lunes, 1 de junio de 2020

¿Dónde están los bandos, señor Alcalde?

Aterrado estoy de lo que se oye por doquier sobre las fiestas de San Juan. Parece ser que en esta puñetera ciudad no somos capaces de comprender las gravísimas consecuencias que puede tener el que ese día nos comportemos con irresponsabilidad. Cuando se han suspendido fiestas de fama mundial, como las de San Fermín, en Pamplona, no es por casualidad. Pero en Nájera nada es normal. Después de tres meses padeciendo las terribles consecuencias del coronavirus, aún no he visto ni una sola iniciativa de nuestro Equipo de Gobierno en aras de lenificar esta funesta realidad. Muchísimos najerinos y najerinas se están pasando por el arco del triunfo la obligatoriedad de llevar las mascarillas, al igual que se van a pasar la suspensión de las fiestas de San Juan. ¿Dónde están los bandos, señor Alcalde, tendentes a hacernos respetar la legalidad?

Recuerdos de infancia.

Miscelánea de aventuras. 
Desde bien chiquitito, cuando emulando a mi padre -por aquel entonces era albañil-, me subí al tejado con una nevada cojonuda a limpiar la chimenea, ya dejé bien claro que mi vida no iba a ser un camino de rosas. En aquella ocasión, la intervención de mi vecino Ventura -que en gloria esté-, que le tapó la boca a mi madre cuando se disponía a chillarme, y me hizo volver engañándome con un caramelo o cualquiera otra cosa, hizo, sin duda alguna, que yo pueda estar hoy aquí, hablándoles a ustedes de estas cosas. A nada que mis padres se descuidaran y me soltaran de la mano cerca del río Najerilla, ya estaba yo metido en él, con el agua hasta el culo, cogiendo “paris-paris” o cucharetas, mientras los “revicandiles” pasaban a mi lado altaneros, revoloteando entre las blancas y aromáticas flores de las berlañas, meneando rítmicamente su larguísima cola. Cuando jugábamos en la calle Samaniego a montarnos en los carros que para llevar los muebles tenían las carpinterías en sus puertas, o a correr por el tejado de la COEGI -Cooperativa de Obreros Ebanistas Girón-, todas las puntas que había por el suelo, que eran muchas, eran para mí y, consiguientemente, también para mí eran todas las inyecciones del tétanos que tenían los practicantes Francisco Virto y Miguel Ángel Yécora, que en gloria estén. Una de las muchas veces que fuimos a robar cerezas al cerezo que en una huerta de esa misma calle tenía el señor Timoteo Magaña no se me ocurrió otra cosa que ponerme a defecar mientras los demás se atracaban de ellas, y como de niños para hacer eso te quitabas del todo el pantalón y el calzoncillo, al salir de su casa el señor Timoteo -vivía allí mismo- alertado por el ruido, y comenzar a gritarnos y a corrernos, tuve que irme a mi casa cagando leches y en pelotas. Cuando alguna vez pasaban camiones por nuestra ciudad -menos mal que eran pocas- y jugábamos a engancharnos a ellos para vivir la aventura de viajar sin pagar, siempre me caía, hincándome de morros en el suelo cuando me soltaba, acojonado por la velocidad que iba tomando al bajar alguna cuesta. El día de mi Primera Comunión, nada más salir de misa, sin esperar siquiera a recibir los regalos de mis familiares, me fui con Paraguayín al Pozo del Coco a mirar la botella que habíamos echado la tarde anterior -antes pescábamos bobas con las botellas de champán, rompiéndoles el culo, que lo tenían hacia adentro y estrechito, y metiéndoles dentro migas de pan-, y me caí al río, fastidiándoles a todos la fiesta, por tener que irme más que a escape a casa para cambiarme de ropa. Siempre que me metía descalzo al río Najerilla a pescar a mano, me hacía una “javetada” profunda con alguna hojalata o algún cristal -desalmados ha habido en toda época-. Menos mal que en una ocasión, cuando pescando a mano descubrí una bomba de aviación en una de las cepas del Puente de Piedra, se me ocurrió avisar a la Guardia Civil en lugar de cogerla, porque de haberlo hecho, vista mi trayectoria, seguro que me explota. Si me tiraba al río desde lo alto de alguna mimbrera, calculaba mal la profundidad y me daba una morrada cojonuda con las piedras. Si era por un patinete de los que hacíamos en las faldas del Castillo, venía a resultar que mi tabla tenía una punta y me hacía un siete en el pantalón corto de tergal al final de la cuesta. Si se escapaba alguna piedra en las batallas que a pedrada limpia preparábamos, iba derechita a mi cabeza…, y así un sinfín de aventuras más que, aunque a ustedes les hagan pensar lo contrario, no cambiaría por lo más sublime que se pueda codiciar, tanto en esta vida como en la otra”.

domingo, 31 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

¡A quién se le ocurre!
Aunque ahora mismo no se acuerde de ello ni San Pedro, hubo un tiempo en el que los sanjuanes fueron muy conflictivos porque, además de existir en las “Vueltas” lo que la gente mayor calificaba de gamberros, carecíamos de la circunvalación que actualmente tenemos, y el tráfico rodado tenía que permanecer parado en el Arrabal de la Estrella y en la calle San Fernando, hasta que cruzara el Puente de Piedra bailando el último sanjuanero. En aras de solucionar estos insufribles problemas, el Alcalde de turno tuvo la feliz idea de enviar a las Vueltas a los municipales -antes conocidos como serenos-, para que, al intimidar con su presencia a los gamberros, se dieran bien las Vueltas en el Paseo, y agilizaran, empujándoles hasta quedar sin resuello, el paso del Puente de Piedra de los bulliciosos y exaltados sanjuaneros. Hasta aquí, todo parece, además de acertado, correcto. Pero vino a resultar -nadie cayó en ello- que entre los serenos se hallaba el más entusiasta sanjuanero, por lo que, a la primera de cambio, Benedicto Hervías “Morgón”, harto ya de dar brinquitos escondido tras un platanero, se metió en todo el mogollón a dar las vueltas alrededor del viejo quiosco, con el flamante uniforme de guardia recién puesto. Y no se conformó el insurrecto con dar un par de vueltas para matar el gusanillo, no; las dio todas enteritas y, no conforme con ello, sin dejar de bailar con el uniforme nuevo, bajó el Paseo, cruzó el Puente de Piedra, atravesó la Calle Mayor, dio las vueltas en la Plaza de España, y fue a las cinco de la tarde, en lugar de a las dos, al puesto de guardia a hacer el relevo. Enterada la máxima autoridad de semejante suceso, hizo llamar al indisciplinado sereno y, tras adelantarle que por lo que había hecho se le iba a caer el pelo, le preguntó en qué pensaba cuando se mezcló entre la muchedumbre estando de servicio con el flamante uniforme de guardia municipal puesto. A lo que Benedicto Hervías “Morgón”, con mucha educación y respeto, contestó que a quién se le ocurre mandarle a él, sanjuanero mayor del reino, de servicio y con uniforme nuevo, a que vigile cómo dan los demás las vueltas en el Paseo. Que no se arrepentía de lo hecho y que, sin ningún género de dudas, aunque con ello se jugara el puesto, cuantas veces lo mandaran, volvería a hacerlo. Como quiera que, además de ver a “Morgón” en su contestación tan firme y resuelto, los serenos lejos de intimidar exaltaban mucho más a los sanjuaneros, el Alcalde tomó la sabia decisión de ponerle servicio a Benedicto todos los sanjuanes, pero sin el uniforme, como sanjuanero, para que, además de hacer lo que de todas las maneras iba a hacer, dar las vueltas, condujera a los sanjuaneros durante el peregrinaje hacia la Plaza de España, con su infinito y contagioso amor a estas benditas fiestas, a paso ligero. Y a partir de aquel año, y hasta que se hizo la circunvalación, gracias al entusiasmo de este gran sanjuanero, los najerinos la gozamos como enanos en San Juan, sin dar motivos de cabreo, ni a alcaldes, ni a serenos, ni a viajantes, ni a camioneros.

sábado, 30 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.



Pan con vino y azúcar.
Desde muy pequeñito, siendo casi un niño, no sé si por instinto aventurero o por querer matar el hambre, abandonaba yo mi hogar muy tempranito y me colaba por la abertura de una de las onzas de chocolate que tenían antes las puertas de la calle, y me metía en la cama de mi vecina Concha, que era mi segunda madre, a aprovecharme del calorcito que había dejado en ella Modesto, su marido -que en gloria esté-, a la espera de que me diera después, para desayunar, un gran tazón de leche. Cuando arreglaron la puerta, medio en pelotas en la calle, me ponía a llamarla lloriqueando, hasta que se levantaba de la cama y bajaba a por mí con una manta para arroparme. Por la tarde, a la hora de merendar, pasaba donde mi otra vecina y tercera madre, la Águeda -que en gloria esté también-, en busca de una rebanada de pan rociada de vino y espolvoreada de azúcar que me sabía a gloria bendita, y, después de zampármela en un abrir y cerrar de ojos, volvía a mi casa a pedirle a mi primera madre, mi Celineta del alma, el gigantesco trozo de pan con las dos onzas de chocolate que cada tarde me metía entre pecho y espalda. Al anochecer, cuando oía ruido de pucheros y sartenes e intuía que la Águeda iba a prepararles a los suyos las patatas fritas con huevos, mi cena favorita, entraba sigilosamente en su casa y me escondía debajo de una cama hasta que las patatas estuvieran servidas en los platos, para salir de mi escondite veloz cual el rayo, y comenzar a zampármelas antes de que Demetrio, Daniel,  Vitín y la Toñi se sentaran a la mesa a ver caer los huevos fritos sobre ellas. La Águeda, que de sobra conocía mis mañas, ponía una ración más como el que no quiere la cosa, y dejaba que yo me las comiera, cual si ella no se diera cuenta. Cuando me había puesto como el Quico -si se descuidaban los dejaba a todos sin cena-, me besaba dulcemente y, con una sincera, bendita y luminosa sonrisa, me enviaba a mi casa con mi querida Celineta. Y así anduve durante años, de cama a cama y de jala a jala, y duermo y jalo porque me toca, como los puentes del juego de la Oca, hasta que, al trasladarnos mi familia y yo a otra casa, se acabaron para siempre los días de pan con vino y azúcar, aunque no cesaron nunca, empero, los sentimientos de sincero e infinito amor. Cuando Águeda y Concha se subieron con los suyos a vivir al barrio de Wichita, y aparecía yo por allí repartiendo cartas, ambas se deshacían en cumplidos conmigo, invitándome a desayunar mientras a escondidas me metían algunas galletas, mantecados o magdalenas en el bolsillo. Ahora mismo, después de tantos años, no sería capaz de pasar por ese barrio sin entrar a mi querida Concha, y recordar cariñosamente a mi no menos querida Águeda, que el Señor se llevó a los cielos, para que compartiera con Él su celestial mesa.

viernes, 29 de mayo de 2020

Peligro eliminado.



Recuerdos de infancia.


Ser mayores.
Cuando éramos aún muy niños, soñábamos con ser mayores para poder entrar al cine a ver las películas de 14, 16 y 18 años, que se nos antojaban maravillosas por el hecho de estar prohibidas para nosotros, los enanos. Es increíble cómo desde pequeñitos despreciamos el presente soñando con un futuro, inmediato o lejano, pasando a ser simples espectadores, en lugar de protagonistas de nuestros actos. Muchísimas de las cosas maravillosas que pudimos hacer y vivir en nuestra infancia, pasaron por nuestras vidas de soslayo, por estar a todas las horas del día anhelando algo que, además de no ser acorde a nuestra edad, a buen seguro nos hubiera resultado extraño. Menos mal que, aunque puñetera y traidora, la vida permite vivir de prestado, y gozas o vives ahora mismo, lo que hiciste hace muchísimos años. ¡Algo es algo! Sea como fuere, y sin entrar en profundidades, que no es a lo que en este artículo íbamos, la cuestión es que por el hecho de prohibirnos algo -quizá de no haber existido aquello de los rombos, jamás hubiéramos reparado en ello-, estábamos a todas las horas del día pensando  cómo haríamos para entrar a las películas de catorce años. Y así surgía lo de ir a la taquilla con zancos -los botes de conserva con cuerdas, de los que ya les he hablado-; el ponernos uno encima del otro tapados con un abrigo; el ligarnos a los porteros poniendo carita de pena para que disimularan cuando entrábamos; el encargarle a una persona mayor que te sacara la entrada y te agarrara al entrar cual si fueras algún allegado; el auparnos, el colarnos… Todo menos jugar, que es a lo que a esa edad estábamos llamados. Cuando todo lo que habíamos maquinado resultaba vano, visiblemente rendidos y desolados, pegábamos nuestras inocentes caritas en los cristales de las puertas de la calle e intentábamos de cuando en cuando -sobre todo cuando alguien abría las puertas del cine para salir a comprar o a mear- ver entre las corinas algún cuadro. ¡Qué inocentes éramos! Y así anduvimos hasta que… ¡por fin!... llegamos a los ansiados catorce años y pudimos entrar al cine como unos hombrecitos a comprobar que nada habíamos ganado; que no había valido la pena el desperdiciar tantas y tantas horas de juego y diversión durante tantos años. Y lo peor de todo, es que no aprendimos la lección, pues cuando tuvimos catorce, soñábamos con tener dieciséis, y cuando tuvimos los dieciséis, anhelábamos tener dieciocho, y cuando también los tuvimos, quisimos tener veintiuno, que era la edad legal de ser mayor…, y la de ir a cumplir con la Patria, dándole otros dos hermosos y caros años, jugando a ser un buen soldado. Menos mal que estos torpes empeños ocuparon muy poco espacio en el inconmensurable cielo de nuestros impolutos sueños, y, en el cómputo total, apenas interrumpieron un instante nuestras diversiones y nuestros juegos, gracias a lo cual, ustedes leyendo y yo escribiendo, recordamos aquellos maravillosos días en los que, casi sin interrupción, jugábamos al “Piso, piso, tón”; al “Raspe”; al “En ti quedé”; al “Pelotazo”; al “Cero”; al “Hinque”; al “Escondite”; al “Un, dos, tres, te veo” y a tantos y tantos juegos que nos hicieron ser niños afortunados, entonces, y ahora hombres buenos.

jueves, 28 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.



Varear los colchones.
Esta típica y atrayente estampa najerina se repetía cada verano en nuestras calles y portales, cuando las señoras Pili, Gregoria y Julia vareaban la lana de los colchones de nuestras casas, para devolverles la dignidad perdida en todo un año de penurias y calamidades. Estas esforzadas mujeres, después de llegar a un acuerdo económico con nuestras madres -me consta que bastante paupérrimo, para la labor que realizaban-, descosían las fundas de los colchones, sacaban de ellas la lana y la extendían en el suelo para golpearla una y otra vez con sus varas -no recuerdo con exactitud si eran de avellano o de mimbre-, a la vez que la lanzaban por los aires, para darle la vuelta antes de que cayera al suelo y no golpear sobre la misma repetidamente, hasta dejarla suelta, ligera y muelle como el mismísimo aire. El sonido que las varas de estas artesanas emitían cuando golpeaban con furia la lana, causaba tal arrobamiento en nosotros, que éramos incapaces de irnos de donde estaban -yo seguía casi siempre a la señora Julia, por ser vecina y amiga-, hasta que no terminaban de darle. Cuando el colchón que iba a ser vareado era el tuyo, te quedabas a contemplar toda la operación, en el portal o en la calle, y veías como después de haber quedado la lana limpia, oxigenada y suave, volvían a meterla en la funda bien repartidita y, sentándose en el suelo con las piernas estiradas, canturreando, cosían la funda, colocaban los hiladillos y dejaban el colchón de nuevo listo para el combate. Esta operación había que repetirla cada año porque, meadas aparte, entonces los inviernos eran muy severos -descubrías la cama por la noche y estaban las sábanas mojadas de la humedad-, y en todas las casas era menester poner a diario sobre los colchones, caloríferos, bolsas o botellas de agua caliente y braseros antes de acostarte.
De heridas y cicatrices.
Como les anuncié en un artículo anterior -lo prometido es deuda-, les hablaré en esta ocasión de cómo explotábamos cualquier suceso -sobre todo en la escuela- para matar el hambre cuando éramos niños. El que te ocurriera algún percance en época escolar, solía convertirse en el acto en un auténtico chollo. Enseñar una herida o una cicatriz -esto último era ya el súmmum- podía reportarte suculentos bocadillos y deliciosos bollos. Esto ocurría durante el recreo y, aunque pueda parecer mentira, lo mismo lo practicábamos los chicos que las chicas. Cuando alguien aparecía por la escuela -igual daba el sexo- con algún parche, alguna gasa, algún esparadrapo o algún miembro vendado o escayolado, se convertía súbitamente en una auténtica atracción para nosotros, y todos contábamos con ansiedad los minutos que quedaban para salir al recreo -esto sería imaginario, digo yo, porque ninguno de nosotros tenía reloj- deseosos de que nos enseñara la herida o cicatriz -imagínense el cuadro, sobre todo si era chica: “¡Enséñamela; venga, mujer, enséñamela! ¡Te doy lo que quieras si me la enseñas!”- mediante un razonable precio. Tal era el hambre, y tal era el morbo. Y ya que estamos en la escuela, les diré, sin que salga de nosotros, que cuando estábamos en clase nos teñíamos los chicles de colores con las minas  de las pinturas Alpino, y cuando salíamos al recreo, nos fumábamos las hojas que se caían de los castaños de Indias en otoño, liadas en garabateadas hojas de cuaderno, dejándonos hecho cisco el cuerpo.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

Afiladores, estañadores y paragüeros.
En aquellos años era frecuentísimo encontrarte por las calles najerinas a los afiladores y a los estañadores y paragüeros, reclamando nuestra atención para que, por un módico precio, dejaran nuestros utensilios como nuevos. Los afiladores, venidos de tierras gallegas, si mal no recuerdo, iban con su bicicleta en una mano y un curioso silbato en la otra, que hacían sonar casi ininterrumpidamente de un modo tan peculiar, que era imposible confundirlos, para que nuestras madres les bajaran a afilar las desgastadas tijeras y los castigados cuchillos. Cuando esto ocurría, el afilador colocaba la estructura metálica -parecida a una gran parrilla de bici- bajo la rueda trasera de su bicicleta, para que esta quedara en el aire, y colocaba una polea que iba desde la rueda hasta la piedra de afilar, que estaba situada en el manillar, y comenzaba a pedalear sin parar mientras pasaba por la piedra el cuchillo o la tijera, despidiendo infinidad de aquellas chispas que tanto alborozo causaban en nosotros. Mientras desarrollaban esta labor, siempre silbaban alguna canción, meneándose la gorra de arriba debajo de cuando en cuando, hasta acabar la operación. Después de haber recorrido todas las callejuelas de la ciudad ofreciendo sus servicios a nuestras madres, se encaminaban hacia las carnicerías y pescaderías que había en la Calle Mayor, con la esperanza de que los cuchillos de grandes dimensiones y los machetes que utilizaban en estos negocios para descuartizar carnes y pescados, les proporcionaran una ganancia mayor. Aunque en Nájera teníamos al señor “Perrella” -perdonen que no recuerde su nombre- para estañar nuestras cazuelas y pucheros, era muy frecuente ver por nuestras calles a los típicos estañadores -quinquis o mercheros, como ustedes quieran-, que nos ofrecían arreglar por cuatro reales cazuelas, pucheros, paraguas, jergones y todo aquello que tuviéramos roto. Venían siempre en familia y cuando alguna de nuestras madres requería sus servicios, se sentaban informalmente en el suelo y, tras desplegar por doquier todo el instrumental, se ponían a estañar o colocar barillas sin desmayo, hasta dejar aquello que les había sido confiado como nuevo. Después, como nómadas que eran, desaparecían de nuestra ciudad sin que nos diéramos cuenta, y se dedicaban a recorrer los pueblos ofreciendo sus servicios, con la única pretensión de ganarse cada día el sustento. Y hablando de cazuelas y pucheros, he de decirles también que, sobre todo en verano, para librarnos de la obligada y fastidiosa siesta y poder quedarnos toda la tarde en nuestro bienamado Najerilla, nos ofrecíamos voluntarios a diario para ir a arenarlos en sus límpidas aguas, con aquella mezcla de arena y cascajo menudo que hacía de estropajo.


martes, 26 de mayo de 2020

Conato de incendio en el Parque Natural.

La noche del pasado domingo hubo un conato de incendio en el Parque Natural del Najerilla, que no pasó de eso, gracias al aviso de dos najerinos. Ya han intentado quemarlo dos veces en lo que va de año. El día que el -o los- pirómano lo consiga, se va a quemar del todo, merced al deplorable estado de abandono al que el Ayuntamiento lo tiene condenado.

Recuerdos de infancia.


La ía de correr atados.
Cuando las inclemencias del tiempo nos obligaban a quedarnos dentro del colegio durante el recreo, nuestro juego favorito era el de la “ía de correr atados” en el pasillo y en los retretes. Aquello era la leche. Comenzábamos, como siempre, donando, y al que le tocaba la aceituna -ya he explicado esto en algún otro artículo-, la quedaba, y tenía que dedicarse a ir cogiéndonos a todos los demás -jugábamos por lo menos cuarenta-, de uno en uno, hasta que no quedara libre ninguno. A medida que iba cogiéndonos, nos íbamos atando, entrelazando nuestras inocentes manos, haciendo así que cada captura dificultara mucho más nuestros movimientos. En el pasillo nos venía bien el estar muchos, por aquello de que lo ocupábamos entero, pero cuando alguno de nosotros conseguía subirse encima de los marcos de las puertas de los retretes, la cosa se ponía más peliaguda, porque era imposible maniobrar con agilidad entre ellos, yendo atados veinte o treinta chicos. Esto era posible -lo de corretear por los marcos- porque el techo de la escuela era altísimo y los marcos de las puertas no medían más de dos metros, lo que nos permitía desenvolvernos sobre ellos cual si estuviésemos en el suelo. Para subirnos, teníamos que trepar por cualquiera de los tabiques que los dividía, después de habernos lanzado sobre él desde el retrete -imagínense ustedes cómo seríamos de enanos, y cómo dejábamos las paredes con las suelas de nuestros zapatos-. Además de esta defensa natural, yo practicaba un buen truco para que no me pillaran, que consistía en colgarme, por la parte de afuera, en la ventana que había en el centro del habitáculo para ventilar e iluminar los retretes. La algazara que se preparaba en este juego era tal, que para explicarla no encuentro palabras. Pero sí las hallo, empero, para decirles que gracias a ella, nos ganábamos algún tortazo cuando pillábamos cabreado a algún maestro. Gracias a lo cual, ahora que no nos oye nadie, les diré que cuando fuimos un poquito más mozos, en no pocas ocasiones, les pusimos botes con agua sobre las puertas entreabiertas de sus retretes, para vengarnos de ellos.

lunes, 25 de mayo de 2020

¡Que no la talen!

Hace días que se desgajó la rama de una de las mimbreras autóctonas que hay en la margen izquierda del río Najerilla, en uno de los parajes más hermosos de Nájera. Desconozco si el Ayuntamiento es conocedor de este triste hecho o no -aún sigue la rama unida al tronco, descansando sobre el yerbín de la ribera-, pero desde aquí le pido que no la talen entera. Que separen la rama; curen y sellen el tronco, y conserven en buen estado esta preciosa y señera mimbrera.

Recuerdos de infancia.

De hurtos y penitencias.
En aquellos tiempos, por más que algunos se empecinen en negarlo, los niños teníamos que buscarnos la vida como podíamos, porque salvo de lo imprescindible -desayuno, comida, merienda y cena-, carecíamos de todo menos de las lógicas y naturales ganas de poseer todo aquello que para desarrollarnos como personitas normales necesitábamos. Las cuadrillas que yo frecuentaba entonces, cuando los días de labor teníamos tres o cuatro pesetas, íbamos a las tiendas menos peligrosas, donde sus dueños eran muy mayores o descuidados y, tras analizar dónde tenían algo barato -los chicles, por ejemplo- y alejado del mostrador, se lo pedíamos y mientras ponía la silla para subirse a dárnoslo, o entraba a la trastienda a por ello, o se agachaba a la cristalera del suelo a cogerlo -nosotros ya lo teníamos todo controlado-, le mangábamos lo primero que pillábamos para ir después a merendárnoslo. Y así te juntabas con un bote de mayonesa, una lata de sardinas, algún soldado -a mí nunca me gustaron-, cuando había suerte una tableta de chocolate, algunas frutas… y sin pan ni nada, te lo comías todo mezclado en algún portal o en cualquier descampado. Los domingos y festivos, aprovechando el follón que se preparaba en las librerías por la mañanita, cuando íbamos todos en tropel a gastarnos la paga en cromos para las dos o tres colecciones que a la vez hacíamos, aprovechábamos a mangar tarjetas a punta pala a pesar de que nunca jamás escribíamos nada en ellas ni a nadie se las enviábamos. Cuando se aproximaban las fiestas de San Juan, eran los estancos -que vendían lapiceros y bolígrafos- lo que visitábamos y, al igual que en los establecimientos anteriormente citados, entre el desconcierto que preparábamos, siempre mangábamos algún paquete de tabaco rubio -cualquiera cogía un celtas corto o un ducados- para que cuando llegara el día señalado tuviéramos cigarrillos para fumar hasta caernos redondos al suelo mareados. Lo malo de todo esto es que luego teníamos que vérnoslas con los curas en los confesionarios para contarles todos nuestros hurtos, considerados por nuestra realidad como necesidades y por su doctrina como pecados, y los cabritos de ellos no se conformaban con mandarte como penitencia tres padrenuestros y tres avemarías, sino que te exhortaban -te obligaban, sería lo correcto decir-, ¡casi nada lo del ojo!, a que devolvieras lo robado. Según sus demandas, para lograr la absolución tenías que ir a la librería del señor Antonio Izquierdo o a la del señor Faustino Gascón -Dios los tenga en la gloria a los dos- y decirles, tras darles amablemente los buenos días: “Mire usted, señor Izquierdo, o señor Gascón, que el pasado domingo le mangué dos tarjetas cuando vine a dejarle la paga de toda la semana en dos segundos comprando cromos, y vengo a devolvérselas como prueba de mi arrepentimiento y de mi oprobio”. No me negarán ustedes, amables lectores, que esta penitencia era muy peliaguda de cumplir: llegar a un establecimiento y, sin cortarte un pelo, decirle al dueño que el niño al que tenía por un buen cliente es en realidad un vulgar ladrón. ¡Cara absolución! Así que ninguno de nosotros cumplíamos las penitencias y, sin reparar siquiera en si estábamos absueltos o no, seguíamos buscándonos la vida viéndonoslas cada semana con los tenderos y con el confesor.

domingo, 24 de mayo de 2020

La columna de humo ha sido vista desde Nájera.

A las 14’30 horas, aproximadamente, todos los que nos hallábamos en las riberas del río Najerilla nos hemos sobresaltado al observar una gran columna de humo negro, que parecía proceder del mismo municipio. Sin embargo, dicho humo procedía del incendio en el patio trasero de un inmueble de Uruñuela. Al lugar de los hechos, después de que varios particulares dieran aviso al SOS Rioja 112, acudieron los Bomberos del CEIS Rioja, la Guardia Civil y una Ambulancia en preventivo del Servicio Riojano de Salud. El incendio ha afectado a maquinaria agrícola estacionada en dicho patio, remolques, herramientas de trabajo agrícola así como a dos depósitos de gasoil, estando afectados todos estos objetos. También se ha visto afectada la techumbre de la parte cubierta de este patio, así como dos muros de hormigón y algunas estructuras del inmueble. Tanto la vivienda de este inmueble como otros inmuebles aledaños han sido salvados por los bomberos del CEIS Rioja sin registrar daño alguno. Afortunadamente no ha habido heridos.

La hostelería najerina en pie de guerra.


A primera hora de esta tarde, el sector de la hostelería najerina ha vuelto a concentrarse en el yerbín de la extinta Falange para demandar retomar las negociaciones sobre las soluciones ofrecidas por el Ayuntamiento de Nájera, por considerar que las propuestas de la anterior reunión son insuficientes. Según ha declarado el dueño del Cultubar, la principal reivindicación de este sector es la exoneración del pago de las tasas de basuras y terrazas, durante este año 2020, por entender que es de justicia. Después de la concentración, les han dedicado un estruendoso y prolongado aplauso a todos los que nos han ayudado a salir de esta terrible situación que estamos viviendo, y, a continuación, han guardado un larguísimo, respetuoso y conmovedor silencio por todas las familias que durante esta pandemia han perdido a sus seres queridos sin poder acompañarlos. 

Recuerdos de infancia.


Repita la suerte.
Como, a pesar de que los Reyes Magos se equivocaban siempre y te traían material escolar en lugar de juguetes, tenías que buscarte la vida para tener durante todo el curso el estuche repleto de pinturas con las que colorear los rótulos que a diario hacíamos, y las portadas de los tebeos del Jabato y del Capitán Trueno -arte que dominaba a la perfección Matías Villar- que calcábamos cuando nos aburríamos, no se nos ocurrió mejor cosa que montar tómbolas en la escuela, en las que rifábamos elefantes, cebras, jirafas, indios, soldados y caballos. Para participar en ellas tenías que comprar los boletos que previamente habíamos preparado -uno con “vale por un indio”, y cien con “repita la suerte”-, pagándolos con especies, según el valor que tuviera lo rifado. Por ejemplo, si rifabas una pijadilla, dabas un boleto por cada pintura o lapicero medio gastados. Si por el contrario lo que estaba en juego era un Gran Jefe Apache, montado a caballo, cada boleto valía tres o cuatro pinturas nuevas; dos sacapuntas, dos gomas de borrar…, y, aunque pueda parecerles extraño, era tal la participación que yo, por ejemplo, tuve siempre los estuches repletos de pinturas, a pesar de estar a todas las horas pintando. Esto, leído así, en frío, puede parecer un chollo, pero no todo eran ganancias en la época de la que hablamos, porque hacíamos cosas que eran como para matarnos. Recuerdo que una vez que había pedido para Reyes un traje romano, me trajeron una estupenda cartera de cuero, hecha a mano, con material suficiente para todo un año, y el primer día de escuela, al cruzar el Puente de Piedra mis hermanas y yo -vivíamos en la calle Cuatro Cantones y no había puentes de tabla-, se me cayó al río al ir a asomarnos a la barandilla para contemplar la gran crecida que estaba bajando. Y recuerdo también que algún lío hubo con esto, porque mi bienamada madre siempre me dijo que yo la tiré adrede para ver si flotaba cual si fuera un barco. Y digo yo, después de tantísimos años, que a lo peor llevaba razón y lo hice para vengarme de los Reyes Magos… Lo mismo o muy parecido a esto me ocurrió otro año con unos zapatos nuevos -también de los Reyes Magos-, que por querer tocar el agua -qué iluso- con ellos desde el puente, se marchó uno de ellos hasta Zaragoza flotando. O sea que, como pueden ustedes ver, amados lectores,  no todo era un chollo en aquellos maravillosos años, como con sólo dos ejemplos ha quedado fielmente demostrado.

sábado, 23 de mayo de 2020

Incompetencia total.

Si los componentes del Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Nájera no han sido capaces de restaurar en cuatro meses el indicador del “Álamo de las tres guías” del Paseo de San Julián, ¿cómo van a ser capaces de llegar a ningún acuerdo con cualesquier sector najerino, ya sea hostelero, comercial o industrial?

Recuerdos de infancia.

San Crispín.
El 25 de Octubre, como mandaba la tradición, los najerinos celebrábamos cada año la festividad de San Crispín, patrón de los zapateros, y todos los niños andábamos como locos recorriéndonos las calles de la ciudad intentando mangar leña para hacer una gran fogata al atardecer en la que asar, una vez extinguidas sus terribles llamaradas, las patatas -robadas también- y zampárnoslas para cenar.  El peregrinaje era interminable y agotador, porque casi todos los mayores honraban también al patrón comiendo patatas asadas, y la leña, a pesar de ser Nájera una ciudad repleta de carpinterías y serrerías, escaseaba, sobre todo la descuidada, la que podíamos mangar sin dificultad. Lo de las patatas era diferente: cuatro de acá, cuatro de allá y cuatro de acullá, enseguida nos hacíamos con un montón de ellas para comer hasta reventar.  Como las fogatas, lumbres u hogueras, como a ustedes les guste más, se hacían en cualquier lugar -en aquellos años, además de haber muchos descampados en nuestra ciudad, las calles y plazas eran casi todas de tierra y cascajo apisonado-, al atardecer, la ciudad entera ardía como la Roma que Nerón mandó quemar. Cuando se había quemado la leña, esparcíamos la montaña de ascuas con unos palos largos, dejando una buena capa de ellas sobre el suelo, y poníamos en el centro las patatas, tapándolas a continuación bien tapaditas con las ascuas que habíamos esparcido, para que se asaran por todas las partes por igual.  A la hora de comérnoslas, por aquello de que entonces sólo había de tramo en tramo de cada calle y cada plaza una humilde bombilla, colgada del centro de un alambre torpemente cruzado de fachada a fachada -esto si no estabas en un descampado-, y no se veía ni a jurar, las más de las veces nos las comíamos totalmente abrasadas, llevándonos a la boca más carbón que patata; pero eso nos daba igual, la cuestión era vivir la aventura de la hoguera, las patatas y la sal -siempre había algún artista que presumía de saber hacer lumbre y después de intentarlo cuarenta veces, lo teníamos que despachar-, y el estar un montón de niños de noche ciega cenando y charlando en hermandad. Y lo que son las cosas, queridos lectores, por más que nuestros padres siempre nos decían que si andábamos con fuego nos mearíamos en la cama, ninguno de nosotros amanecía mojado a la mañana siguiente de San Crispín. Baste decir, para finalizar, que además de las cantidades ingentes de fogatas que diseminadas había por toda la ciudad, en casi todas las casas, bien fuera en el horno o en la chapa de la cocina, nuestras madres y abuelas, para honrar a San Crispín, asaban también patatas para cenar.

viernes, 22 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.


San Cristóbal.
Unos meses antes, recién comenzado el verano, todos los niños de Nájera nos dirigíamos al descampado que había en el aparcamiento de San Fernando, donde hoy está la Estación de Autobuses, a montarnos en los camiones que los conductores, para honrar a San Cristóbal, su Patrón, habían engalanado con docenas de ramilletes de flores de diversas especies. Había también un montón de coches, igualmente engalanados, pero esos no nos llamaban tanto la atención. Esto era una aventura increíble para nosotros, y no sólo por aquello de poder montarnos en un camión -un sueño totalmente inalcanzable fuera de esta celebración-, sino porque salíamos de lo que considerábamos pueblo, y lo hacíamos además, cual si fuera la mejor y más cara excursión. A pesar de que había muchos, como ha quedado dicho anteriormente, todos nosotros nos poníamos morados a golpes a la hora de elegir, por querer “pillar” el mismo del año anterior, porque a fuerza de montarte en unos y en otros, ya sabías el recorrido de cada uno de ellos, y elegías el que lo hacía más largo. Yo siempre me montaba en el de Cerámicas Cordón, que tenía la fábrica en el quinto pino -era la Tejera actual- y le costaba llegar un montón. Sin terminar de darles Don Manuel la bendición con el agua bendita, nos subíamos a todo meter en el que habíamos elegido y, sin esperar siquiera a sentarnos, nos poníamos a cantar a porfía aquello de: “Para ser conductor de primera/, de primera/, de primera/, para ser conductor de primera/, hace falta ser buen bebedor/. Con el vino se engrasan las ruedas/, ay las ruedas/, ay las ruedas/, con el vino se engrasan las ruedas/ y se suben las cuestas mejor…”, hasta que acaba la excursión. Cuando regresábamos donde habían estado aparcados, ninguno de nosotros se quería bajar del camión, porque todos sabíamos de sobra, que hasta el año siguiente se había acabado la función. Actualmente, para alborozo mío, mi quinto y amigo Félix García y sus hermanos, aunque en modo alguno como entonces, han revivido la tradición.