sábado, 2 de mayo de 2020

Recuerdos de infancia.

El punto.
El punto era uno de los juegos más queridos y concurridos por nosotros, y, aunque cualquier pared era buena para practicarlo, los frontones que utilizábamos eran: la fachada lateral de la Parroquia de Santa Cruz -aquí pasamos media vida-, la pared donde guardaba Pedrito “el alpargatero” los artículos de cestería y alpargatería, en la calle Garrán, el refectorio de Santa María La Real y el “Trinquete de la Juana”. Este juego no tenía época determinada, por lo que casi todos los días del año -jamás jugamos a él domingos y festivos- los frontones citados eran un auténtico hervidero de chiquillería gritando y jurando en arameo cuando hacían mala, culpando de ello a algún compañero: “que si me has estorbado”; “que si no me has dejado verla”; “que si era tuya y no le has dado”… Todo menos reconocer que habías hecho mala por torpe, inexperto o porque quienes jugaban contigo lo hacían mejor que tú. ¡Jamás lo reconocimos ninguno! El juego consistía en jugar a la pelota e ir eliminando de uno en uno -a veces lo hacían de dos en dos-a todos los que jugaban contigo hasta no quedar ninguno, y entonces te hacías un punto. Si en el siguiente juego repetías la hazaña, te hacías otro punto, y así sucesivamente. Si por el contrario hacías mala teniendo puntos, ibas restándote comas hasta quedarte sin ninguno. O sea, punto y coma, punto, coma y… ¡a hacer puñetas, abusón! Se jugaba con pelotas de forro. Algunas veces lo hacíamos con aquellas de goma verde que venían en las cajas de zapatos “Gorila”, que comprábamos donde Pedrito “el alpargatero”, y, para que nos durasen más, las embadurnábamos con sebo de la carnicería del señor “Paco el Negro”. El rey de este juego en las tres primeras canchas era Daniel el “pelotari”, que no nos dejaba hacernos un punto ni harto de “sanitex”. En el “Trinquete de la Juana”, a pesar de jugar con nosotros chicos de mucha más edad, Daniel seguía siendo el rey, y protagonizó los desafíos más inverosímiles que existir hayan podido. Jugó partidos de pelota atado a otro compañero; a la pata coja; debajo pata; con un brazo atado a una pierna; con la derecha en el lado izquierdo; con la izquierda en el lado derecho: contra tres o cuatro de nosotros a la vez…. Y de todas las formas nos ganaba. ¡Era un gitanazo! Partido que montaba, partido que tenía ganado de antemano. En ese bendito lugar nos divertimos muchísimo jugando, además de al punto y partidos de pelota a doce, dieciséis y veintidós tantos, a hacer malabarismos subiéndonos por el escalón de las fachadas lateral y frontal, en busca de las pelotas caladas en el alambre de gallinero que tenían en lo alto. A adivinar a qué se parecían los eternos desconchados del revoque del frontis -parecía el mapamundi-. A charquear cuando llovía -se inundaba todo el frontón-. A maquinar cómo jugar partidos de pelota sin pagarle a la señora Juana “las cuerdas”. A disputarnos a la madre tirolesa, al padre bantú o al hijo esquimal… ¡Jugamos a tantas cosas! Puesto que se han citado partidos de pelota, “cuerdas” y demás, es necesario aclarar antes de terminar, que “El Trinquete de la Juana” fue durante muchos años el único frontón donde se jugaban todos los partidos de pelota, tanto los de profesionales como los de aficionados, y la señor Juana la responsable de su cuidado. De ahí lo del “Trinquete de la Juana”. Esta buena mujer, que Dios tenga en la gloria, vigilaba el frontón sentadita en una pequeña silla de anea, que colocaba al final de la pared del Gran Casino, tocada de una toquilla gris y un delantal negro con grandes bolsillos, donde cuidadosamente guardaba las pelotas que, tras pagarle “las cuerdas” -nunca supimos qué coño era eso de “las cuerdas”-, nos dejaba para jugar los partidos, sin que ninguno de nosotros, por muy hábil que fuera -¡y cuidado que lo éramos!-, la pudiera engañar nunca.

viernes, 1 de mayo de 2020

Un vídeo para la Historia.

Desconozco si ellos mismos son conscientes del alcance de este pequeño acto. Me consta que no. Pero lo cierto es que estos miembros de “la caravana de la alegría”, con la ayuda de un najerino que ha estado al acecho, han logrado un documento verdaderamente histórico. Quede, pues, aquí inmortalizado, este valioso acto para los restos.

Recuerdos de infancia.

Asaltar las huertas.
El error más grave que alguien podía cometer en aquellos tiempos, era el de decirnos dónde tenía una huerta con árboles frutales. Hacerlo significaba tanto como renunciar públicamente a volver a llevarles jamás un solo fruto a sus zagales. Recuerdo que en una ocasión, Javi, nuestro amigo, con la noble intención de salvar de nuestros asaltos a su abuelo Sixto, nos dijo que no fuéramos nunca a asaltar el avellano que éste tenía en la orilla del río, y sin terminar de decírnoslo, ya lo habíamos dejado hecho cisco. ¡A quién se le ocurre! Por lo general, los asaltos los hacíamos por la noche, después de haber seleccionado los cerezos, manzanos, perales, melocotoneros, melonares, sandiales o fresales que íbamos a visitar para mitigar el hambre, en los paseos vespertinos, y siempre íbamos en cuadrillas grandes para intimidar al enemigo. Esto, visto así, podría ser hasta disculpable; lo que pasa es que a la hora de la verdad, la huerta que visitábamos quedaba para el arrastre. Imagínense ustedes, amigos lectores, a un batallón de hambrientos mozalbetes andando totalmente a oscuras por un fresal -peligraban hasta los limacos-, cogiendo las fresas a puñados, y destrozando con sus torpes pisadas todos los renques. O imagínenselos  subidos a un cerezo, a un peral o a un manzano, tirando por cada fruto que cogían, veinte. A pesar del riesgo que ello suponía, también visitábamos las huertas por las tardes, por más que nos corrieran a pedradas los dueños, o por mucho que le pusieran, para intimidarnos, escopeta a Tivo -el guarda Primitivo-. Es tos asaltos solían ser a los avellanos y cerezos -sobre todo los de Tricio-, y cuando teníamos ya más ramas que las que se lucían  el Domingo de Ramos, nos sentábamos en la fachada de la antigua CAZAR, en plena Calle Mayor, a comernos los frutos antes de cenar, dejando el suelo totalmente alfombrado. Algunos artistas -en todas las cuadrillas había alguno-, de cuyos nombres sí me acuerdo, pero no quiero relatarles, lo hacían a cualquier hora del día, llevándose, además, después de haberse puesto las botas en la huerta, una cesta repleta de fruta, lechugas, cebollas y tomates. Esto ocurría durante las vacaciones de verano; pero es que en el período lectivo, en el otoño-invierno, cuando salíamos al recreo, no quedaba manzano ni peral sano. Hasta aquellas gigantescas y sabrosísimas peras de invierno que los incautos hortelanos extendían en el suelo de sus casillas de aperos,  corrían serio peligro. Tal era el hambre que de esos exquisitos frutos teníamos entonces los niños. He de aclarar inmediatamente -sírvame ya la aclaración para posteriores escritos-, antes de que me ponga como hoja de perejil algún lector indignado u ofendido, que yo no apruebo ni desapruebo lo que escribo. Simplemente, me limito a escribir mis recuerdos -que son los de todos los que entonces éramos niños- y como los recuerdo los escribo. No hacerlo así, sería negar una parte muy importante de la historia -la nuestra, nos guste o no-, y negarme a mí mismo. Hecha la aclaración, doy el artículo por concluido.

jueves, 30 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Los guateques.
Como quiera que las cosas inocentes y puras no precisan ocultarse, los chicos de mi generación montábamos los guateques al aire libre, en cualquiera de los muchísimos parajes naturales que esta bendita ciudad tenía -cuando aún era una ciudad idílica-, bailando con las chicas de la cuadrilla al son que nos marcaban  los Bravos, los Sirex, los Ángeles, los Brincos, los Beatles, los Mústang…, en aquellos tocadiscos Philips de maleta de plástico, hasta bien entrada la noche, cuando la coqueta luna se observaba sin cesar en las límpidas aguas del río Najerilla. El lugar elegido dependía en gran parte de dónde estuviéramos pasando la tarde ese día; si era entre los purificadores y aromáticos pinos del Castillo, el guateque se preparaba en los depósitos del agua de boca que, como por arte de magia, en una flamante discoteca se convertían. Si estábamos jugando en las frondosas choperas, éste se montaba en la Fuente de la Estacada, manantial de aguas medicinales y gélidas, Si andábamos mangando algo por las feraces huertas, el escenario era una casilla de aperos que alguno de la cuadrilla tenía. Si nos hallábamos tomando la fresca por las confortables riberas, se desarrollaba en el mismísimo río, entre azahares, mimbreras, saúcos, zarzamoras y silvestres campanillas. Como pasaría después, de más mozos, en los célebres chamizos,  nunca estábamos parejas a la hora de bailar y tenías que conformarte con esporádicos escarceos amorosos cuando, después de bailar un montón de melosas canciones -que duraban siglos- con tus insolidarios compañeros, cogías por fin a la chica de tus sueños y, dejando volar tu imaginación, recorrías -o lo intentabas, al manos- su grácil cuerpo con tus indecisos y torpes dedos, permitiéndote todo tipo de pueriles fantasías. ¡Cuán dulce y maravilloso era un simple roce de piel! ¡Cuán excelso un beso, aunque este fuera en la mejilla! Fueron tan sublimes para nosotros estas experiencias vividas en tan majestuosos escenarios, que quedaron grabadas en lo más profundo de nuestros enamorados corazones para el resto de nuestros días, no siendo ya capaces de desarrollarnos como personas adultas alejados de estas benditas maravillas. Todas nuestras actividades giraron en torno a ellas. Ya fuera bañándonos en las frescas aguas del río Najerilla; ya merendando en sus arboladas riberas; ya retozando en las umbrías y sensuales choperas; ya paseando por las feraces huertas en tiempo de fruta; ya cortejando entre los añosos plátanos del Paseo con tu chica… Nada era posible, ni tan siquiera imaginable para nosotros, que no estuviera ligado a estos dones divinos que a los ingratos najerinos nos legó la diosa fortuna.

miércoles, 29 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

El Ajan y el Colomino.
Cuando andábamos faltos de juegos e imaginación, acudíamos al “AJAN” -perdóneseme no recordar qué significan las siglas-, primero, de más chiquititos, y al “Colomino”, después, estando más creciditos, a matar el rato practicando diferentes juegos, y preparando día sí y día también unos ciscos de espanto. El “AJAN” estaba ubicado en el ala donde hasta hace muy poco tiempo ha estado la oficina de recepción y la entrada al Monasterio de Santa María La Real, y era, lógicamente, propiedad de los frailes, aunque la encargada de regentarlo fuera la asociación que existía con ese mismo nombre -tenía hasta equipo de fútbol propio-, por lo que podemos deducir entre todos que dichas siglas respondían a: “Asociación Juvenil Antoniana”, o algo así. La cuestión -que es lo que de verdad nos importa- es que allí pasábamos cantidad de horas -abrían solo por las tardes- jugando al ping-pong, al futbolín, a las cartas, al juego de la rana -al mismo que jugábamos en la tétrica mansión del Barón cuando furtivamente entrábamos a descubrir sabe Dios qué misterios, totalmente aterrados-, que no éramos capaces de meter la moneda en su boca ni aunque nos acercáramos hasta la mesa donde estaba adosada, y destrozando las bancas  de madera que tenían para que viéramos bien sentaditos las películas religiosas que nos ponían todos los domingos y festivos. -También en el portal que hay en las viviendas de la Iglesia de Santa Cruz, a mano izquierda, donde está la ventana a la que no conseguíamos llegar nunca para subirnos a ella, nos ponían las mismas películas durante algún tiempo-. En una ocasión, cuando llevábamos a “Nikito” con los brazos en alto tumbado en una banca, cual si fuera un caudillo, se nos cayó y se rompió el brazo por dos o tres sitios. Lo del “Colomino” fue otra historia. Entonces éramos ya más mozos y por consiguiente nuestros juegos y divertimentos eran otros. Allí jugábamos muchísimo al futbolín -al de verdad, no como los de ahora que los futbolistas son de madera y tienen los pies juntos-, intentando inútilmente ganarles una partida a Bernal o a Juan Ramón, que aunque nos jugaran a dos de nosotros a la vez con una sola mano y con los ojos vendados eran capaces de dejarnos en cero. Jugábamos muchísimo también al ping-pong -lo que es la vida; este juego lo dominaba yo de primera, y ahora mismo soy incapaz de darle dos veces-, llegando a celebrar campeonatos emocionantísimos en los que participábamos cantidad de najerinos. Tenían también un juego que consistía en jugar con dos manoplas anchas suspendidas de una barra de hierro cada jugador, con unas bolas como las del futbolín, en una mesa hasta que uno de ellos llegara a meter gol, Había también una mesa de billar americano, ese de poner las bolas de colores en el triángulo para ir metiéndolas con la blanca en los agujeros de los lados, dejando la negra para el final -a este juego no jugábamos mucho nosotros, aunque gozó también de bastante popularidad-. Y tenían, finalmente, aquel habilín tan característico en el que un mono iba trepando por una palmera hasta coger un coco, que de no haber sido por el cartón que metíamos  por un costado no lo hacemos arrimarse ni al tronco. Conviene decir ahora mismo, antes de que se me vaya el santo al cielo, que durante una época muy larga, teníamos siempre como música de fondo los sonidos que, desde un rudimentario televisor en blanco y negro, emitía una serie televisiva -“Viaje al fondo del mar”, podría ser-, en la que no se veía más que un submarino en el fondo del mar, que nunca supimos de qué iba aquello. Cuando estaban de jefes en el local Juan Ramón o Yumbito, aquello era una bendición del cielo: jugábamos partidas gratis, fumábamos, jurábamos en arameo… ¡Todo estaba permitido! Mas si los que estaban eran sus padres, Antonia y Félix, la cosa se ponía mucho más seria. No obstante, con unos o con otros, el “Colomino” -creo que se llamaba así porque Félix era de Santa Coloma-, representó tanto para nosotros en aquella época como en la inmediatamente posterior lo hicieran los chamizos. ¡Fueron nuestra segunda casa! Después alternaron la sala de juegos con un bar durante algún tiempo, quedando finalmente todo el local como bar; aquel tan célebre en el que se vendían las sardinas en aceite en un trozo de pan  con una guindilla -que picaban lo suyo-, abriendo un pequeño salón recreativo en un bajo chiquitito de la casa de la señora Teria, frente a la farmacia Mendiola, que por no gozar de popularidad se cerró muy pronto. Y lo que es la vida, después de estar años y años cerrado el “colomino”, hoy, los mismos dueños -Juan Ramón y Yumbito- lo han convertido en un precioso disco-bar, llamado 51.¡Quién me iba a decir a mí, casi medio siglo después de lo hasta ahora escrito, que mi hijo iba a acudir a divertirse al mismo local al que yo fui de niño!¡Caprichos del destino!

martes, 28 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Pescar a caña.
Mucho antes de que un inesperado domingo de marzo se abriera la veda de pesca, ya andábamos todos los niños de Nájera de cabeza preparando las cañas, los plomos y los anzuelos para hacer los aparejos de lombriz, las cucharillas con puntos rojos y negros que íbamos a dejar en el río mucho antes de almorzar, los aparejos de moscas que no teníamos ni puñetera idea de manejar -no sabíamos ni llenar la boya de agua-, y todos los utensilios de pesca que ustedes puedan imaginar, incluido un bidoncito de laca o barniz donde meter las lombrices que fuéramos cogiendo, con tierra bien cargada de posos de café para que ese día no dejaran de bailar. La noche anterior al día de la verdad, nos íbamos a dormir a casa de algún amigo -yo siempre me iba con Ramón Arenzana, “el Cardenal”-, para, mucho antes de amanecer, sin que sonara el despertador que en toda la noche no habíamos dejado de mirar, estar ya desayunados  y marcharnos a todo meter a “pillar” el sitio que el día anterior habíamos elegido para pescar. Cuando llegábamos al cascajo -casi siempre comenzábamos en “La Playa”-, dejábamos todo precipitadamente en el suelo y comenzábamos a armar las cañas intentando adivinar dónde iba cada cosa, porque entre la vigilia de la noche y la oscuridad de la mañana, allí no veíamos ni a jurar. Huelga decir que para cuando comenzábamos a pescar, ya se habían puesto todos los pescadores a almorzar. Como pueden ustedes adivinar, queridos lectores, entre que ya estaba todo el río trillado y que no teníamos ni puñetera idea de pescar, si cogíamos alguna trucha -y eso que las había a millares en esa época- era por pura casualidad. Pero en el fondo eso era lo que menos nos preocupaba a nosotros, porque lo que nos gustaba de verdad -les juro que era así-, aparte de la hermosa vivencia de la noche anterior, era el ir metiéndonos en el río con las botas de pescar e ir sintiendo la presión que el agua ejercía sobre éstas hasta llegar al final. Era tal la emoción que con esta práctica sentíamos, que siempre nos tenían que salvar, porque se nos habían llenado de agua las botas y el Najerilla nos quería llevar a Zaragoza a visitar El Pilar. Después de rescatados, echábamos a correr a casa a cambiarnos de ropa y con más moral que el Alcoyano, volvíamos al cascajo -esta vez sin botas- y nos poníamos como si nada a almorzar. Y así solíamos  vivir las primeras jornadas de pesca en nuestra infancia: jurando en arameo por no saber cambiar de aparejos cuando los dejabas, y acojonando con tus ahogamientos a todo el personal.

lunes, 27 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Pescar a mano.
Pescar a mano era uno de los pasatiempos más emocionantes que tuvimos siendo niños -nacer en un río como el nuestro es un privilegio reservado solamente para elegidos-. Desde bien chiquititos, calderito de playa en ristre, andábamos de calle detrás de las cucharetas, poniéndonos de agua como un cristo. Después, siguiendo la metamorfosis, fueron las ranas, con cola y sin ella, las que nos toreaban a pesar de su tamaño tan reducido. Cuando fuimos un poco más mocitos, nos dedicábamos a coger los cangrejos que se metían en los agujeros de los muchísimos ladrillos que había depositados en el lecho del río, tapando con nuestras inocentes manos los seis agujeros por ambos lados -también los había de dos y de tres, pero esos los dejábamos para otros- y, tras sacarlos del río los volvíamos hacia arriba para que cayera toda el agua que tenían dentro, y los golpeábamos contra una piedra para que salieran los seis cangrejos que no sé qué extraña razón se refugiaban siempre en ellos. El siguiente desafío fue pescar bobos -quién sería el que les puso este nombre- a tenedor, persiguiéndolos mañana y tarde a lo largo del río -se desplazaban de piedra a piedra, avanzando muy poquito- terminando la jornada con los bolsa vacía y los riñones deshechos. Cansados -humillados, diría yo- de perseguir inútilmente a estos rarísimos peces, que a pesar de llamarse bobos se reían miserablemente de nosotros, desde lo alto del puente de tabla practicábamos lo que dimos en llamar “matacanto”, que no era otra cosa que tirarles grandes piedras a las miles de loinas que se ponían en los friegos -tapaban todo el cascajo-, esperando que tras la andanada, entre la turbidez de las aguas, aparecieran cuatro o cinco panzas blancas flotando. Animados por nuestras primeras capturas y porque nos sentíamos ya muy hombrecitos, pasamos a pescar truchas en las berlañas -que aunque muchos lo hayan olvidado, siempre las ha habido-, que es a lo que en realidad se le llamaba pescar a mano. Como en esta práctica no teníamos ni puñetera idea, cuando hundíamos las manos en una berlaña y notábamos que debajo había algo, pegábamos un chillo y las sacábamos del agua pitando. Después, quitado ya el miedo, cuando teníamos alguna entre las manos, en lugar de sacarla limpiamente de las agallas, como hacían los mayores, arrancábamos media berlaña y salíamos corriendo a la orilla a desnucarla, tirándola con fuerza contra el cascajo, por temor a que se nos resbalara de las manos. El cisco que preparábamos no es para contarlo aquí. Imagínense ustedes a quince o veinte muchachos en traje de baño, corriendo, saltando, chillando y jurando, mientras llenaban de berlañas todo el cascajo. Cuando dominamos esta práctica, siendo ya mayores, pescábamos todo lo que queríamos: cangrejos, bobas, bobos, lampreas, loinas, barbos, zarpeños, sogueros, truchas y anguilas, porque en aquellos maravillosos años había tanta pesca en nuestro río, que, como decíamos antes, salía hasta por los grifos, aunque urge aclarar ahora mismo que ya nunca fue tan divertido.

domingo, 26 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Salto de pértiga.
Cuando el jardinero del Ayuntamiento, Ángel Mínguez, comenzaba en otoño a podar los plátanos del Paseo, le mangábamos las ramas más resistentes y comenzábamos a jugar con ellas al salto de la pértiga -el más apasionante de los juegos-, que consistía principalmente en saltarnos a lo ancho los riachuelos. Este juego era practicado casi siempre en época de escuela, durante el recreo, y éramos muchos los que, por habérsenos clavado la pértiga en el suelo -había mucho fango-, por haberla colocado sobre una piedra resbaladiza, por haberla agarrado de muy arriba o por cualquier otra circunstancia -a veces se rompían- hacíamos la cuca -caernos al río-, teniéndonos que quedar sin entrar a clase cuando acababa el recreo, a secarnos la ropa y los zapatos en improvisadas lumbres, lejos de la vista de chivatos y maestros. Y allí estábamos nosotros, los más intrépidos -o los más tontos, según se mire-, medio en pelotas, con un frío que pelaba, dándole vuelta a la ropa para que se secara sin quemarse, y vigilando de soslayo que no ardieran los palos clavados en el suelo, en los que habíamos colgado los zapatos, pegaditos al fuego, para que antes de que diera la hora de comer lo tuviéramos todo seco. Huelga decir que todo ese esfuerzo, fruto del temor a que te castigaran, no nos servía de nada, porque sin terminar de entrar en casa, nuestras madres percibían el peculiar olor a lumbre que se había adherido a nuestras prendas, y tenías que confesar tu hazaña -bastante manipulada, por cierto-, obviando la minipicia para que no te cascaran. Lo único que conseguíamos era que no nos durasen absolutamente nada los zapatos -mojarlos y secarlos los destrozaba-, ocasionando con ello un gasto innecesario, que dañaba, aún más, la frágil economía doméstica. Además de saltar los riachuelos -para nosotros auténticos mares-, hacíamos también campeonatos de salto de longitud y de altura. Para estos últimos, atábamos una cuerda de chopo a chopo -los teníamos a millares- e íbamos subiéndola a medida que saltábamos todos sobre ella, hasta que, al alcanzar una altura considerable, los pringaos de siempre teníamos que conformarnos con ver, mientras saltaban por los aires, a los chulitos regodearse. Es menester decir, porque así lo requiere el caso, que las pértigas eran para nosotros uno de los objetos más preciados de cuantos pudieran existir en aquella época. Por ellas éramos capaces de darnos de hostias a diario si alguien osaba cogérnoslas -las dejábamos escondiditas debajo de las hojas-, aunque solo fuera por un rato. Tal era para nosotros, amigos lectores, la grandeza de un humilde y triste palo.

sábado, 25 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

De tocas y hostias.
    
Los primeros recuerdos que de párvulo conservo, están íntimamente ligados a las tocas de las monjas, y a las hostias de Doña Tere, además de a los trocitos de queso y a la reconstituyente leche en polvo que cada mañana me servía mi querida y recordada “Esme”, en aquellos redondos e inolvidables vasos de duralex. Desconozco por qué fue así, pero lo cierto es que mi primera gran aventura la viví en el colegio de las monjas -antes se llamaban todos así: el de las monjas, el de los frailes y el de los maestros- y, por increíble que parezca, de lo único que me acuerdo es del nombre de la que fue mi maestra: Sor Visitación; de las tocas tan raras que llevaban en la cabeza; de las temibles tijeras que pendían del cordel que llevaban atado a la cintura de sus hábitos, y de los trocitos de queso que en grandes bandejas repartían entre nosotros todas las tardes, al terminar la clase, en el portal de la Calle Cantarranas, por donde actualmente se sube a la Residencia de ancianos. Cuando os decía que desconozco por qué fue así, me refería simple y llanamente a que, salvo aquel curso, todos los demás los pasé en los maestros, donde fui a parar a las manos de Doña Tere, la mujer que más hostias me ha dado en lo que llevo de vida y, a buen seguro, de las que pudieran darme aún viviendo dos mil años. Aparte de las que nos daba a todos los parvulitos durante la clase -que eran muchísimas-, yo me llevaba también las de por las mañanas, cuando, después de tomarme el vaso de leche en polvo -decían que nos los mandaban los americanos para matarnos el hambre-, me dirigía a ella sin saber pronunciar la ñ. Ejemplo: “Buenos días, Donia Tere”. ¡¡Zasss!! Hostión que te crió. “Vuelve a entrar”, espetaba. Y yo, inocente de mí, por lo bajinis me decía: “¡Pero qué coño has dicho, Usebín, para que esta mujer te reciba de este modo!” Y, completamente acojonado, volvía a repetir la operación: “Buenos días, Donia Tere”. ¡¡Zasss!! Otro hostión, para ir entrando en calor. Y así hasta que se le cansaba la mano y comenzábamos a cantar las letras del catón. Después, cuando salíamos al recreo, en lugar de jugar a algún juego liviano, nos dedicábamos a celebrar torneos, montándonos unos encima de otros, a modo de rejoneadores, cuando apenas teníamos edad para sujetarnos, hasta que, a empujón limpio, terminábamos todos por el suelo sin redaños. Cuando Don Emilio tocaba el silbato para anunciarnos a grandes y a pequeños que el recreo había terminado, a los parvulitos se nos cambiaba el color y entrábamos de nuevo a clase literalmente cagados de miedo, ante la certidumbre de que, fuese por la razón que fuere, muchos de nosotros terminaríamos con los dedos de Doña Tere, en nuestras inocentes caras marcados”.

viernes, 24 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Las chozas.
Aunque no sé muy bien si construir chozas o casetas -como el lector quiera- puede considerarse un juego, lo cierto es que cuando tiraban alguna de las muchísimas choperas que en Nájera había -sobre todo si estaba cerca de la escuela-, todas las cuadrillas del pueblo nos afanábamos en construirnos una bien hermosa con las ramas de los chopos abatidos, en la que, tras arduos esfuerzos, después de terminada, y convenientemente adornada, pasábamos interminables horas jugando en su interior a cualquier cosa en la más absoluta penumbra. Curiosamente, a pesar de lo canallas que éramos en aquella época, esta nos duraba intacta varias semanas, antes de que alguna cuadrilla rival, algún viento traicionero o los mismos operarios encargados de hacer de los chopos madera nos la tiraran, para convertirla en pasto de las llamas, quemando todos nuestros sueños de poderío e independencia con ellas. Como puede ver el amable lector, incluso los juegos de nuestra más tierna infancia están ligados al maravilloso entorno del que anteriormente les hablaba.
Los recortes de las monjas.
Por aquel entonces, las “monjitas cerradas” -así es como se las llamaba-, las del Convento de Santa Clara, por aquello de ser nietos de su sacristán -mi abuelo Eusebio-, nos daban cantidades astronómicas de recortes que, además de quitarnos el hambre, nos sabían a gloria bendita. Y siempre que me viene a la memoria este hermoso recuerdo, no puedo dejar de preguntarme cuántos parroquianos tenían que tener aquellas benditas monjas para generar tal cantidad de recortes. Porque, como ya habrán adivinado ustedes, éstos no eran sino el producto de la elaboración de las hostias de comulgar. Sea como fuere, lo cierto es que como ya les dije al principio -lo de cuándo teníamos que acudir a por ellos no recuerdo muy bien cómo nos lo montábamos-, nos presentábamos en el torno que tenían -aún lo tienen- en el portal de acceso a la sala de visitas, y, tras llamar al timbre que allí tenían, contestado el “Ave María Purísima”, con un “Sin Pecado Concebida”, les decíamos a bocajarro a qué se debía nuestra desinteresada visita.

jueves, 23 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

El pañuelo.
Siguiendo con los juegos que en la escuela practicábamos, hoy les hablaré de uno que, a pesar de su sencillez, era de los más apasionantes: el pañuelo. Para practicar este juego se hacían dos bandos -me imagino que donando o montándonos los zapatos- con el mismo número de jugadores cada uno -no podía haber ninguno de non-, y nos numerábamos todos para que al gritar un número el que la quedaba -¡¡El cinco!!-, que era quien sujetaba el pañuelo pisando una raya justo en el centro, saliéramos pitando los dos que lo llevábamos, para ver quién se llevaba el gato al río. Previamente, se contaban quince o veinte pasos y se marcaban dos rayas en el suelo -delimitando las distancias-, una para cada equipo. Este juego, como casi todos, consistía en ir eliminado a los jugadores del equipo contrario, consiguiendo, para ello,  cogerle el pañuelo al que lo sujetaba en el centro, y llegar con él , sin que te pillara el contrario, hasta la raya en la que estaba tu equipo. Para ganar en este juego había dos trucos muy sencillos: quedarte quieto en el centro levantando el pañuelo, sin quitárselo de la mano al que la quedaba -si se le caía o lo soltaba estabas perdido-, para que el contrario, que venía embalado para cogerte, traspasara la raya del centro e hiciera falta; y salir corriendo con él -sin llevar el pañuelo en la mano no podías traspasar la raya- hacia tu territorio, en lugar de hacerlo hacia el tuyo, que es lo que esperaba que hicieras todo hijo de vecino.
El raspe.
Y ya que en la escuela estamos, les hablaré del “raspe”, un entrañable juego que allí practicábamos. Se jugaba con pelotas de goma en sitios estratégicos del pasillo del colegio -que tuvieran como mucho tres lados- para que, dándole el efecto oportuno, no pudieran mandarla a la pared frontal los que jugaban contigo. La pelota no podía elevarse del suelo y tenía que tocar forzosamente los rodapiés de la pared frontal, dándole con cualquiera de las dos manos. Si por lo que quiera que fuese cambiaba de pasillo o se salía por la puerta de la calle, quien tuviera que darle lo tenía claro. Este juego era muy parecido al de “tocar pared” que practicábamos con balones de plástico en el refectorio de los frailes. La diferencia es que al “raspe” jugábamos en el suelo de rodillas, agachados o tumbados, y era de lo más emocionante e imprevisible, ya que de vez en cuando, por estar donde estábamos, nos llevábamos algún sopapo por el alboroto que armábamos.

miércoles, 22 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

El hinque y el Cero.
Y no abandonamos el Paseo, porque estos dos juegos sobre los que escribiré a continuación se practicaban en él, junto con otros muchos, casi siempre en el recreo. Al hinque podía jugarse con todo tipo de objetos punzantes: ramas, palos, agujas de punto, radios de bici…, pero nosotros lo hacíamos siempre con las limas desgastadas que tiraban nuestros bravos carpinteros, como decía la copla de Roberto. Este juego era muy parecido al del Cantillo. Hacíamos un cuadrado -o rectángulo, como más le guste al lector -en la tierra del Paseo, y lo dividíamos en seis casillas bien grandecitas, en las que teníamos que ir clavando y desclavando la lima, hasta llegar de nuevo a la salida. Si lo conseguías, pasabas al dos, luego al tres y así sucesivamente, hasta hacerte “reguleta/ reguleta/ en el seis”/. El juego acababa cuando alguno de nosotros había conseguido dibujar las seis reguletas en las casillas, y no recuerdo muy bien si lo comenzábamos dibujando un aspa pequeña en la tierra, en la que íbamos clavando la lima en sus vértices hasta acabar haciéndolo en el centro, o éste era en sí otro juego diferente. Seguro que muchos de los de mi generación lo saben -ya me lo aclararan-, y es obligado decir que era un juego muy peligrosos, porque de vez en cuando la lima se clavaba en la inocente pierna de alguno de nosotros. Había también otra modalidad que consistía en ir comiéndole el terreno al compañero de juego. El Cero era un juego al que podían jugar todos cuantos quisieran y, tras donar, casi todos los juegos comenzaban así, el de la “aceituna” se postraba apoyando los brazos sobre las piernas, tocando con el pie izquierdo la pronunciada raya que con anterioridad habíamos hecho en el suelo, e iba dando un paso cada vez que todos los que jugábamos habíamos saltado por encima de él. Si no jugaba Pedro -era capaz de saltar cinco metros de cero- enseguida saltábamos de uno -hablamos de pasos-, de dos, de tres… tantos como metros se fuera alejando de la raya quien la quedaba. Cuando alguno de nosotros no conseguía hacerlo de los pasos que había cantado el que saltaba el primero, se ponía de burro, liberando a quien la había quedado primero. Este juego no hemos llegado a terminarlo -si es que tiene fin- jamás, ya que cuando mejor estábamos sonaba el antipático timbre del colegio -¿o era el pito de don Emilio?-, recordándonos que había terminado el recreo.

martes, 21 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

El picazo.
Este era uno de los juegos más crueles y disputados de cuantos hayamos practicado toda la chiquillería de la ciudad. Antes de iniciarlo, todos nosotros practicábamos el célebre ritual de transformar por completo la trompa para que adquiriera las formas más vistosas y diversas al bailar. Nada más comprarla, le cortábamos el rabo rojo que tenía en la parte posterior -no hacerlo era de mariquitas-, y le sacábamos el clavo para meterle carajones -excrementos de caballo- en la oquedad, para que no se nos saliera jamás. Una vez hecha esta operación, la pintábamos completamente de diferentes colores y clavábamos chinchetas en la parte posterior, donde había estado el rabito rojo, para que, además de hacer bonito al bailar, evitaran que nos la partieran en el juego por la mitad. Cuando ya estaba lista del todo, preparábamos el cordel, anudándole la moneda de dos reales de agujero al final, para poder enroscarla con más fuerza, y que fuera más viva al bailar. Una vez listas las armas, marcábamos con un palo un gran círculo en el suelo -siempre jugábamos en suelos de tierra- y dentro de él, en el centro, se marcaba otro chiquitito, que era donde dejaban la trompa quienes hacían mala, y comenzaban las tragedias para unos, y para otros las gozadas. El juego consistía en lanzar con fuerza la trompa dentro del círculo grande y, tras cogerla con la mano abriendo en forma de uve los dedos índice y corazón, llevarla bailando hasta el circulito pequeño. Si alguno no conseguía hacerlo por no haberle bailado la trompa o por haberlo hecho muerta -esto era cuando bailaban a tumbos, sin fuerza-, tenía que dejarla dentro del circulito para que se ensañaran con ella los demás. En este juego, como en todos, siempre había grupitos de artistas -cabronazos- que se ayudaban, y de pardillos -comparsas- que irremediablemente palmaban. Los primeros, si alguno de ellos hacía mala, enseguida sacaban la trompa fuera de los círculos, dándole golpecitos suaves o corriéndola con el cordel, sin que la trompa liberadora dejara de bailar. Cuando los eternos perdedores habían dejado cinco o seis trompas en el círculo pequeño, comenzaba la auténtica gozada: enrollábamos con fuerza el cordel, chupando la parte deshilachada del principio para que se adhiriera mejor en la trompa, y, girando el cuerpo todo lo que podíamos, la lanzábamos con toda la mala leche del mundo sobre ellas, con la sádica intención de romperlas. Conviene aclarar ahora mismo que esto no era tarea fácil, ya que eran de madera de haya, pero, para gozo y disfrute nuestro, y escarnio y desolación del que le tocaba, todos los días terminaba alguna partida en dos, o totalmente rajada. Quizá quien esto lea, sobre todo si es muy joven, crea que esto era una pijada, que no tiene importancia, pero en aquellos tiempos, el que te rompieran la trompa era una auténtica tragedia. Eso significaba estar muchos domingos a verlas venir, para comprar otra con las pagas.

lunes, 20 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Días de ocio y rosas.
Los que tuvimos la fortuna de ir a la escuela con Don Emilio, disfrutamos de cantidad de horas extras de recreo cuidando su bienamado jardín, cambiando las aburridas y complicadas operaciones de sumar, restar, multiplicar y dividir, por sobres de papel con semillas de flores, azadillas, rastrillos y tijeras de podar. Nos sacaba de clase al azar, dándonos un cariñoso golpecito en la cabeza con el palo que llevaba siempre escondido en su espalda, mientras con voz queda decía: “Cierra el libro y ven conmigo, Hervías”… y con un semblante diametralmente opuesto al mostrado en la escuela, nos daba divertidas lecciones sobre los misterios y caprichos de la tierra y su forma de actuar. El jardín comenzaba a ambos lados de los arqueados y aromáticos cipreses que hacían pasillo desde el Paseo hasta la escuela, y se extendía a lo largo de la peculiar tapia que la circundaba, descolgando de ésta, en su parte frontal, abundantes ramilletes de rosas, que los domingos de primavera, todos los niños de Nájera le íbamos a mangar. En la parte de atrás, tenía Don Emilio un gran manzano -en el que nos subíamos cuando jugábamos en el patio a la “ía de correr ataos”- y algunos árboles frutales más, con los que, haciéndose el despistado, nos mataba el hambre cuando no teníamos dónde robar. El trabajo, si así se le puede llamar, era de lo más liviano y divertido, porque no nos metió prisas jamás. Estando en plena faena, se liaba tranquilamente un cigarro “Caldo” y, mientras se lo fumaba, mandándonos parar, nos daba interesantes explicaciones sobre esto, lo otro, lo de acá y lo de más allá. Al final, casi sin haber pegado golpe, nos mandaba guardar las herramientas en la leñera y, más contentos que Chupín, entrábamos de nuevo a clase a ver qué hacía el personal. Era Don Emilio un hombre de semblante taciturno, debido a un viejo problema familiar que, a pesar de que a todos nos daba morbo, jamás quisimos investigar, porque, además de no ser cosa de niños asunto tan serio, a nosotros nos bastaba y nos sobraba con su bondad. Derivadas de este triste problema, quizá, tenía Don Emilio dos grandes pasiones: la ya explicada a ustedes, y la de pescar. Esta última la dejó muy pronto por falta de ganas, o de truchas, ¡vaya usted a adivinar!, y la primera, cuando se tuvo que jubilar; momento que aprovechó algún conspicuo para decidir que en el colegio sobraban cipreses, y jacintos, y geranios,  y rosales, y claveles, y manzanos…, y la tierra toda, y que lo tenían que rediseñar, llenándolo de hormigón por doquier, para hacerlo más aséptico y funcional. Mientras ejerció la enseñanza, fue mi caro y siempre recordado Don Emilio, un maestro ejemplar que, aunque quizá no supo enseñarnos bien lo que de un maestro al uso cabría esperar: eso que en esta caprichosa, injusta y desigual vida no te sirve de nada a la hora de la verdad, sí que supo enseñarnos algo de lo que ahora mismo estamos muy necesitados: ¡¡Urbanidad!! No había suceso que ocurriera en nuestra ciudad: incendio, atropello, abuso, riña, accidente laboral… sobre el que no nos hiciera reflexionar a través de una redacción, para que diésemos con las causas que, a nuestro entender, lo provocaron y cómo se hubiera podido evitar. Después, al corregírnoslo, añadía él en nuestro cuaderno sabrosas y enriquecedoras máximas, para que no olvidáramos lo aprendido jamás. Esta particular metodología suya, repleta de días de ocio y rosas, hizo que de su clase saliéramos hombrecillos semianalfabetos, quizá, pero rebosantes de bondad.

domingo, 19 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Los bailes del Paseo.
Bailar en verano en el Paseo era una de las costumbres más hermosas, inocentes e impolutas que jamás hayan existido. Nada de cuanto aconteció en nuestra maravillosa infancia puede compararse con aquella pueril forma de despertar a la vida bailando en el viejo quiosco con tu chica preferida, en un ambiente impregnado del excelso aroma que despedían huertas, choperas, azahares, rosaledas y lirios. ¡Jamás dejará de vivir en mí este maravilloso recuerdo de las tardes veraniegas de domingo! El baile comenzaba el segundo domingo de Mayo -después de las fiestas de Tricio- y duraba todo el verano. Los niños bailaban en el espacio comprendido entre el quiosco y el jardín existente unos metros más abajo. Nosotros, los pequeños hombrecitos, lo hacíamos en la parte de arriba, frente al desaparecido Mesón Duque Forte, después de pedirles baile a las dos chicas que con anterioridad se habían puesto a bailar a modo de reclamo. La forma de bailar era de lo más ingenua que imaginarse pueda: asidos por la cintura, con la separación suficiente como para que pasara un tren entre nosotros, golpeábamos una y otra vez un pie con el otro, hasta que concluía la pieza que magistralmente tocaba para nosotros la Banda Municipal de Música. Podíamos estar toda la noche bailando, sin salirnos ni un centímetro del espacio en el que habíamos comenzado. Dependiendo de si guiabas tú o eras guiado, tenías que bailar con la chica deseada o con la que te tocara en suerte, ya que siempre íbamos en pareja a sacarlas a bailar y el que mandaba elegía. No obstante, siempre te las ingeniabas -y se las ingeniaban- para bailar con la que te hacía “tilín”. En los bancos existentes a ambos lados del Paseo, nuestros padres tomaban la fresca mientras nos vigilaban de soslayo para que no se la liáramos, cosa que no les servía de nada porque en cuanto se descuidaban un segundo, nos aventurábamos a subir a la Fuente de La Estacada, en busca de un beso robado. Pocas veces lo conseguíamos, pero por ello no dejábamos de intentarlo. Cuando la Banda Municipal de Música hacía un descanso, nos dirigíamos raudos al bar que Gregorio -el soriano- tenía detrás de las casas baratas, a tomarnos un sanitex en aquel gigantesco mostrador de granito rojo y blanco, o donde la señora Teria, a comprarnos un helado de aquel limón artesano que transportaba en un singular carro. ¡Jamás volví a probar un helado de limón tan sabroso! Aunque había también casetas de bebidas y chucherías, nosotros no las visitábamos por ser muy pequeños para las unas, y muy mayorcitos para las otras. Lo que sí visitábamos cada domingo en el descanso, era la tapia del Colegio San Fernando, para robarle a Don Emilio sus adoradas rosas, y maquinar cómo conseguir favor por tan valioso regalo. Los más mayores, los que iban en busca de novia, aprovechaban a sacar a bailar a la chica que les gustaba en los pasodobles -últimos toques de la noche-, para acompañarla a su casa una vez terminado el baile. A finales de Mayo -creo que era el último domingo-, y hasta la víspera de San Juan, cuando iba a finalizar el baile, la Banda tenía la hermosa costumbre de tocarnos las “Vueltas”, para que fuéramos entrando en ambiente, y entonces éramos todos: niños, padres y abuelos los que bailábamos en perfecta comunión alrededor de los añosos plátanos. Cuando desapareció la Banda Municipal de Música, el Ayuntamiento nos colocó en el quiosco a “Los Cuatro de la Torre”: cuatro antiestéticos altavoces que emitían la música de los discos que desde las casas baratas nos ponían para que bailáramos, pero no resultó. Todos nosotros sabíamos que aquello era el principio del fin, y aunque seguimos bailando un tiempo, la cosa feneció. Los más mayores se fueron a bailar a la discoteca El Mono, y los demás, totalmente desconcertados, tuvimos que esperar impotentes a tener la edad necesaria para hacerlo. En aquella maldita hora murieron nuestra ingenuidad, nuestra pureza, nuestra inocencia y nuestros sueños.  Se difuminó súbitamente el paisaje; se marchitaron las rosas, los lirios, los azahares; callaron para siempre los amorosos ruiseñores; se esfumó la balsámica melodía del río, y la enamorada luna perdió su impoluto brillo. ¡Todo se transformó en oscuridad y silencio! ¡Jamás volvería a ser lo que fue el Paseo!

sábado, 18 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Bañarse en el río.
Aunque las crecidas de invierno dejaban en nuestra ciudad cantidad de pozos de agua fresca y cristalina en los que poder bañarnos en el verano -la Subida y la Bajada, la Pirámide, el Pozo del Coco, la Playa de los Bilbaínos, el Pozo de la Eloísa…-, nosotros elegíamos siempre el conocido popularmente como La Playa -sobre todo los días de labor-, por ser el más concurrido y el más cercano a nuestras casas. Para que ello fuera posible, la Brigada de Obras del Ayuntamiento, mediada la primavera, comenzaba a construir cada año el famoso trampolín de madera sobre los malecones -bloques de hormigón- que había justamente a la altura de donde comienzan las Piscinas Municipales, para salvaguardar de las crecidas el Paseo, desde el que nos tirábamos millones de veces de cabeza al río, y, hasta que se les ocurrió colocar sacos de cuerda sobre las deslizantes tablas, nos dábamos golpes a porrillo, mientras una pala mecánica hacía una presa de cascajo en mitad del río. En la parte trasera del trampolín había un espigón que llegaba hasta el Paseo, y otro que recorría unos cincuenta metros de río, en forma de martillo, en el que dejábamos la ropa en montoncitos a medida que íbamos llegando, quedando a la vista del más miope, vergonzosamente cagados, algunos de los calzoncillos. Allí aprendimos a nadar a estilo perro, cuando mi primo Ramón, Jerry, Larri, Fredi, el Mohicano y el Huevero nos tiraban desde el trampolín para que quitáramos el miedo. En cuanto logramos alcanzar los bloques sanos y salvos la primera vez, ya no hubo forma de sacarnos. Estos peculiares profesores, hacían nuestras delicias cuando, cogiendo “correcaina” -carrerilla- desde el Paseo, saltaban sobre el trampolín y, haciendo piruetas por el aire, entraban de cabeza en el río sin romperse nunca el cuello. Además de estos artistas del salto del trampolín, estaban Javi Sedano, que, nadando debajo del agua, iba desde el trampolín hasta la presa de cascajo, situada a más de cincuenta metros; Prudencio, que se tiraba de cabeza al agua, y para cuando salía a la superficie -aguantaba debajo del agua más de dos minutos-, todos creíamos que se había ahogado, y “El Piedra”, que como le obligaban a trabajar y a estudiar, tenía muy poco tiempo, llegaba siempre en bicicleta y al grito de “¡hay alguien debajo!”, se tiraba con ella al río. Nosotros, más modestos que unos y otros, jugábamos a tirarnos de cabeza desde el trampolín, intentando pasar por el centro de los gigantescos flotadores -cámaras de ruedas de autobús-, que llevaban Larry y Guinea, o a coger buzeando las piedras blancas que previamente hundíamos. En la orilla izquierda, cantidad de niños jugaban con calderitos y palas de plástico a hacer castillos, que siempre se hundían antes de terminarlos, o a martirizar a las pobres cucharetas, intentando inútilmente retenerlas en pequeños pocitos de cascajo, y las chicas tomaban el sol tumbaditas en las toallas que previamente habían extendido sobre el abrasante cascajo, mientras escuchaban al Dúo Dinámico, a los Sírex, a los Brincos o a los Bravos en los pequeños aparatos de radio. Y así estábamos, mañana y tarde -a pesar de ser sagrada en aquellos tiempos la siesta, siempre nos la saltábamos-, inventándonos miles de argumentos para no guardar nunca las fastidiosas digestiones: que si mojándote la nuca antes de tirarte; que si haciéndote cruces con agua en los pies; que si cagando antes de bañarte…, durante todo el verano, hasta que un fatídico año -maldito sea ml veces- el Ayuntamiento construyó la primera Piscina Municipal, abandonando para siempre la colocación del trampolín de madera y la construcción de la presa de cascajo, dejándonos a todos nosotros terriblemente desolados. Por lo demás, decirles, mientras me embarga la tristeza por recuerdo tan amargo, que los muchísimos veraneantes que venían a nuestra ciudad -para nosotros todos eran bilbaínos- elegían mayoritariamente el tramo de río que abarca la calle Ribera del Najerilla, de ahí que fuera conocido como “La Playa de los Bilbaínos”. Que los domingos y festivos íbamos a la Pirámide, donde además de bañarnos, nos comíamos las tortillas de patata a la fresca de las frondosas mimbreras y, mientras escuchábamos música y tonteábamos, preparábamos el plan para bailar en el quiosco del Paseo, cuando la suave brisa de la tarde nos aconsejara que abandonáramos el baño. Que esporádicamente hacíamos incursiones en el Pozo del Coco. Y, finalmente, que siempre había  quien prefería los lugares más lejanos, como la Subida y la Bajada, o el Pozo del Gobierno para darse un baño.

viernes, 17 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Los puentes de tabla.
Mediada la primavera, Lucerico Mínguez y su brigada se disponían a construir cada año los entrañables y añorados puentes de tabla que unirían las dos orillas del río durante los meses de estío -si antes no se los llevaba alguna riada-, facilitando el tránsito de los najerinos del casco antiguo al Paseo -solamente existía el Puente de piedra-, y haciendo las delicias de todos los críos. Llegando el mes de Mayo, todos estábamos expectantes por descubrir cuándo se producía el acontecimiento. En cuanto alguno de nosotros veía que comenzaban a amontonar en las traseras del barón los chopos recién pelados, las estacas, las tablas, los puntales y los palos, y descargaban los caballetes, las mazas y todos los útiles necesarios para el montaje, corría la voz por el colegio y nos dirigíamos allí a toda velocidad a contemplar con impaciencia el milagro. Sin dejarlos casi empezar, en cuanto habían construido un pequeño tramo -siempre comenzaban clavando sobre las estacas los maderos recién pelados-, nos lanzábamos haciendo equilibrios a conquistar la isleta de cascajo que el río dejaba en el centro todos los años, resbalándonos y cayéndonos al agua las más de las veces, pegándonos unas lomadas de espanto. Una vez construido el primer tramo, despreciando los exabruptos que recibíamos por estar estorbando, nos juntábamos todos en la isleta esperando ansiosos el comienzo del segundo siempre se ponían dos tramos de puente-, para ver quién de nosotros era el primero en llegar a la otra orilla sano y salvo, antes de que Lucerico y su brigada clavaran las tablas sobre los maderos, dejando expedito el paso. Cuando ya estaban terminados, como para nosotros no tenía ningún mérito el cruzarlos, nos metíamos debajo a verles las bragas a las chicas que pasaban, por las generosas rajas que entre tabla y tabla la brigada de Lucerico había dejado. En una ocasión, hallándose Lucerico en plena faena, una riada extemporánea de las que solían preparase en cuestión de minutos en aquella época, se lo llevó con puente y todo a hacer puñetas, y tuvieron que rescatarlo desde la barandilla del Puente de Piedra, colgado de unas cuerdas. Hechos como éste -llevarse los puentes una riada- ocurrían un año sí y otro también, ya que antes de quitarlos en el otoño, el Najerilla nos jugaba alguna mala pasada. Por lo demás, los puentes de tabla, a pesar de su humildad, de su rudeza y zafiedad, formaron parte de nuestras vidas, impregnándolas de un toque poético, que jamás podremos olvidar.

jueves, 16 de abril de 2020

Recuerdos de infancia.

Los cojinetes.
Los cojinetes fueron en nuestra niñez los Fórmula 1 con los que nos lanzábamos al porvenir de forma temeraria por las cuestas de las calles Costanilla y Villa Pilar, alcanzando velocidades que se nos antojaban astronómicas, por lo que al ir a tomar las curvas o al pasar por las gigantescas alcantarillas, salíamos despedidos por los aires cual hojas cual hojas agostadas en un vendaval, dejándonos todo el cuerpo lleno de supurantes rasponazos. La fabricación de estos artilugios era relativamente fácil, ya que por aquel entonces en casi todos los portales había carpinterías que generosamente -no teníamos ni una puñetera perra- nos proporcionaban los palos y tablas necesarias para montarlos, y en los talleres mecánicos nos guardaban en una cajita todos los cojinetes usados, para que cuando fuéramos en tropel a pedírselos no les diéramos el coñazo. -A mí siempre me los dio Rafael Cañas-. Se colocaba un cojinete en el centro de un palo corto, que iría delante, y otros dos en los extremos de un palo largo, que iría detrás, y se unían con dos travesaños largos, clavados en forma de uve invertida, clavándoles, después, una tabla ancha en la parte trasera, para que hiciera de asiento, y un palo corto en la parte delantera, que hiciera de volante. Después, se le clavaba un palo corto en el costado del travesaño derecho, para que al girarlo hacia arriba, sirviera de freno -no frenaba nada, pero adornaba- y se le ponían puntas a medio clavar a los cojinetes en los costados para que no se corriesen al rodar. Por lo general, en cada cojinete íbamos dos chicos, uno conduciendo y el otro empujando hasta que cogiera velocidad y pudiera montarse en el palo de atrás, disfrutando así del viaje por igual. En teoría, lo de empujar y conducir se hacía por turnos, pero lo cierto es que alguno de nosotros no hicimos otra cosa que empujar. -Tiene cojinetes la cosa-. Esto era así en llano y cuesta arriba; pero cuando se trataba de bajar cuestas, ya no había normas. Todos los temerarios que quisieran podían subirse a él, a sabiendas de que el castañazo iba a ser colosal. -¡Cuántas hostias nos hemos dado!-. Curiosamente, aunque al leerse esto pudiera creerse lo contrario, los cojinetes duraban muchísimo tiempo por más golpes que les diéramos, lo que me hace pensar que nuestros generosos carpinteros de entonces, además de dárnoslo gratis, nos daban su mejor material. ¡Benditos sean, por su generosidad!