
Los tramos urbanos de ríos sufrieron un fuerte
deterioro, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX. En gran medida se
debe a la acelerada expansión urbana que ha llegado a convertir estos
ecosistemas en lugares marginales, degradados y contaminados. Se consideraba
que los ríos que atravesaban las ciudades eran un peligro por las
posibles inundaciones asociadas a las crecidas y la solución que se
encontró en la mayoría de los casos fue la canalización y el encorsetamiento
del río entre grandes muros de hormigón. En diversas ocasiones, incluso los
lechos de arenales y pedregales ribereños fueron igualmente cimentados. Todas
ellas medidas erróneas para evitar los daños por inundación que han tenido como
consecuencia la conversión de muchos de los tramos urbanos de ríos de nuestra
geografía en espacios sin vida, aguas contaminadas y malos olores. En las
últimas décadas, la percepción social sobre los tramos urbanos de los ríos ha
empezado a cambiar. De ser lugares ignorados han pasado a ser reconocidos como
un espacio de la ciudad que hay que cuidar. La población urbana está valorando,
cada vez más, los entornos ribereños como una oportunidad socio-ambiental para
disfrutar de grandes espacios naturales en medio del hormigón y el asfalto de
las ciudades. La naturalización y recuperación de los espacios fluviales de las
ciudades se presenta como un ejemplo a tomar en cuenta por parte de las
autoridades locales e hidrográficas, en la que se consigue aunar lo ambiental,
lo social, lo paisajístico e incluso lo económico. Revertir espacios degradados
y artificializados en lugares naturales y de ocio, es un beneficio que, sin
duda, a corto, medio y largo plazo, solo va a generar aspectos positivos en el
funcionamiento de una ciudad. Desde una perspectiva ecologista -continúa-,
recuperar los valores
ambientales de los ríos urbanos significa devolver las funciones ecosistémicas
que tienen los medios fluviales. Los ríos son fuente de nutrientes, grandes
contenedores y transportadores de biodiversidad y corredores de vida entre las
partes altas y las bajas de una cuenca. Al mismo tiempo, bien conservados,
ofrecen una gama de servicios, sin coste, a la sociedad, tales como:
abastecimiento de agua limpia, control de plagas, laminación de avenidas,
control de la erosión, regulación climática, pulmones de aire limpio, espacios
para la educación, para la ciencia, para actividades recreativas, para la
recuperación del acervo cultural de las ciudades o simplemente para el disfrute
estético, como la contemplación, sin más, de un bosque de ribera en el
otoño. El elevado grado de deterioro de los tramos urbanos de ríos limita el
potencial de recuperación de sus funciones ecológicas. Se parte de la premisa
de la imposibilidad, en la mayoría de los casos, de volver a las condiciones
prístinas naturales del río y se entiende como un proceso por el que el río
recupera ciertas características ambientales propias. Esto es, el
establecimiento de bandas de vegetación de ribera, servir de corredor
ecológico, albergar una fauna diversa, ausencia o, al menos, reducción de la
presencia de especies exóticas, contar con caudales apropiados, tener
diversidad de formas, elementos y trazados en su cauce, entre otros. Todo lo
cual permite, además, una mejora paisajística por la ausencia de basuras, la
mejora de la calidad de las aguas y la eliminación de elementos artificiales.
En el plano social se puede propiciar el uso público por parte de la ciudadanía
a través de sendas peatonales y ciclistas, de lugares para la contemplación del
paisaje fluvial, de actividades de ocio y educativas o científicas. Con el fin
de promover los beneficios sociales y ambientales citados, Ecologistas en Acción
ha impulsado más de 20 propuestas de renaturalización de tramos urbanos de ríos
en 15 Comunidades Autónomas, que se han presentado al tejido social y
administraciones públicas para su puesta en marcha.