces de distinguir quiénes eran los guerreros de uno y de otro, de lo chapuceramente garabateado que estaba ya. Y lo peor de todo fue que este juego, que nació como un entretenimiento suyo y mío, como dicho ha quedado ya, terminaron poniéndolo en práctica todos los demás. Cuando nos fue imposible ya seguir jugando en los pupitres, los bosques del mundo entero comenzaron a temblar, porque gastábamos tantas hojas de cuaderno practicándolo, que las librerías todas se quedaron sin material. Los dibujos, si así se les podía llamar, eran flamantes castillos medievales desde los que las catapultas no cesaban de disparar terribles y devastadoras bolas de fuego -cada disparo era una raya de bolígrafo sobre el papel; imagínense ustedes qué cacao-, mientras la infantería se rompía los cuernos -de los cascos, ¡cuidado!- a espadazo limpio, hasta dejar el campo de batalla lleno de cuerpos descuartizados, y la hoja del cuaderno sin poder trazar una raya más. Las batallas no eran silenciosas, como el lector pudiera pensar, no; todas ellas iban acompañadas de los sonidos pertinentes, según fuera el material con el que los bravos guerreros se pusieran a luchar, con lo que el cisco que preparábamos no es para contar. Lo que no consigo entender -aparte de que don Emilio nos permitiera esta temeridad- es por qué lo bautizo Javi como “el juego de la Trus”, ya que ningún héroe de los nuestros se llamó así jamás. Sea como fuere, lo cierto es que este apasionante juego destacó sobre todos los demás. Y ya que viene a colación, les hablaré de algunos más de los muchos que practicábamos en horas de clase, en lugar de estudiar. Comprábamos todos cuadernos y libretas de papel cuadriculado y, en vez de rompernos los cascos llenándolos de godos, visigodos, verbos, adverbios, circunferencias, trapecios, cabos, golfos, judas, legionarios y demás, jugábamos a marcar cada uno una rayita dentro de un gran cuadrado, hasta que al no poder marcar más sin peligrar, uno de nosotros se tenía que mojar -a los que lo dominábamos nunca nos cerraban más de seis- dejándole el camino expedito al otro para que cerrara un montón de cuadraditos, dejándote a ti cuatro o cinco nada más. Jugábamos mucho también al juego de las faltas, ese que ponías la primera letra de una palabra que te habías inventado, y hacías tantos guiones como letras tuviera, tanto en la palabra como debajo de ella, en las faltas, que era las que podía fallar. Y, finalmente, para no aburrir al personal, nos dedicábamos también, aunque en menor medida, a hundir barquitos que nada nos habían hecho, y que estaban tan ricamente en la mar. ¡Que ya son ganas de chinchar!

jueves, 14 de mayo de 2020

¿Qué va a ocurrir en San Juan?

Teniendo en cuenta lo que ha ocurrido estos días en todo el país nada más pasar de la fase 0 a la 1, cabe preguntarse qué va a pasar en Nájera el día San juan. Sé que falta más de un mes para que llegue esa fecha; pero sé también cómo se están comportando ahora mismo un montón de jóvenes najerinos, y cómo se pueden comportar el día 24 de Junio, después de almorzar y ponerse ciegos de calimocho, cerveza y vino. ¿Han caído en esto los componentes del Equipo de Gobierno del Ayuntamiento najerino? Y si han caído, ¿tienen algo previsto para impedirlo? Vaya por delante que sé a ciencia cierta que ninguno de los jóvenes lo iba a hacer de mala fe; lo harían, de hacerlo, además de por ser jóvenes, por divertimento. -Yo no he olvidado que fui joven; y sé lo que se hace cuando lo eres y te “pones ciego”-. Pero en esta inédita, ignota y siniestra ocasión, no se trataría de una simple gamberrada, propia de jóvenes beodos, sino de una terrible irresponsabilidad con consecuencias imprevisibles para todo el pueblo. Creo sinceramente, que los más de 27.000 españoles fallecidos, y los más de 49.000 sanitarios contagiados por intentar salvarnos la vida luchando hasta la extenuación en las UCIS contra el coronavirus, se merecen todo nuestro respeto. Y aunque solo fuera por esto, todos deberíamos velar porque ese día no ocurra nada que pueda dar al traste con este titánico esfuerzo.

Recuerdos de infancia.

Días de radio.
En época de escuela, cuando oías sonar un teléfono por la mañana -en Nájera no había más que el de la centralita-: “rriinngg; diga; sí Paco Ruiz al aparato”, y comenzaba a sonar la música de Hatari, te levantabas a todo meter de la cama, y sin apenas desayunar, bajabas de tres en tres las escaleras de tu casa,  porque el programa de radio del detective privado Paco, y su secretaria Paca, te anunciaba que si no lo hacías, estarías obligado a hacer picia o escapa -como ustedes quieran-, por tener la puerta de la escuela cerrada. Si eran vacaciones, te dabas media vuelta y, más contento que “Chupín”, te volvías a dormir escuchando a los “Porretas”. Por la tarde, después de comer, cuando nosotros nos íbamos a la escuela o nos echábamos la obligada siesta estival -dependiendo de la época-, nuestras madres, sentaditas de medio lado en las escaleras de sus casas, escuchaban atentamente la novela “Los miserables”, de Víctor Hugo, mientras se gastaban los ojos haciendo punto, cosiendo, con sus dedales estratégicamente colocados en los dedos, o zurciendo calcetines con aquellos huevos de madera de haya, gozando y sufriendo las venturas y desventuras de sus protagonistas. Si por alguna poderosa razón alguna vecina se había perdido la novela, por la noche, llena de ansiedad preguntaba: “¿Qué ha pasado Celina? ¿Lo han metido en la cárcel…?” Y la Celina, henchida de satisfacción, contestaba: “¡No; que no lo han detenido; que se ha hecho pasar por un mendigo!”  Y la tal vecina, llena de alivio, entraba en su casa dispuesta a dar buena cuenta de la cena, para irse a la cama a dormir a pierna suelta, gracias a la buena nueva del serial. Nosotros, por nuestra parte, cada noche, antes de dormir, calibrábamos si lo íbamos a hacer bien o mal, dependiendo de quiénes fueran los necesitados o enfermos del programa de radio “Ustedes son formidables”, que solamente con oír su sintonía, “La Sinfonía del Nuevo Mundo”, de Dvorak, se nos ponían los pelos de punta. Después de la introducción, hecha por el director del programa, Alberto Oliveras, las pertinentes presentaciones, descubrías con sorpresa que un najerino necesitaba tu ayuda. Y pronto y bien mandado, ibas a casa del susodicho y decías a micrófono abierto: “Me llamo Usebito, y doy una pesetita para que se ponga pronto bueno Paquito”. Y te volvías a casa loco de contento. Después, el director le preguntaba: “¿Cuál es tu equipo de fútbol favorito?” “¡El Real Madrid!” -contestaba Paquito-. Y mira por dónde, va y resulta que, sin nadie sospecharlo, todos los jugadores del equipo estaban en las escaleras de su casa esperando a que los llamaran, para entrar a visitarlo y regalarle la equipación completa con las firmas de todos ellos, además de una aportación económica para que se pusiera pronto bueno. En vacaciones de Navidad, entre advertencia y advertencia de que los mazapanes de Soto eran exquisitos y de que el Lobo era un buen turrón, escuchábamos, con la música de “España cañí” de fondo, el programa de radio “Por la sonrisa de los niños”, que trataba igualmente de ayudarnos. Entre la marcha del pasodoble, los cánticos de la lotería de los niños del Colegio San Ildelfonso y los cientos de villancicos que escuchábamos a diario, la gozábamos como los indios, viviendo la Navidad un mes antes de que llegara, como en algún otro artículo he dejado dicho. Los domingos y festivos, mientras nos comíamos la típica paella, escuchábamos en la radio: “Si a la pelota y perdiera/ el molinero jugara/ si a la pelota y perdiera/, no le faltarían palos a la pobre molinera…”, que era la música de fondo de los anuncios de los grandes partidos de pelota que iban a disputarse esos días en La Rioja. La radio, en suma, era capaz de conseguir a diario algo tan hermoso como el sentarnos a todas las familias de Nájera alrededor de una mesa, y, mientras reíamos o llorábamos, hacernos compartir pan, amor y besos.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Tocar pared.
Este juego lo practicábamos casi siempre en el refectorio de Santa María La Real, por ser el lugar más emocionante que existía en Nájera para hacerlo. Allí, además de estar en un recinto cerrado muy grande, protegido de todas las adversidades climatológicas, los balonazos retumbaban de tal forma, que por débil que fueras, parecías al chutar Paco Gento. Los balones empleados para ello eran casi siempre de los de plástico que conseguíamos con la colección de chicles “Cosmos”, gracias a la bondad infinita de la Leo, que me dejaba elegir entre los cien chicles que traía la caja, los cinco astronautas que a los demás no les salían nunca. En el envoltorio de estos chicles, que eran negros, toda una novedad para nosotros, venía dibujada la cabeza de un astronauta, con las dos orejas negras en noventa y cinco de ellos, y una negra y otra blanca en los cinco restantes; en eso los distinguía yo después de mascar toneladas de ellos sin conseguir ningún premio. -Que Dios te premie a ti, querida y recordada Leo, y te ofrezca los frutos más excelsos del árbol del cielo-. Volviendo de nuevo al juego, como su propio nombre indica, consistía en tocar la pared del frontis -el refectorio fue siempre utilizado por nosotros como frontón- con el balón, dándole siempre con las piernas. Nos poníamos en el centro del refectorio quince o veinte jugadores de primera división y, tras chutar con toda su fuerza quien tenía el balón, tenías que intentar que éste no te dejara atrás y te fuera imposible mandarlo de una patada a tocar pared; si esto ocurría, habías hecho mala y tenías que esperar a que el resto de la chiquillería la fallara también. El cisco que armábamos era cojonudo. Imagínese usted, amable lector, a un batallón de mozalbetes asilvestrados chillando y jurando en arameo -nadie se quería salir el primero-, y todo ello multiplicado por diez, porque el refectorio tenía eco. Yo mismo, al escribir esto, no puedo entender cómo nos lo podían consentir los frailes, teniéndolos justo encima de nosotros. Quizá sea así como se gana uno el cielo.
Dura, madura, ponte dura.
Por aquellos años en nuestra ciudad, había obras por doquier, y, consiguientemente, montones de arena en los que toda la chiquillería pasábamos horas jugando, entre otras cosas, al “dura, madura, ponte dura”, que consistía en coger un montón de arena cada uno y, tras hacer con él una montaña grande, comenzar a darle golpes con las palmas de las manos hasta dejarla consistente y dura, cantando sin cesar el título del juego. Los más cabrones, entre los que me incluyo -para que vean ustedes que soy imparcial en mis relatos-, antes de que llegaran los demás hacíamos hoyos profundos en el montón de arena y, tras llenarlos de agua, los tapábamos cuidadosamente con tiras de chapa que tiraban las carpinterías y papel de los sacos de cemento o de embalar, echándoles una capa fina de arena que lo cubriera todo para que no se notara la trampa que les habíamos preparado -rima mucho mejor “ao”, ¿verdad?-, y cuando llegaban los pobres infelices presumiendo de ser los primeros en conquistar la montaña de arena, caían en la trampa poniéndose como un cristo, y nosotros, mientras ellos nos mentaban a todos nuestros familiares, nos descojonábamos de risa tumbados en el suelo.

martes, 12 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

El Día del Domund.
Como ya ha quedado dicho en repetidas ocasiones, y aun yendo en contra mía -podría presumir perfectamente de haber sido un niño modelo-, de pequeño tenías que buscarte la vida como podías -explotabas hasta los accidentes para ello, como se verá en otro artículo-, y el “Día del Domund” era una ocasión propicia para hacerlo. Recuerdo que ese día salíamos a pedir por las calles najerinas -para los negritos de África, nos decían- un montón de niños; unos, con aquellas huchas de la cabeza de un negro, y otros, con unos saquitos de tela blancos, con la noble intención de ganarnos un trocito de cielo, recaudando mucho dinero para que nuestros Misioneros lo repartieran entre los niños negros, convertido en medicinas y alimentos. A pesar de nuestras buenas intenciones, en cuanto teníamos unas pocas monedas dentro -yo siempre elegía para pedir el saquito de tela blanco, porque quitarle el corcho a la cabeza del negro era muy costoso-, nos metíamos en cualquier portal y, completamente atemorizados por si alguien nos pillaba, hacíamos un justo reparto del dinero, no fuera a ser que ellos tuvieran mucho -los negritos- y ni una puñetera peseta nosotros. Algunos, -por muy cruel que me parezca al escribirlo-, para no tener ninguna relación con los frailes, salían de sus casas ya con los saquitos de tela blancos que ellos mismos se habían hecho. Al final de la jornada, todos quedábamos contentos, porque gracias a la generosidad de los najerinos de entonces, huchas, sacos y bolsillos terminaban llenos, solucionándonos por una temporadita el problema del sustento.
Operación cartón.
Al hilo de lo anteriormente escrito, recuerdo que en una ocasión se llevó a cabo en nuestra ciudad lo que dio en llamarse “operación cartón”, y que consistía fundamentalmente en que todos los niños de Nájera fuéramos de tienda en tienda solicitando las cajas de cartón que tuvieran vacías para llevarlas a las escuelas del mercado -estaban ya abandonadas- e ir amontonándolas allí, bien plegaditas, para venderlas a favor de no sé qué misión. No recuerdo muy bien si fueron los curas de nuestra ciudad los responsables de esta “operación” -creo que sí-, pero recuerdo como si fuera ahora mismo la increíble algazara que preparamos durante unos días toda la chiquillería de Nájera mientras transportábamos los cartones recogidos atropelladamente en las tiendas, con cojinetes, cochecitos de niños, carritos, bicicletas, carretillas… y hasta arrastrándolos por el suelo atados a unas cuerdas, hasta llenar todas y cada una de las aulas de la vieja escuela, desbordando totalmente toda expectación. Yo no recuerdo acto alguno en el que haya habido nunca tanta participación, tanta algarabía y tanta ilusión, como en aquella maravillosa y olvidada por casi todos, me temo, “Operación cartón”, ¡Quede, pues, inmortalizada por siempre en esta humilde crónica que hacemos posible ustedes y yo, ocupando un lugar de honor!

lunes, 11 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Traperos y chatarreros.
Las principales fuentes de financiación que en aquellos años teníamos, provenían de las ventas que de trapos y chatarra que les hacíamos a los señores Goyo, el trapero, y Fructuoso, el chatarrero. Aunque he de confesarles a ustedes, inmediatamente, que con el señor Goyo, padre de mi amigo Santi, “el traperín”, tuvimos muy poco trato porque enseguida se retiró del oficio de trapero. Para ello, nos recorríamos a diario todas y cada una de las calles, plazas y descampados de nuestra ciudad, en busca de trapos, cobre, plomo, hierro, cartón, papel, sobre todo el de los sacos de cemento, “cangrejo”, y todo aquello que pudiera reportarnos algún dinero. Lo más cotizado de todo era el cobre -lo pagaban a precio de oro-, por lo que todos nosotros, sin despreciar para nada los otros metales, andábamos detrás de los electricistas y de los telefonistas, cual si fuéramos su sombra, a la captura de los hilos de cobre que cuando trabajaban iban dejando generosamente por el suelo. A veces, que Dios me perdone por ello, mangábamos rollos enteros de cable, que, tras quemarlos para quitarles el plástico o la goma que llevaban a modo de envoltorio, los convertíamos inmediatamente en dinero. Y menos mal que eran muy exiguas nuestras fuerzas, y muy grande nuestro miedo, porque si no, hubiesen peligrado incluso aquellos gigantescos rollos que los telefonistas portaban en una especie de ruedas de madera, cuando iban colocando el cableado por las fachadas del pueblo. Los lunes, y los días siguientes a los festivos, como sabíamos dónde tiraban la basura los dueños de los bares, acudíamos allí, bien de mañanita, a ver si encontrábamos alguna moneda entre los platillos, (aquellos con los que confeccionábamos hermosas cortinas de verano, doblándolos sobre unas cuerdas), y el serrín con el que habían barrido el suelo. En una ocasión, recuerdo que me encontré un billete de veinticinco pesetas, en la basura del Bar Antero, y me fui derechito, dando brincos de alegría, donde Pedro “el alpargatero”, a comprarme las ansiadas sandalias de goma, aquellas con las que nos metíamos al río -la verdad es que eran alternativas, porque las llevábamos todo el día puestas-, que costaban justamente eso. Pero lo que nos gustaba de verdad, lo que más nos atraía, era visitar el basurero, porque en aquel enigmático, maloliente y humeante mundo de desperdicios, además de conseguir muchísimas cosas valiosas para nosotros, siempre encontrábamos libros y revistas de medicina, que mirábamos durante horas, con los ojos fuera de las órbitas, esperando encontrar fotografías de mujeres desnudas, aunque para ello tropezáramos, de cuando en cuando, con algunas espeluznantes, que reflejaban diferentes enfermedades del cuerpo. Es verdaderamente increíble, amigos lectores, comprobar cuando estoy escribiendo, sea del tema que sea, cómo nos ha traído siempre a mal vivir, en cualquier época de nuestras vidas, el sexo.

domingo, 10 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

 
El hombre de la pata de palo.
Nunca supe quién era ni de dónde venía. Pero cada año, en nuestras fiestas septembrinas, ahí estaba él, con su pata de palo, tocando el saxofón a la hora de los toros, solicitando nuestro favor con el estuche de su instrumento abierto, y unas monedas de dos reales esparcidas en su interior a modo de reclamo. Se ponía en el otrora espigón de tierra del Paseo, a mitad de camino entre el Hotel San Fernando y la Plaza de Toros El Ruedo, amenizándonos el recorrido, tocándonos con su saxofón pasodobles toreros. Yo pasaba todas las tardes media docena de veces por su lado, cual si fuera un empedernido aficionado. Pero lo cierto es que no tenía ni el dinero ni la afición suficiente para entrar a los toros. Lo único que de verdad me importaba y quería, era escuchar sus, para mí, melancólicas notas y observar su pata de palo. Su rostro reflejaba una terrible tristeza, y su mirada, siempre gélida y lejana, permanecía ajena a todo lo que a su alrededor acontecía. De su saxofón fluían notas en forma de lamentos, que nadie, o muy pocos percibían. Sus pasodobles toreros no eran alegres como los de los otros. Éstos hacían que se te estremeciera el cuerpo y se te helara el corazón. Era como si por las notas musicales de su saxofón aflorara un infinito dolor denunciando no sé qué injusticias. Y aun así, nunca fui capaz de depositar en el estuche abierto de su instrumento, la moneda de dos cincuenta que mi padre me daba de paga. Un año acudí a mi particular cita y no estaba. Volví una y mil veces por si se había retrasado, mas no apareció. Se había ido de nuestras vidas como vino: sin hacer ruido, sin darnos cuenta. Ya no podré saber nunca quién era ni de dónde venía. Pero sé a ciencia cierta, que hoy, después de cuarenta años de lo aquí descrito, sigo echando de menos su lastimera presencia. Solo le pido al cielo, que allá donde quiera que se encuentre, sus alforjas rebosen de paz y de gloria. ¡Así sea!

sábado, 9 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Cucañas y Charlotadas.
De las fiestas de San Juan Mártir y Santa María La Real, el día más hermoso fue siempre el último, el 18 de Septiembre, porque nos permitía, además de divertirnos como locos, recaudar dinero para acudir a las “Grandiosas Charlotadas” que por la tarde protagonizaban “Morgón y su gente” en la vieja Plaza de Toros El Ruedo. Nada más tomarnos el colacao en nuestras casas, todos los amigos que vivíamos en el casco antiguo arribábamos a la margen derecha del río Najerilla, para enterarnos con antelación en qué iban a consistir las pruebas de las cucañas, y distribuirnos por equipos para participar en todas ellas, con el propósito de sacar el dinero suficiente para poder comprarnos las entradas. Una vez formados los equipos, estudiábamos sobre el terreno en qué prueba podíamos tirar más labor cada uno de nosotros, para intentar ganar en todas. Y así, llegada la hora anunciada públicamente en los carteles, unos comían chocolate con los ojos tapados en el viejo quiosco -lo de comer es pura metáfora, pues terminaba casi todo en la camisa y en el pantalón, en las piernas y en los brazos-; otros trepaban -o lo intentaban- por el madero embadurnado de jabón; otros corrían carreras de sacos; otros participaban en la subida al castillo, y, finalmente, otros llenábamos bidones de 200 litros, transportando calderos de agua desde el río Najerilla hasta el espigón del Paseo, que es donde estaban colocados. En una ocasión -andaríamos mal de gente, seguro- Manolo por poco se nos muere a escasos metros de la meta, en la prueba de la subida al castillo, por haber participado con anterioridad en la chocolatada del quiosco -encima se pondría las botas ese día-, al sufrir una especie de corte de digestión que lo dejó tirado como un trapo en el suelo. Por si las huchas de barro escondían algunas monedas dentro, los más pequeños de nuestra banda participaban en este tradicional juego que, aunque te reportaba alguna alegría, te ponía como un cristo de agua y harina. Las pruebas de natación las dejábamos para otros, ya que siempre las ganaban o mi primo Ramón o Manzanares, y además el agua estaba helada. ¡Cualquiera! Al final, terminadas todas las pruebas, contábamos ansiosos las ganancias, hacíamos números para ver si todos nosotros podríamos ir a la “Charlotada”, y, exhaustos y más negros que un carbonero, nos dirigíamos felices al fielato a por las ansiadas entradas. Por la tarde, más contentos que unas pascuas, asistíamos a algún juicio, o alguna operación a vida o muerte, o a algún encarcelamiento, o a algún viaje a la luna, o a alguna boda que se celebraba esa tarde en El Ruedo, donde “Morgón y su gente” -el Jovito, Francisquillo, Fari, los Marchenas, el Rojo…- hacían las delicias de todos nosotros desafiando a las bravas vaquillas que les soltaban cuando menos lo esperabas. En una ocasión, cuando Morgón tuvo que operar a vida o muerte a Ricardo el Jovito por haberle cogido la vaquilla, y le sacó las tripas sin cortarse un pelo, algunos espectadores se pusieron malos, ignorando que lo que en realidad le sacaba al infortunado compañero era una asadurilla de cordero que previamente le habían colocado estratégicamente, y tuvieron que ser atendidos por el médico. ¡Qué puñetero eras, Benedicto! El contenido de las “Charlotadas” nunca era anunciado con antelación, por lo que acudías sin tener ni puñetera idea de lo que ibas a ver. De hecho, en alguna ocasión, tras sonar el clarín y abrirse la puerta de toriles, en lugar de salir una vaquilla o un novillito, aparecían Francisquillo montado en un coche de juguete, y Morgón empujándole, arrancando del público sonoras y prolongadas carcajadas. Después, lo dicho, igual se casaban, que se juzgaban, que se operaban, que se encarcelaban, que se iban a la luna… ¡Todo podía suceder! Terminada la “Charlotada”, los corredores de vaquillas nos ponían a todos los pelos de punta, con aquellos recortes tan magistrales que protagonizaban, y después, para terminar el festejo, casi todos corríamos delante de algún novillito pequeño, más que nada, por salir por la puerta grande con los maestros, recibiendo estentóreos aplausos y vítores del numeroso público que abarrotaba la Plaza de Toros. Desde El Ruedo hasta la Plaza de España, todos cantábamos y bailábamos al son que nos marcaban las Peñas “Los Secantes” y Los Inconquistables”, que solía ser aquello de: “La Maricarmen no sabe coser/ ni con aguja ni con alfiler/ pobrecita Maricarmen/ quién te ha visto y quién te ve/ que antes te quería mucho/ y ahora no te puedo ver”. / Cuando llegaba la fatídica hora de irse a casa, la certidumbre de que al año siguiente íbamos a tener la oportunidad de vivir otra vez un día tan hermoso como éste, nos impedía ponernos tristes, y todos dormíamos a pierna suelta después de haber vivido tantas emociones.

viernes, 8 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Los desencajonamientos.
Cuando las novilladas se celebraban en la vieja plaza de toros “El Ruedo”, existía una afición increíble por asistir todas las tardes a ver in situ los desencajonamientos de los novillos, y su posterior entrada en el corral , contemplando en toda su dimensión su trapío o flaqueza, para ir luego por ahí ensalzando o defenestrando a las ganaderías, según fuera la impresión causada por los mismos. Creo recordar que incluso se sacaba entrada para verlos, cosa que por otra parte me extraña sobremanera, porque yo asistía a todos ellos y andaba siempre de dinero de puñetera pena. La canción aquella de “Me están pasando unas cosas/ cosas que son del diablo/ tengo los bolsillo rotos y no se me caen los cuartos…”, podían perfectamente haberla compuesto para mí. Bromas aparte, lo cierto es que causaba verdadera impresión ver cómo, encontrándose todos los novillos juntos dentro del ruedo, se embestían y herían unos a otros con sus temibles y afilados cuernos, y hacerlo además tan de cerca. En una ocasión, trajeron los novillos por la mañana y no recuerdo muy bien porqué, en lugar de estar dentro de la plaza viendo el desencajonamiento, me encontraba afuera, en el camión que los había traído, en el espacio que quedaba entre éste y el corral -quizá fuera por eso, porque se toreaban ese mismo día por la tarde e iban directamente al corral, en lugar de a la plaza-, perfectamente parapetado detrás de uno de los tablones que habían colocado a ambos lados para tapar el hueco. Con anterioridad, habían puesto otro inclinado para que los novillos bajaran por él, recostado sobre unos fardos de paja colocados en el suelo. Al ir a entrar en el corral uno de ellos, no sé si fue porque se hundieron los fardos de paja o porqué, la cuestión es que, tras mandar a hacer puñetas los tablones con sus temibles cuernos, se escapó por el lado opuesto al que yo me encontraba, saliendo a toda leche hacia el Paseo. En décimas de segundo, como por arte de magia -nunca he sabido cómo pude hacerlo-, me encontraba encima de la cabina del camión, desde donde presencié un trágico suceso: un anciano muy querido en Nájera, el “Aragonés”, íntimo amigo de mi abuelo Morgón, que se encontraba allí mismo -de haber vivido mi abuelo les habría sucedido a los dos-, tras refugiarse en un chopo, con la lógica intención de asustarlo para que se fuera, amenazó con su bastón al novillo, y éste, en lugar de reaccionar como el buen anciano esperaba, lo embistió, lanzándolo por los aires de una cornada, dándole varias más antes de caer, rematándolo -si es que aún vivía- finalmente en el suelo, sin que ninguno de nosotros hiciera nada por impedírselo. Al final, después de unos interminables minutos que me parecieron siglos, llegó un novillero de los que iban a torear por la tarde, y consiguió quitárselo. Después de encontrarse el novillo dentro de la plaza, y de haberse pasado todo, estando aún conmocionado por lo que había presenciado, recuerdo que rompí a llorar desconsoladamente, pensando que mis hermanos, totalmente ajenos al suceso, estaban tranquilamente viendo cómo “Colorín” le pegaba estacazos a la bruja, y podían haber muerto de haber bajado el novillo por el Paseo. Recuerdo también, como si fuera ahora mismo -parece que lo estoy viendo- que Gregorio “el soriano”, a pesar de su edad,  trepó a lo más alto de un chopo cuando se escapó el novillo, en apenas unos segundos. ¡Es increíble lo que puede hacer el miedo! El hecho de que ese trágico día habría actuación en el Paseo, me hizo pensar en un principio, por aquello de las “cucañas”, que era el último día de fiestas -en realidad debió ser el primero-, lo que me recordó, que un 18 de septiembre de 1964, murió en nuestra plaza de toros el novillero Manuel Alpañé, tras recibir una cogida que, según supimos después, no le había producido herida de asta. Recuerdo que entre la chiquillería se decía que había muerto de miedo. En otros sectores se afirmaba que había sido de enfermedad. Y algunos entendidos en la materia sentenciaban que quien lo había corneado de muerte había sido la vida. Lo cierto es que aquel pobre hombre murió en nuestra ciudad aquella trágica tarde, y fue conducido a una de las dependencias de la Falange, donde fue velado por las gentes del mundo del toreo, ante las perplejas e inocentes miradas de una muchedumbre concentrada en la Plaza de España. Allí mismo supimos que iba a venir a nuestra ciudad, para llevárselo a su pueblo a darle cristiana sepultura -creo que era Camas-, el matador de toros Paco Camino, lo que creó muchísima más expectación que la creada por la inesperada y sorpresiva llegada de “El Cordobés” a Nájera, cuando en una ocasión, haciendo un alto en el camino, aparcó en la parada de taxis su 1.500 marrón y cenó en el Restaurante Las Pericas.

jueves, 7 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

La caseta de la Leo
Aunque durante años hubo en nuestra ciudad hasta tres casetas de chochos: La de la señora Manuela, que más tarde atendería la señora Eufemia; la de la Gerarda, donde se vendían unas gigantescas y sabrosísimas bombas -ésta fue muy efímera-, y la de la Leo, fue esta última la que más aguantó en el implacable y desigual combate de la vida, manejando a toda la chiquillería najerina  con mano firme y corazón tierno. Leonor Gredilla Azofra, que así es como se llamaba  mi querida y siempre recordada Leo, bajaba de su casa muy de mañanita, agarrada del amoroso brazo de su madre Elvira -era impedida-, quien a su vez portaba en el otro brazo la sillita de anea en la que su quería hija estaría sentada todo el día, a abrir la caseta en la que, a pesar de sus reducidas dimensiones -sería poco más que un confesionario-, tenía todas las chucherías que pudiera demandar la ruidosa y agobiante chiquillería. La señora Elvira, tras dejar convenientemente apoyada a la Leo en una de las columnas del soportal donde estuvieron ubicadas las casetas, abría la puerta trasera de la suya, levantaba la mitad del tablero frontal que hacía de  tejadillo, colocaba la sillita en el centro, y ayudaba a sentarse en ella a su hija. Una vez sentadita, la Leo, comenzaba a colocar meticulosamente sobre el tablero que hacía de mesa -una mitad se subía y otra se bajaba-, en cajitas de plástico y de madera, las chocolatinas Hueso, las lágrimas de naranja, limón y menta; los regalices rojos y negros -en ocasiones los tenía de raíces-; los caramelos; las pilongas; los chicles Dunkin, Douglas, Adams y Cosmos, además de las rueditas estriadas de Bazoka; los chupachups -o como se ponga-; las aspirinas; el pica, pica; los pepinillos y las cebolletas, y todo lo que imaginarse pueda. En los costados de la caseta, a izquierda y derecha, colocaba las gafas de sol; los bolsitos y carteras; las caretas; las cámaras de fotos; las pistolas de agua y de pistones; los álbumes de cromos, y los tebeos colgados de unas cuerdas. Cuando lo tenía todo listo, pensando que nadie la veía, sacaba el espejito, el pinta labios, el pinta uñas, el colorete y el peine del neceser que siempre llevaba con ella, y comenzaba a pintarse los labios y las uñas, a darse coloretes y a repasarse el peinado, mirándose de hito en hito, en su espejito -era muy coqueta- para ver si estaba guapa y comenzar así, como Dios manda, el día. Luego, encendía elegantemente un cigarrillo rubio, y, metidita en su humilde caseta, mientras esperaba la llegada de la chiquillería, entre calada y calada, iba fumándose la vida. Cuando los niños salíamos del colegio y teníamos en los bolsillos algo de dinero, íbamos en desbandada a su caseta exigiendo como auténticas fieras que nos sirviera a todos a la vez, creando con ello un verdadero caos, que los artistas de turno aprovechaban para mangarle algo que comer. Entonces la Leo, frunciendo el ceño, sacaba su genio a relucir, y metiéndonos cuatro chillos bien metidos, nos dejaba a todos convertidos en inocentes e inofensivos bebés. Ésta táctica, empero, muy a su pesar, de poco o de nada le servía los domingos y festivos, cuando toda la chiquillería del pueblo acudíamos allí en tropel. Pero a los que tuvimos la fortuna de conocerla mejor; de charlar pausadamente con ella; de intercambiar confidencias -y algún cigarrito que otro cuando fuimos más mozos-; de compartir sus penas y alegrías; de saber de sus sueños rotos, su fingido genio nunca nos engañó, porque enseguida supimos de la grandeza de su noble corazón. Y nunca necesitamos mangarle nada, porque cuando andábamos de dinero a dos velas -que era casi siempre-, nos dejaba comprar al debo; y cuando nos faltaba un cromo para acabar la colección con la que conseguir un balón, ella misma nos ayudaba a obtenerlo; y cuando teníamos algún problema gordo, se convertía en nuestro benévolo confesor. Desde su humilde caseta nos lo dio todo, sin más aval que nuestra palabra de niños, y sin esperar por ello favor. Seguro estoy, querida y recordada Leo, de que ahora mismo, en algún lugar del cielo, desde el interior de una hermosa caseta de límpidas nubes, estás repartiendo generosamente tu infinito amor. Yo, por mi parte, siempre os llevaré en mi agradecido corazón.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Cazar goloritos.
Cazar goloritos en nuestra infancia, significaba muchísimo más que realizar un simple negocio, entretenimiento, divertimento o juego. Llevar a cabo aquel ritual era para nosotros como despertar a la vida en plena naturaleza, embriagados de los divinos aromas del tomillo, la liga, la tierra mojada y los pinos. Era madrugar y ver amanecer, en lugar de perder, vagueando tumbados en la cama, las mañanas de los domingos y festivos, disfrutando en libertad de nuestro enigmático monte, tomando luengas bocanadas de aire puro. Era, en fin, sentirnos plena y maravillosamente vivos. La caza del golorito comenzaba a finales de Septiembre y se prolongaba todo el otoño. Y la llevábamos a cabo los domingos y festivos en el Castillo, después de haber ido el día anterior  a una de las muchísimas choperas que en nuestra ciudad había, a cortar con las tijeras las “baretas” -juncos pequeños y delgados- donde posteriormente pondríamos la liga para colocarlas en los pinchos. Casi sin haber pegado ojo por la ansiedad que ésta práctica nos producía, aparecíamos en tropel de noche ciegas en el Castillo, llevando como podíamos las baretas, la liga, la botella de agua para que no se te pegara en las manos, el bocadillo, el anorak, la jaula del reclamo y un jaulón vacío para meter los goloritos que cogiéramos -qué ilusos-, disputándonos a porfía los mejores sitios. Aunque he de confesarles a ustedes, que por más que madrugaras, siempre había algún cabronazo que había “pillado” los más estratégicos. Pasado el enfado que los abusones te habían causado, te colocabas en la primera o en la segunda era, en los depósitos, en el barranco, en el hoyo, en la piedra, en el ribazo de la huerta de Pedro el caracolero o en el mismísimo camino -donde te hubieran dejado un sitio-, y, tras depositar estratégicamente la jaula del reclamo en el suelo, comenzabas a hacerte la picha un lío con la liga sintética -aún desconocíamos que la buena era la de acebo-, intentando embaretar -colocarla en las baretas-, para ir llenando los pinchos que sin tener ni puñetera idea habías elegido. Normalmente, entre dos o tres bajos, siempre cogías uno alto para que se pararan con más facilidad los goloritos al ser reclamados por el tuyo. He de decir inmediatamente, para que nadie diga que a la verdad falto, que algunos -sobre todo los más mayores- cazaban con red en vez de hacerlo con liga, y que para estos el proceso era distinto: abrían en dos mitades la red, las colocaban como si fuera un muelle en el suelo, y tras atarlas con unas cuerdas largas a unos palos laterales, ponían pequeños pinchos entre ellas. Finalmente, clavaban por la parte de afuera el cimbel -artilugio de madera en el que se ataba a un golorito, normalmente hembra, para que al tirar de la cuerda saltara y extendiera las alas llamando la atención de los que surcaban tranquilamente los cielos-, y se alejaban del lugar, llevándose los rollos de cuerda que previamente habían atado a la red y al cimbel con ellos. En una ocasión -se ve que se había abierto la veda de caza-, recuerdo que Felipe tenía una bandada de goloritos dentro de la red, y, antes de que tirara de la cuerda para cerrarla, sonaron unos tiros que los hicieron salir a todos en desbandada. Puedo jurarles a ustedes por mi familia, que es lo que más quiero, que no cabrían en diez folios los juramentos que este pobre hombre echó aquel día. A pesar de que tuviéramos buenos reclamos y de que los cazadores de red bailaran bien el cimbel, cada dos por tres teníamos que ir muchos de nosotros de un lado para otro “dándoles” a los goloritos que se habían posado lejos, para conducirlos a la red o a los pinchos donde estaba la liga, acabando totalmente descojonados. Los goloritos que cogíamos -siempre caía alguno, aunque fuera de churro- los vendíamos a cinco duros, que, aunque a ustedes pueda parecerles ahora mismo una mierda, era una auténtica fortuna, y sólo vendíamos los machos, aunque en estas lides -faltaría más-, también había “chamas”, cuyos nombres recuerdo perfectamente pero no les pienso decir, que, sin ningún rubor, les pintaban con un rotulador negro el alón a las hembras, que es como se distinguían -las hembras las tenían pardas y los machos negras-, y se las vendían por machos a cualquier incauta -normalmente eran las amas de casa quienes nos los compraban- que, seguro estoy, las echaría a volar a los cuatro días, por no cantar ni debajo del agua. También el color rojo de la cabeza servía como guía: si le bajaba más abajo del ojo era macho, y hembra si no lo hacía. Huelga decir que en esta práctica había verdaderos artistas que, además de usar liga de acebo, que era la buena, sabían colocar magistralmente los pinchos para que los goloritos que volaran sobre ellos, fueran, sin ningún esfuerzo del reclamo, derechitos a la liga. Y para no extendernos en demasía -este apasionante tema daría para estar escribiendo días y días-, les diré telegráficamente que los goloritos son conocidos en otros lares como jilgueros, colorines o pintos. Que mi amigo Ramón Arenzana y yo, además de ir los domingos y festivos íbamos muchas tardes al salir de la escuela, dejándonos el alma en el camino, por intentar llegar antes de que anocheciera. Que además de cazar en el Castillo, se hacía también en la Tejera, donde el fenómeno de Bernal, por cada uno que cogíamos nosotros, cogía él treinta. Que además de cazarlos en los pinchos -que son su comida- de los montes y de las fincas llecas, se hacía en los bebederos existentes en huertas y choperas. Que había cazadores como Felipe o “Costan”, que causaban admiración por la infinita ternura que mostraban al quitarles con tierra a los goloritos de las plumas la liga. Que además de venderlos en casi todas las casas de nuestra ciudad, los vendíamos también a pajarerías de fuera. Que había cazadores mayores que nosotros: “Roge”, “Guti”, “Uge”,  Marino, “Satur”, “Isi”, Pedro o los ya nombrados, Bernal, Felipe y “Costan”, que eran unos auténticos fieras. Y, finalmente, que por increíble que pueda parecernos a ustedes y a mí ahora, a pesar de cazar goloritos casi todos los niños y jóvenes de Nájera, en aquella maravillosa época, había miles y miles de ellos por nuestros montes, nuestras viñas, nuestros jardines, nuestras calles y nuestras huertas. 

martes, 5 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

El juego de las canicas.
Aunque se practicara en casi todos los lugares de Nájera, el escenario por excelencia de este apasionante y popularísimo juego de las canicas era la Plaza de la Cruz, sobre todo domingos y festivos, cuando nos reuníamos allí toda la chiquillería a “cagarle” nuestras canicas a Vicente, en su célebre bache de la entrada de la Parroquia, donde todas las canicas saltaban por encima de la suya sin rozarla siquiera. Era increíble verle allí sentado al lado del bache con las piernas abiertas cogiendo a manos llenas las canicas que siete u ocho de nosotros le íbamos “cagando” mientras gritaba ufano:  “peseta…  peseta”. El juego consistía en darle a su canica con las nuestras para ganarle la cacareada peseta. Pero no era la peseta de Vicente la única que centraba nuestra atención, por más que ésta fuera la reina indiscutible del lugar. Allí jugábamos a muchas cosas más, cada una de ellas en un escenario distinto. Así, por ejemplo, en el empedrado de acceso a las escalerillas del Círculo Católico, jugábamos al “taco”, que consistía en golpear tu canica en el primer escalón para que ésta fuera por el empedrado a tocar a una cualquiera de las muchas que se juntaban en tan irregular suelo. No obstante, como ocurría en todo, siempre había algún “tima” que sabía cómo darle a su canica para que, en zigzag o en línea recta, le diera a las nuestras dejándonos boquiabiertos. En el puente de hormigón que había donde estuvo la tienda de Garvi, para que discurriera el agua que recogía la gigantesca alcantarilla del Cine Doga, apoyada en el marco de madera de la entrada a la cuadra, solían poner una peseta a la que había que darle con tu canica tirando desde el final del mismo, cosa que hacíamos con facilidad, ya que no mediría más de dos metros de largo, razón por la que los que habíamos nacido por allí, nunca poníamos; solo tirábamos. En el triangulito de la Parroquia -hoy ya no existe- que daba acceso a la puerta de la calle Los Mártires, solíamos poner “montacaña”, que no era otra cosa que tres canicas juntas, haciendo de base en el suelo, y otra encima de ellas. En este juego se ganaban muy pocas. Solo te llevabas esas cuatro y la tuya. Conviene aclarar aquí que en casi todos los juegos de las canicas te daban las de la apuesta más la tuya. Ejemplo: “Montacaña con la tuya”; “cinco con la tuya”; “diez con la tuya”… Mi buen Amigo y vecino Ricardo “Cañitas”, llegó a poner hasta “veinte con la tuya” en la hendidura que hacía el hormigón que sujetaba las patillas de la ya mentada alcantarilla del Cine Doga, y había que tirar desde el Palacio de los Rodezno, donde estaba “Almacenes Hidalgo”, casi al principio de la calle Garrán, por lo que muy poquitas veces les dábamos. Para recoger las canicas que se nos caían a las alcantarillas, teníamos una especie de cazos elaborados con un trozo de alambre de medio metro aproximadamente, con un circulito invertido al final, con los que las sacábamos a pulso con muchísima habilidad. ¡Éramos unos linces! Además de estos juegos, existían otros como “el ojo poma”, que consistía en ponerte la canica en el ojo, totalmente erguido, y dejándola caer a plomo, darle a la que estaba en el suelo. “El bote”, modalidad que dominaban a la perfección “Getali” y García, y que consistía en poner una peseta en el suelo, a la que tenías que darle desde unos dos metros, sin que la canica tocara el suelo. Y finalmente, el más tradicional y practicado: el “dale”, que consistía en tirar una canica el que empezaba el juego, y, posteriormente, los demás ir tirando las suyas hasta que uno de nosotros le diera. En este juego te servías de los charcos, del barro, de las hojas… Por eso existía el “pido limpien”, que no era otra cosa que el retirar de la canica que te ibas a ganar todos los obstáculos que tuviera. Existía, igualmente, el “monta”, que era montar con el pie la canica que te ibas a ganar. Las canicas las vendíamos a “diez a la peseta”, y cuando algunos las retenían guardaditas en los tarros de sus casas, por más que intentábamos fabricárnoslas nosotros mismos con arcilla de La Tejera, siempre acabábamos donde “La Elvira”, comprándolas nuevas a “cuatro a la peseta”.