He de
decir, antes de meterme en harina, que ayer San Antonio fue un día muy extraño.
Hubo, a mi parecer, muy poca gente para ser sábado; el personal no tenía hambre
-la Coral no vendió muchos bocadillos-, y el solazo que pegaba de lleno en el
Paseo de San Julián cuando iba a acostarse por el monte Malpica, creó una luz
extrañísima para hacer fotografías -me ha costado media mañana poder arreglar
algunas de ellas-. Por lo demás, mi alegría fue inmensa al ver dar mis queridas
Vueltas a niños y niñas que apenas se sujetaban en el suelo, junto a padres,
madres, abuelos y abuelas. Las jovencitas -la mayoría eran chicas- apuntaron
maneras para meterse en el “mogollón” de las verdaderas Vueltas; la tierra del
Paseo estaba húmeda de los riegos que le han dado estos días -no hubo una gota
de polvo-, los Músicos, como siempre, estuvieron espectaculares, y el Paseo de
San Julián, entre la extraña luz, y sus alrededores llenos de gente, estaba
verdaderamente precioso. Fue, en fin, un día extraño pero muy hermoso.
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